
Siete galanes y el arte del relato
El escritor Juan Claudio Lechín, hijo del dirigente sindical boliviano Juan Lechín Oquendo, habla en este diálogo de su novela La gula del picaflor (Alfaguara) y cuenta cómo concilia en su vida y en su obra las experiencias y los medios sociales más disímiles
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Nacido en Cochabamba hace 51 años, licenciado en economía por la Universidad de Boston, autor entre otras obras de la novela El festejo del deseo (1992) y de la obra dramática Los cóndores en España 1482 , que ganó el Premio Nacional de Teatro, Juan Claudio Lechín transmite la misma energía y -podría decirse- la misma fresca incorrección política que rezuman las páginas de La gula del picaflor (Alfaguara, 2004), la obra que le dio proyección internacional. De paso por Buenos Aires, el escritor conversó con LA NACION acerca de su novela, que se acaba de lanzar en la Argentina, de sus métodos de escritura y de una vida azarosa que, tras llevarlo por las aguas inquietas del mundo de la empresa y la militancia política, parece haberlo depositado al fin en las arenas de la literatura.
Alguna vez, Lechín se propuso llevar la clásica mesa de galanes a lo que podría considerarse su máxima expresión, un congreso de seductores. Todo lo que tenía era una certeza: el presidente honorario de ese encuentro debía ser su padre, nada menos que Juan Lechín Oquendo, el legendario secretario general de la Confederación Obrera Boliviana (COB), que llegó a ser vicepresidente durante el gobierno de Víctor Paz Estensoro y que por entonces tenía más de 80 años. Vale aclarar que más allá de la gravitación que tuvo en la vida política de su país, el líder sindical, que murió en 2001, también es recordado como un impenitente seductor.
La idea lo desvelaba y vivió años con la obsesión de concretarla. ¿Buscaba recopilar técnicas para vencer resistencias femeninas? Nada de eso. El escritor boliviano tenía un objetivo menos pragmático: "Quería hacer ese congreso para grabarlo y transcribir las historias como una suerte de memoria oral -dice-. Creo que estos relatos de seducción, los que se cuentan en los cafés cuando los hombres se encuentran, son un género literario inexplorado. En el fondo, aquello iba a ser un congreso de narradores."
Cuando se convenció de que montar ese congreso lo excedía, Lechín decidió inventarlo. Tras cuatro años de trabajo publicó La gula del picaflor , una novela en la que siete expertos en el arte de la seducción, representantes de distintas regiones de Bolivia, narran su mejor conquista ante un auditorio de pares reunido en La Paz. El libro, que indaga en las leyes de atracción y el combate entre los géneros, no sólo le permitió burlar las limitaciones de la realidad: le valió además el Premio Nacional de su país, y el año pasado resultó finalista del premio Rómulo Gallegos.
"El seductor aparece con la prohibición que instauran los tres monoteísmos, que le quitan a la mujer el poder de su sensualidad y la confinan a ser virgen o madre -dice a propósito de la figura que domina su novela-. En medio de esa prohibición aparece el tipo que mediante ardides restablece el puente del deseo. Pero el seductor es bicéfalo, porque por otro lado es un monstruo cuyo único propósito es coronar."
Esta doble condición carga a los relatos que integran la novela, contados en primera persona, de tensión narrativa. ¿Pero cómo hacer para que esta lucha entre el asedio y la resistencia que vertebra cada historia no resultara reiterativa? Como un músico con su tema principal, Lechín ensayó variaciones. "En el libro, la prohibición adopta distintas formas: joven con mujer mayor, indio con blanca, clase alta con clase popular. Cada historia, además, corresponde a un tema o arquetipo: alguna reedita mitos como el de Edipo o Electra, otras tienen como eje la dominación, la venganza, la perversión o el amor. La novela también traza una curva histórica. Empieza en el mundo agrario, pasa al urbano y termina en el cosmopolita. En cierta forma, es un canto a una época que termina."
Urdidas con prosa potente y con importantes dosis de erotismo y humor, estas variaciones presentan un elemento común: la forma en que el deseo, pasada cierta frontera, se transmuta en violencia y lleva a la destrucción. "Luego de haber logrado que la mujer se entregue, el seductor abandona. Pero ella quiere estabilidad y continuidad, formar casa y hacer estirpe, y no acepta que la dejen." Allí empiezan los problemas. Tanto, que para Lechín al seductor se lo mide en el abandono. "Don Juan Tenorio dejaba sin miramientos y sus mujeres quedaban deshonradas. Casanova, en cambio, se hacía cargo de sus sentimientos y los dejaba intactos." La mayoría de los seductores de Lechín, por malicia o inconsciencia, son de la escuela de Tenorio.
¿Qué empuja al seductor en su compulsión? Según el autor, busca adelante lo que ha perdido atrás: la madre. Cuanto mayor sea su pérdida, dice, mayor será su impulso. Y tras comentar que una periodista lo acusó de misógino por la crueldad y el desenfado de algunos de estos relatos, se defiende: "Yo no inventé el monoteísmo, ni la prohibición, ni al seductor. Pero es así. De todos modos, en la novela todas las mujeres se manejan con altos valores morales. Todas aman. En cambio los seductores, no. Salvo Mauricio". Alude al representante del departamento de La Paz, sexto expositor, un joven que decide que la única manera de conquistar el corazón de una adolescente es enamorándose a conciencia. Así, protagoniza un final de entrega y renuncia que remite a la última escena de Casablanca , el clásico de Michael Curtiz. Aunque la mayor sorpresa -que aquí conviene preservar- la aporta la séptima intervención, la de Fayalán, del departamento de Santa Cruz.
Su padre, cuenta el escritor, inspiró el personaje de Don Juan, que no expone conquistas sino que, ya anciano, preside el congreso. A su vez, Alvaro, poeta colombiano que comenta cada intervención, está basado en la figura del escritor Alvaro Mutis, cuya prosa el autor admira. El relato de las conquistas es pura invención. Con mujer y tres hijos, Lechín reconoce que no califica como seductor. "Es un oficio severo y yo le temo a la prohibición. En realidad, le temo a las consecuencias que acarrea romperla."
A falta de un rosario de conquistas, lo que sí acopió el escritor, hijo de dirigente obrero y mujer de sociedad, son experiencias en los ámbitos sociales más disímiles (de la mina de cobre al claustro de Boston), así como giros y modismos de las distintas regiones de su país. Con todo eso, más un fino oído, trabajó la voz propia de cada uno de los seductores/expositores con la intención de ilustrar, con cada personaje, una manera diferente de ver el mundo.
La novela es también el fruto de una apuesta. Después de haber vivido en distintos países, de haber montado con éxito una fábrica de bolsas plásticas y una agencia de publicidad, y de perderlo todo tras ceder a la mala idea de comprar una fábrica de lácteos en bancarrota, Lechín decidió parar. "Le dije a mi mujer que si debía destruirme la vida, lo haría haciendo lo que me gusta. En ese momento desarrollé la teoría, de raíz económica, de que uno debe hacer sus inversiones allí donde tiene sus ahorros. Me miraban como un loco, porque yo no tenía ahorros. Y yo explicaba que toda mi vida me la había pasado con maestros, leyendo y escribiendo. Si le ponía números a eso, a las horas invertidas, allí había oro."
Por esos días de 1999, regresaba de Venezuela y decidió quedarse una semana en Lima, Perú, donde había vivido en su infancia. En un hotel barato de la avenida Arequipa se sacudió el bloqueo creativo que lo aquejaba y escribió completas las dos primeras historias de la novela. Regresó a Bolivia entusiasmado y llegó a un acuerdo con su mujer: pasaría un mes en La Paz y el siguiente en Perú, escribiendo. Consiguió una casa solitaria en la playa de Cerro Azul, al sur de Lima, y pasó tres años y medio yendo y viniendo.
"Escribía desde las 8 de la mañana hasta las 4 de la tarde, por reloj, todos los días, con disciplina fascista, alimentándome de frutas, té y café. A las cuatro entraba al mar con mi tabla de surf y me hacía revolcar por las olas. No había otra cosa para hacer, porque por allí no pasaba nadie. Era también una manera de desahogarme. Cuando volvía a La Paz, cerraba la computadora y dejaba la novela a un lado."
El surf le dejó algunos magullones y brazos más fuertes de tanto remar, pero la rutina dio sus frutos y además del libro, Lechín sacó en limpio una sugestiva teoría creativa: el escritor debe hacer convivir en su persona, en equilibrada esquizofrenia, un italiano, un alemán y un egipcio. "El talento existe, y ése es el italiano, para quien todo es orden estético. Pero la inspiración y la idea te visitan cuando les da la gana, de modo que cuanto más trabajás, más posibilidades de que te encuentre preparado. Ahí entra el alemán, que regula y gobierna, que traza los planos y organiza la construcción y que obviamente pone a trabajar al pobre egipcio, que será quien cargue los bloques uno a uno."
Cuenta Lechín que hoy progresa en un ensayo sobre las razones culturales que a su entender impiden a los países latinoamericanos pasar a un desarrollo pleno, y la pregunta se impone: ¿Cómo ve el gobierno de Evo Morales? "Hay claros y oscuros -responde-. Entre los primeros, que se trata de un proceso nacional que te hace adueñarte de nuevo de la nación y de sus verdaderos intereses. Entre los oscuros está su alta tendencia al autoritarismo. Evo viene de un sindicato vertical, a diferencia del sindicato clásico como el de mi padre, más abierto, donde podían convivir distintas tendencias e ideas."
Al mismo tiempo, el escritor prepara una novela de carácter histórico sobre Gonzalo Pizarro, que acompañó a su hermano mayor, Francisco, en la conquista del Perú en 1530. Como se ve, tras la buena recepción de su última novela el escritor ha puesto a trabajar al italiano, al alemán y al egipcio -esa suerte de gestalt literario- a tiempo completo.


