Secreta nostalgia
LOS ANIMALES SALVAJES Por Griselda Gambaro-(Norma)-155 páginas-($ 27)
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"No haber nacido animal es una de mis secretas nostalgias." La frase es de Clarice Lispector y con ese epígrafe se abre el nuevo libro de relatos de la escritora y dramaturga argentina Griselda Gambaro, Los animales salvajes . Apropiándose de esa secreta nostalgia, Gambaro logra, con excelente tono y con un lenguaje en completa sintonía con la ensoñación fantástica, sondear en ese abismo indefinible, inquietante, por momentos hipnótico, que se abre entre los animales y los humanos. Sus hermosos relatos parecen querer "llenar" ese abismo con la especulación literaria, para jugar así a volver difusos los límites entre el mundo de la naturaleza, ese Edén del salvajismo y de la inconciencia instintiva del que los hombres se han excluido, y el mundo de la cultura, moldeado por el lenguaje y la conciencia. En parte, su libro recuerda a aquello que escribió Octavio Paz a propósito de un grabado de Rodolfo Bresdin, en el cual descubrió tardíamente decenas de ojos de mono que lo observaban, mientras él creía ser el único observador: "[En esa ocasión], fui objeto de una lección singular: la mirada humana, en busca perpetua de significación, se enfrenta a la mirada animal, que está más allá (o más acá) de la significación. Llamo a esta experiencia: crítica del sentido. La historia, la cultura, todo lo que hemos hecho los hombres, se evapora". Los animales salvajes es un libro que intenta conjurar, con variados recursos imaginativos, ese riesgo de evaporación.
Lejos de las fábulas moralizadoras que humanizan a los animales, los relatos de Gambaro buscan el efecto del oxímoron poético, es decir, la reunión de términos que en la realidad son incompatibles: incluir en un mismo relato, y en una misma lógica, a los humanos y a los animales intercambiando roles, manteniendo diálogos fantásticos, transitando plácidamente por ese pasaje entre un mundo y otro que en la vida real es inhallable. La pregunta "¿cómo siente un animal, qué percibe, qué sentimientos o falta de sentimientos padece?", tan propia de la fantasía humana, aparece aquí en boca de un oso hormiguero, quien la formula mientras devora pacientemente a un grupo de insectos ("Oso hormiguero"). Mientras que en el relato "El tigre", ese silencio "de otro mundo, selvático, inmortal" que la narradora percibe en el animal va copando su propia existencia, hasta hacerla devorar con "dulzura de sangre" a los invitados de su fiesta de cumpleaños. Y mientras que en este relato se narra el pasaje hacia una liberación salvaje (adquirir la ferocidad de aquello que se teme), en "Cocodrilo" se fantasea con un pasaje inverso: el acceso de un cocodrilo hembra a la conciencia de sí, gracias al fortuito encuentro con su propia imagen en un documental: al contemplarse desgarrar a un cebra con sus dientes, el horror la invade y, en el tono entre trágico y gracioso con que Gambaro hace hablar a sus animales, reflexiona: "Mientras lo hacía, no me daba cuenta. Pero ahora vi y no podré olvidar".
Este ir y venir entre el mundo de lo cotidiano y el mundo de lo imposible -propio del género fantástico- también da como resultado relatos con finas dosis de humor, en los cuales el contacto entre humanos y animales cae, a veces, en lo desopilante. En "Pato", asistimos a la conversión de un ejemplar de esa especie en filósofo y poeta, mientras que en "Hormigas", los tozudos insectos cierran el relato con un bravucón "volveremos" antes de ser exterminados. En todos estos relatos, Gambaro maneja con sumo cuidado su economía de lenguaje, a fin de alimentar ese efecto perturbador que producen las historias sólo posibles a fuerza de sintaxis, tono y elipsis, es decir, a fuerza de un exacto manejo de lo que se dice y de lo que se omite. De hecho, el último relato del volumen, "Sin nombre", parece ser una reflexión sobre el poder creador de las palabras en relación con las realidades fantásticas: cruzando esta vez otro puente -de la ficción hacia el mundo real- un monstruo horrible "sin nombre", escapado de una novela, demanda ser reescrito con mayor piedad, pero fracasa al comprobar que los seres de literatura son, a su modo, más "reales" y duraderos que los de la efímera materialidad.
Reconocida como una de las mejores dramaturgas argentinas, autora asimismo de numerosas narraciones, Griselda Gambaro logra con Los animales salvajes sortear el riesgo de la fábula o de la literatura infantil, y hace de un tema con poblada tradición en la literatura, el disparador de un lúdico ejercicio de imaginación: reírse, compungirse o meditar acerca de todo aquello que la nostalgia de haber nacido solamente humanos nos impulsa a proyectar sobre los animales.



