
Secularizar la razón
Dos pensadores españoles abordan en esta página el mismo tema. El temblor que inspira lo incognoscible es uno de los rasgos esenciales del ser humano, según Julián Marías. Un temblor que la razón no puede detener por más que se la endiose, tal como expone Eugenio Trías. De acuerdo con este filósofo, que llegará a la Argentina a finales de mes para exponer su tesis, la sacralización de lo racional ha generado graves problemas en la sociedad contemporánea. Pero la racionalidad, bajada de su pedestal casi divino, podría corresponderse con una religiosidad inteligente, responsable y no supersticiosa.
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LA modernidad y la posmodernidad han sancionado un proceso que se presiente desde el siglo ilustrado: la plena secularización de todas las instituciones y pautas sociales o culturales que configuran nuestra contemporaneidad. Ya Max Weber había descrito ese poder de la razón para desencantar, o deshechizar, todas las figuras del mundo y erigirse en el único criterio de legitimación tanto del poder secular como de todas las instancias con pretensión de autoridad en nuestro mundo. La ciencia y la técnica han sido, a este respecto, los agentes más efectivos para conducir este proceso secularizador hasta sus últimas consecuencias.
Hoy vivimos en una sociedad plenamente secularizada, en la cual no vale ya apelar a instancias sagradas para convalidar actitudes y proyectos, iniciativas o empresas. La razón, en su múltiple modo de presentarse, se basta y sobra para llevar a cabo esa convalidación. Pero con todo ello ha acontecido algo muy característico de nuestro mundo de vida posmoderno: esa razón ha sido, de forma velada e inconfesada, pero enormemente efectiva, elevada al rango de lo sagrado. Se ha situado a la razón en el pedestal que en otros mundos culturales o históricos se hallaba situada la religión. La razón ha sido convertida en oráculo al que apelar en todas las cuestiones que reclaman alguna suerte de autoridad legítima; la razón, a través de sus más poderosos agentes, como son la ciencia y la técnica.
Hoy se impone la tarea, propia de este fin de siglo y de milenio, de rescatar la razón de ese dominio de lo sacro. O lo que es lo mismo: se hace necesario llevar a cabo la tarea de secularizar la razón. Sólo una razón desprendida de ese culto indebido que se le prodiga en nuestros medios culturales y sociales, salvada de su propia erección al rango de lo sagrado, podría consumar de verdad el proyecto ilustrado, que entretanto subsiste incompleto.
Secularizar la razón significa situar sus agentes más genuinos, la ciencia y la técnica, en su propio ámbito de incumbencia, sin que se pretenda derivar de ellos inferencias indebidas que sólo se apoyan en creencias. Significa comprender los límites inherentes a la razón, único modo de aprovechar sus alcances y posibilidades. Sólo una razón fronteriza, consciente a la vez de sus límites y de sus alcances, puede servir de antídoto a una Razón (con mayúscula) que atrae para sí los atributos de lo sacro. Secularizar la razón significa rescatarla en su carácter real, al que corresponde la letra minúscula, la que a la vez la convalida en sus ámbitos de solvencia, concediéndole la dignidad que le es propia, y que no necesita pedestales ni mayúsculas para manifestarse.
La razón fronteriza es aquella que corresponde a nuestra propia inteligencia, una inteligencia que se comprueba en su capacidad de diálogo con sus propias sombras, con todo aquello que la reta y la cuestiona, pero que por lo mismo la pone a prueba, la fortalece y la enriquece. Esa inteligencia es la que corresponde a nuestra condición de habitantes de la frontera, pobladores del estrecho cerco de cordura que nos salvaguarda de la locura o del empeño porfiado en rescatar el sentido ante el asedio del general sinsentido. O que repone en su lugar lo sagrado como la referencia a todo aquello que nos rodea y circunda bajo la forma de enigma y de misterio, y que sólo admite una forma de experiencia que Wittgenstein conceptuó como "lo místico".
Eso "místico" carece de credencial para legitimar y convalidar los asuntos de nuestro mundo de vida, pero posee plena relevancia en relación con una experiencia limítrofe que alimenta, a la vez, una experiencia religiosa ilustrada, efectuada desde la inteligencia y la libertad responsable y una formalización filosófica de nuevo cuño, capaz de sustentarse en las exigencias de nuestra inteligencia racional y de referirse, al mismo tiempo, a eso "místico" que nos rodea y envuelve, y que determina nuestra condición fronteriza.
Se impone, pues, en este fin de siglo y de milenio, llevar a consumación un proyecto ilustrado que mantiene, hoy por hoy, dos asignaturas pendientes: la necesaria autocrítica de una razón sacralizada, rescatada de su falso pedestal bajo la forma de la propuesta que aquí se hace, la de una razón fronteriza, y la apertura accesible a una experiencia de re-ligación con el misterio que marque su radical diferencia con las formas de religión y religiosidad que mantienen todavía reductos refractarios al inapelable proceso de secularización que es propio de nuestro mundo histórico.
A una razón secularizada, salvada de las atribuciones de creencia y fe que provoca en su versión sacralizada, se corresponde, pues, una religión o religiosidad basada en la inteligencia y en el ejercicio responsable de la libertad. A esa religión la suelo llamar "religión del espíritu": una religiosidad librada de la ganga de falsa sacralización que todavía mantiene en muchas de sus manifestaciones (en actitudes, comportamientos e instituciones). Al combate ilustrado contra esos reductos "supersticiosos" se corresponde el combate, igualmente ilustrado, contra las supersticiones que la razón científico-técnica espontáneamente provoca, o contra los usos indebidos de la razón en ámbitos en los cuales carece de solvencia.
La inteligencia racional debe ser conducida hasta su propio límite, lo cual significa apurar todas sus fuerzas y energías. Sólo así puede descubrir, si es lúcida y consecuente consigo misma, su inherente y congénita "limitación". En ella puede encontrar, a través de la experiencia "mística", una posible apertura de ese límite (sin que éste quede, sin embargo, anulado). Tal anulación fue el sueño de una razón girada hacia "lo infinito", como fue el proyecto de razón de la modernidad, con su voluntad fáustica por trascender todo límite. Hoy estamos curados de espantos en relación con lo que de ese proyecto de razón sin límites resultó: un mundo con caracteres infernales como el propio de toda razón totalitaria, o de toda utopía racional que quiso materializarse y encarnarse.
Por Eugenio Trías
(*)
Para
La Nacion
- Madrid, 1997
(*) El autor de esta nota dictará un seminario sobre religión el 28 y 29 de este mes en el ICI, y el 31 en la Academia del Sur.
Hace un siglo, el 17 de abril de 1897, nació Thornton Wilder, que murió el 7 de diciembre de 1975. Es el escritor americano de nuestro tiempo a quien prefiero; dentro de la lengua inglesa, pondría a su lado a C. S. Lewis (1898-1963), casi exactamente coetáneo.
Empecé a leer a Wilder en plena Guerra Civil Española, en 1936 o 37: "El puente de San Luis Rey", en su traducción española; después, ya siempre en inglés, he leído y releído -la gran prueba- creo que todos sus libros. En 1956, cuando enseñaba filosofía en Yale, tuve la fortuna de conocer a Thornton Wilder; almorzamos en la Universidad y hablamos largamente. Era un hombre tímido y muy educado: aunque era un distinguido hispanista, gran conocedor de Lope de Vega, hablamos en inglés.
Lo seguí leyendo, con admiración y entusiasmo; sus libros se iban espaciando con cierta lentitud; un día decidí hacer uso, por primera y única vez, de mi derecho, como miembro de la Real Academia Española, de presentar candidaturas al Premio Nobel de Literatura; no me sorprendió que no le fuera concedido. El 13 de abril de 1975 escribí al secretario de la Academia Sueca, en inglés, la carta que ahora traduzco:
"Hace unos años tuve el honor de proponer el nombre del gran autor americano Thornton Wilder como candidato al Premio Nobel de Literatura.
"Me refiero a las razones incluidas en mi carta anterior de presentación. Creo que ahora hay una más: Thornton Wilder publicó, en 1973, uno de sus mejores libros: «Theophilus North», una novela autobiográfica que, en mi opinión, es una de las mejores realizaciones literarias de nuestro tiempo.
"Este libro transmite toda la experiencia de la vida: dramatismo, ironía, humor y destreza literaria que caracterizan el arte de Wilder desde el comienzo de su carrera.
"Thornton Wilder nació en 1897; es el único superviviente de una ilustre generación de escritores americanos que establecieron la literatura americana como creativa e independiente, no como una rama de la literatura «inglesa» (es decir, británica). En 1975 vemos esta literatura entre las más grandes. Otros grandes escritores de esta generación recibieron el Premio Nobel de Literatura; en mi opinión Thornton Wilder lo merece tanto como ellos: espero que el mismo premio le sea concedido antes de que sea demasiado viejo. De otro modo, temo que muchos sentirían en el futuro una impresión de injusticia.
"Creo estar de acuerdo con el espíritu de la Fundación Nobel al proponer a un escritor que no pertenece a mi país ni siquiera a mi lengua. El nacionalismo debería estar excluido en asuntos referentes a la ciencia, la literatura o el arte.
"Sinceramente suyo, Julián Marías."
Ocho meses después de esta carta, que no tuvo consecuencias, murió Thornton Wilder. Sé que la agradeció, y acaso fue un motivo de alegría en sus últimos días. En su maravilloso libro "The Ides of March" ("Los idus de marzo"), el que yo prefiero entre todos los suyos y que pongo entre los más altos de nuestro siglo, hay dos versos del "Fausto", de Goethe, que Wilder puso al frente de su texto, como si fueran una clave:
"Das Schaudern ist der Menschheit bestes Teil,/ Wie auch die Welt ihm das Gefühl verteure..."
Debajo los puso en inglés:
"The shudder of awe es humanity`s highest faculty,/ Even though the world is forever changing its values..."
No contento con esto, añadió una glosa: "Del reconocimiento por el hombre con temor y temblor de que hay algo incognoscible viene todo lo que es mejor en las exploraciones de su mente, incluso aunque ese reconocimiento quede con frecuencia desviado en superstición, esclavitud y excesiva confianza".
Se ve hasta qué punto era importante para Wilder ese "estremecimiento" que se siente ante lo profundo, acaso incognoscible, lo que afecta a los últimos estratos de lo humano.
Pero todavía hay algo más. Recuerdo la impresión que me produjo un párrafo de Ortega algo anterior, de 1942, a propósito de la amistad entre el griego Polibio y el romano Escipión Emiliano. Dice así:
"No se trata de una beatería académica. Sobre haber yo creado el mote «beatería de la cultura», hay que la he perseguido sin descanso por todos los rincones. Durante casi cuarenta años, mientras he existido, me he extenuado, jornada tras jornada, a empujar a mis compatriotas y a todo el mundo de habla española hacia una cultura sin beatería, en que todo fuera vivaz y auténtico, que estimase lo estimable y cercenase lo falaz. Pero es menester que la gente deje de ser bestia y acierte a estremecerse cuando es hora de temblar, que no es sólo la de la muerte, sino siempre que hay a la vista algún síntoma de soberana humanidad. Otra cosa es aldeanismo y estolidez."
Goethe, Thornton Wilder, Ortega. ¿No es sorprendente su valoración del estremecimiento, la conciencia de su absoluta necesidad si se quiere cumplir la condición de lo humano?
Me asalta una hondísima preocupación. Piense si no estaremos en peligro de la extinción en el hombre actual de la capacidad de ese estremecimiento. Se está produciendo una pavorosa trivialización de casi todo. Se trata de una ruptura de las raíces que ligan al hombre al fondo de su realidad. Es perceptible en esa realidad -que puede ser, no se olvide, superior- y que se llama la política, convertida casi siempre en un mecanismo de alcanzar y retener el poder, en lugar de ser el arte de conducir a las colectividades humanas hacia su perfección y, sobre todo, su autenticidad. Lo que pomposamente se llama "cultura" corre el riesgo de limitarse a acumulación de noticias, a erudición o a un conjunto de técnicas que, precisamente, no se estremecen al poner sus manos en lo más radical de la humanidad. Incluso la religión -y sobre todo su enseñanza-, tiene la tentación de eludir su núcleo misterioso, aquel en que se roza el abismo de la última realidad, que suscita el más profundo de todos los estremecimientos posibles, el contacto, aunque sea en forma problemática, con la raíz misma de lo real, con el sentido radical de esa palabra, también trivializada, realidad.
Acaso he tocado, de la mano de tres hombres egregios, el problema más hondo de nuestro tiempo, aquel que ni suqiera se menciona, y en eso consiste justamente su gravedad. El día -si llega- en que el hombre recobre esa posibilidad del estremecimiento ennoblecedor, se habrá iniciado el camino de la salvación de esa realidad -precisamente estremecedora cuando se la adivina y entrevé-, que es la persona.
Julián Marías
Para
La Nacion
- Madrid, 1997
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