Secretos de una mirada sin orillas
CRIOLLO DEL UNIVERSO Por Francisco Madariaga (Argonauta)-75 páginas-($ 9) SOLO CONTRA DIOS NO HAY VENENO Por Francisco Madariaga (Ultimo Reino)-122 páginas-($ 10)
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LA lectura conjunta de los dos últimos libros de Francisco Madariaga, Criollo del universo , con poemas inéditos del período 1970-1998, y Sólo contra Dios no hay veneno , un volumen de memorias, potencia la comprensión de esa particular mitología hecha de "misterio religioso, pánico y sexual", en el cruce de lo local y lo universal, de la comarca y de lo infinito. En las memorias de la experiencia real del poeta, podremos reencontrar los rasgos de esa zona mitificada en poemas como "Aguada solitaria" ("Irremediablemente solar,/ me interno en los palmares de las aguadas solitarias,/ para oír cantar a los padrillos y a las potrancas/ de las nuevas alboradas"). Ese espacio es la región de la campaña subtropical y acuática de Corrientes; el espacio de los esteros, las lagunas y los estuarios; de las boas curiyú y los yaguaretés; de soles malvas y amarillos y sanguíneos; de tronar de caballos, voces del gauchaje, fulgores de mujeres deseadas, apariciones de ánimas y de bandidos. Se trata de aquella zona que Madariaga llama "un escenario general", la geografía que todo hombre posee como una patria íntima, y también el fondo de mundo que da forma al paisaje imaginario del poema, a medias entre lo concreto y lo imposible.
En Criollo del universo los poemas de la sección "Nuevas apariciones", a partir de cierta percepción de orden mágico, recuperan una epifanía en el centro mismo de lo terrestre. La sección "Homenajes" tiene una intención celebratoria (de amigos poetas, de personajes históricos e incluso de caballos o paisajes) que a veces roza lo elegíaco. Las "Canciones de troperos" son recreaciones del mundo gaucho, un mundo de jinetes, tropillas, hechiceras y huérfanas que reúnen aires de balada. La sección "Un palmar sin orillas" parece magnificar los esteros con la inmanencia de la mortalidad, no como fin sino como metamorfosis en el recuerdo, en el poema, en el lenguaje y en el ensueño.
La poesía de Madariaga tiende a ser colorista. Por un lado, busca nombrar los exactos colores de su mundo: los "caballos anaranjados", las "tacuaras rosadas y amarillas", los "alcoholes verdes". Por otro, mezcla y fusiona las palabras como colores y lo real se vuelve esa acuarela, tornasolada por la luz y el tiempo, que gesta metáforas plurales: una mujer, por ejemplo, es "una isleta de tigres en el corazón de una provincia".
El relato autobiográfico Sólo contra Dios no hay veneno presenta la dimensión temporal y existencial de ese mundo lírico. Varios capítulos narran la formación y las amistades poéticas del autor y suelen ocurrir en las ciudades, pero los más intensos son los pasajes donde se evoca el espacio provinciano. No sólo por la precisa y encendida descripción de los esteros como espacio natal y mitológico, sino también por la transcripción de numerosos relatos orales del gauchillaje, los "poetas en estado natural, poseedores de la más ardiente bondad, coraje y peligrosidad". El habla y la presencia de esos personajes, como una constelación de sangres y de voces que suelen expresarse en guaraní, conforman el otro lado del mundo lingŸístico de Madariaga y constituyen, de algún modo, el fundamento secreto de su escritura poética. Asimismo, el contrapunto entre la memoria de lo arcaico y la percepción de lo maravilloso funda la mirada del poeta. Esa mirada sin orillas de la poesía de Madariaga, antes que surrealista podría ser llamada "sobrenaturalista": registra la naturaleza como un acontecer místico y a la vez pasional. Su resultado es menos una forma estética que una experiencia y una fiesta del lenguaje.




