
Semillas de oro
¡CUANTO CUENTO! Por María Elena Walsh-Ilust.: J. Cuello-(Alfaguara)-100 páginas-($ 15)
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Diluvio Petipuá, el protagonista de "La gran sandía", parece condenado a escuchar una y otra vez el latiguillo "Qué otario este Diluvio" en boca de los habitantes de Nimedia Antigua, de sus propios padres e incluso de Ulrica, "la chica más mala de Nimedia", de quien el pobre ha tenido la mala idea de enamorarse. Para colmo, se encontrará con una sandía que, en lugar de las tradicionales semillas negras, contiene nada menos que semillas de oro y provoca no pocos enredos. Suerte que Diluvio sea tan otario como para apreciar los collares de fideos tanto como los de oro, tomar por bailes flamencos las patadas de bronca de Ulrica y hasta ver un hada en esa auténtica bruja en miniatura. Tan escandalosa falta de sentido común le permitirá encontrar soluciones que no es el caso develar aquí.
"La gran sandía" y "El ovillo", relato que con tono de mito juguetón nos revela el origen del río Lapizul, son dos nuevos cuentos de María Elena Walsh, autora que sería presuntuoso tratar de presentar y cuyo dominio de la literatura para niños es indiscutible. En el ámbito de la narrativa, los cuentos breves, más cercanos en su estructura y sus recursos expresivos a la lírica, género con el que Walsh guarda la mayor afinidad, son quizá el campo en que su talento ha dado los mejores frutos (por ejemplo, la inolvidable "Historia de una princesa, su papá y el príncipe Kinoto Fukasuka", que el lector podrá disfrutar nuevamente en ¡Cuánto cuento!). En "La gran sandía", la combinación de humor, lirismo e ingenio que hace el encanto de las canciones y poemas de Walsh, si bien produce páginas brillantes, por momentos no alcanza a resolver algunos de los problemas estructurales de una trama narrativa de mayor extensión. Los nuevos cuentos están acompañados por siete relatos tomados de Cuentopos de Gulubú, El diablo inglés y Manuelita ¿dónde vas?, que nos permiten reencontrarnos con personajes tan queridos como el quelonio más célebre de la literatura infantil argentina, la sirena Alahí y por supuesto, la Plapla, esa letra excluida del Abecedario por movediza, parlante y sediciosa, cuyo nombre apenas si osamos escribir aquí por miedo a los disturbios que la muy pícara podría provocar en la redacción de este diario.





