
Sokurov o la potencia del detalle
La presente edición del DocBuenos Aires dedica un ciclo a la obra de no ficción del gran realizador ruso,comparado con Andrei Tarkovski por la rara belleza de sus films
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Una pequeña aldea en el sureste de Siberia. Tierra de inviernos que duran la mitad del año, de veranos efímeros, que aparecen sólo para recordar que los días templados también existen. En ese paisaje creció el cineasta ruso Alexander Sokurov. En un pueblo que desapareció, arrasado por el agua de una represa hidroeléctrica. "Si quisiera visitarlo, tendría que abordar una lancha, cruzar el agua y mirar el fondo del mar", dijo alguna vez el director de Madre e hijo a Paul Schrader, guionista de Taxi Driver . Tal vez por hechos como éste es que el cine de Sokurov respira un aire de elegía constante, donde cada film se abre como una herida desnuda por lo que se perdió. Las elegías pueblan la obra de Sokurov, y varias de ellas pueden verse por primera vez en la Argentina del jueves 13 al sábado 22 de octubre en la undécima edición de la Muestra Internacional de Cine Documental DocBuenosAires. Quince películas que se exhiben en la Sala Leopoldo Lugones del Teatro San Martín y en la Alianza Francesa de Buenos Aires, en lo que constituye una gran oportunidad para conocer mejor el trabajo de un director cuya meta es provocar el éxtasis contemplativo a través del cine.
Hijo de un militar veterano de guerra, de niño se mudó varias veces. Estudió historia y, para subsistir, trabajó en televisión. Su pasión por el cine comenzó en 1974, cuando se instaló en Moscú para cursar estudios de cine en el Instituto Estatal de Cinematografía de la Unión Soviética. Acusado de antisoviético, su tesis cinematográfica La voz solitaria del hombre , sobre el escritor Andrei Platonov, recién se estrenó en el Festival de Locarno en 1987. Ya en ese film quedaba claro que su mirada artística genera una experiencia extrañamente intensa, austera y potente, que consigue casi como en puntas de pie: una topadora que avanza con la sutileza con la que cae un copo de nieve.
En la filmografía de Sokurov, la clave es el montaje. Narrar es seleccionar: elegir qué mostrar, dónde y cuándo. En una entrevista publicada en una edición europea de sus DVD, Sokurov habla de este tema y establece un puente con la literatura. "El cineasta soviético Romm, en sus cursos en el instituto cinematográfico, llamaba la atención de sus estudiantes sobre el hecho de que los primeros montajistas habían sido los escritores -dice-; cada obra literaria es un himno al montaje. Porque el escritor desplaza la atención de un punto a otro, describiendo al principio el contexto general, por ejemplo la residencia en la que se sitúa la acción. Pero luego pasa a lo que nosotros llamamos la descripción del personaje principal, cómo se viste, el calzado, después las manos, la silueta. Hay pues un plano general, un primer plano, un plano medio. La literatura, sobre todo la del siglo XIX, como la del inicio del XX, preparó, por así decir, al montaje cinematográfico." A su manera, toda la obra de Sokurov supone un gran reciclaje audiovisual. Dos grandes ejemplos integran el ciclo que se lleva a cabo en Buenos Aires: por un lado, esa obra monumental que es Retrospectiva de Leningrado (1957-1990); por el otro, Sonata para Hitler (1979-1989), uno de sus primeros trabajos.
Mientras que en El arca rusa (2002) escudriñaba la historia nacional a través de un largo paseo (¡y una sola toma de casi dos horas!) por el Hermitage, el legendario museo de su país, en Retrospectiva de Leningrado la revisión se construye a partir de una relectura de los noticieros locales, los "cinediarios" como dicen en Rusia. Un paseo, también, pero ya no con imágenes propias, sino con la apropiación de tomas de archivo, un viaje en blanco y negro por el relato mítico de un país. Trece horas que radiografían una nación para alcanzar lo que en Sokurov es un objetivo permanente: la "búsqueda del alma". En esa investigación arma, desarma y vuelve a armar. En el primer episodio, el director elige mostrar una Rusia esperanzada, la de finales de los años 50: de la muerte de Stalin se llega al proyecto Sputnik, que le dio ventaja a la ex URSS en la carrera espacial. El recorrido termina en el episodio número 15, que revisita los años 1989-1990.
Sonata para Hitler fue prohibida en 1979 y recién pudo proyectarse una década más tarde. Como en Retrospectiva de Leningrado , aquí también indaga en el archivo audiovisual para lograr, a través del montaje, una obra particular, resignificada y potente. Sokurov recurre a la imagen de las manos de Hitler. Y luego muestra otras manos similares, las del pueblo que lo legitimó. En esa mirada, el líder es la otra cara de la moneda de tantísimos otros. Lo siniestro no reside únicamente en los monstruos, también es parte del pueblo, parece decir. Años más tarde, se explicaría en una entrevista para Cahiers du Cinéma : "Al mirar a Hitler, sólo quiero ver qué tiene en común con nosotros, hoy, sin juzgarlo pero para comprender? ¿Por qué el poder se halla en manos de hombres desgraciados?"
Según se ha ocupado de subrayar una y otra vez, su trabajo no es autobiográfico. Su obsesión es la "biografía del alma", que tanto puede encontrarse en el pintor francés Hubert Robert ( Hubert Robert, una vida feliz , 1996), en el compositor Dimitri Shostakovich ( Sonata para viola , 1981), en el cantante Fyodor Shalyapin ( Elegía , 1984), o en el violonchelista Mstislav Rostropovich y su mujer, la soprano Galina Vishnevskaya ( Elegía de la vida , 2006). Todos personajes a los que retrata con pinceladas listas para el toque crucial, una manera de iluminar justo donde el protagonista se revela. Y es que si algo destaca a Sokurov es su distancia del manifiesto político. Su mayor empeño radica en bucear por la humanidad que habita en un gesto, en un silencio, en un detalle, por ejemplo, en el elocuente silencio que instala la soprano Vishnevskaya al morderse los labios en una mueca melancólica, custodiada por los vestidos que usó en los escenarios en su juventud. "Muchos están acostumbrado a extraer pensamientos de los films, yo prefiero que las personas sientan", ha dicho el realizador.
Por otra parte, una marca de identidad de la filmografía de Sokurov es la intención poética que aparece en el uso del sonido y la voz (su propia voz) en off . Quizás influido por los radioteatros que escuchó en su infancia, de los cuales en más de una oportunidad se ha considerado admirador, la cadencia de su voz tiene densidad dramática. "El sonido es el alma, la imagen son los pies. La imagen nos guía, el sonido nos hace despegar", ha declarado Sokurov. Si se apaga el sonido, la imagen narra por sí misma. Si se oscurece la imagen, la banda de sonido se transforma en un dispositivo que imita el radioteatro.
El viento sopla, mueve los árboles. "Encontré un claro. ¿Para quién es toda esa belleza? Nadie puede verlo. Y aun así es tan hermoso. Tal vez, más que eso. Es una soledad tan ideal. Perfecta, fría." Su voz se yergue sobre un paisaje nevado, de pinos perfectos. Todo se funde en un blanco metálico. En el centro de la escena, un hombre. Sokurov respira. Y el pulso de esa respiración define Elegía de un viaje (2001): un recorrido reflexivo, que culmina en un museo. Tal vez allí, en la cultura, el artista encuentra cobijo o al menos una esperanza.
En DocBuenosAires también se presenta El último día de un verano lluvioso (1978), su primer documental, donde retrata la vida cotidiana de los habitantes de una remota aldea rusa. Y en esa línea, donde los protagonistas son personas anónimas, también se exhibe Necesitamos felicidad (2010), un film que pertenece a la serie El uso del mundo , dirigida por el antropólogo Stéphane Breton. Un abordaje del Kurdistán, en el que la crudeza del paisaje y de la guerra se imprime en la vida de sus habitantes. Como en Una vida humilde (1997), donde dibujaba un fresco intimista de una anciana japonesa en la montaña, aquí Sokurov acompaña el ritmo de las mujeres musulmanas, palpita con ellas, mira a través de sus ojos, trata de entenderlas.
Sueño de un soldado (1995), organizado con imágenes inéditas de Voces espirituales (1995), es un viaje breve, una instantánea de la vida en campaña. La guerra, la dinámica militar es una constante en su obra, quizá porque atraviesa su país, quizá porque creció dentro de ese ambiente. Las quince piezas del DocBuenosAires (incluidas las insoslayables Y nada más , Sacrificio de la noche , Elegía simple , Elegía de Rusia e Indiferencia dolorosa ) muestran un perfil inusual del director, en un aporte fundamental para explorar una obra que incluye una trilogía dedicada a hombres de enorme poder en el siglo XX: Moloch (1999), donde aborda la figura de Hitler, Taurus (2000), en la que analiza a Lenin, y El Sol (2004), que gira alrededor del emperador japonés Hirohito. "Yo no hago películas sobre dictadores, sino acerca de gente que alcanza el poder absoluto, pero cuyas pasiones y fragilidades humanas afectan sus decisiones tanto o más que las circunstancias", explicó el director cuando presentó El Sol . La última película del director es una versión libre del Fausto de Goethe, otro capítulo de su estudio del poder. El film se presentó hace pocos días en el Festival de Venecia y allí Sokurov le dijo a la prensa que recurrió a esta historia porque Goethe, dijo, captó la esencia del mal: la infelicidad, donde reside lo más peligroso del ser humano.
Árboles de cerezos, humo, nubes, nieve y niebla forman el paisaje de una obra fundamental en la cinematografía reciente. Todas ellas contribuyen al modo personal que tiene Alexander Sokurov para esculpir el flujo del tiempo. Sin embargo, como buen ruso, él considera que su único mérito es el esfuerzo. "Yo no sé lo que es el talento, sé lo que es trabajar en serio", es su mantra. Hay que ver sus películas para asombrarse con todo de lo que ese mantra es capaz.




