Solitario, solidario
Desde antípodas estéticas y conceptuales, las muestras de Victorica y Urruchúa examinan la polisemia del arte argentino y testimonian el interés por indagar nuestra identidad
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La muestra de Miguel Carlos Victorica (Fundación Alon) y la de Demetrio Urruchúa (Museo de la Universidad de Tres de Febrero) convergen en la necesaria introspección que, no cabe duda, fue alentada por el ejemplo del panorama del arte argentino que felizmente despliega la muestra permanente del Museo Nacional de Bellas Artes. Otra generación de investigadores orientados por ideales semejantes da peso teórico y nuevos puntos de vista sobre artistas que creíamos conocer, a menudo aislados del contexto original.
Casi contemporáneos, opuestos y complementarios, Victorica (1884-1955) y Urruchúa (1902-1978) afrontaron dificultades y ejercieron influencias que, en el caso de Victorica, se prolongan en las nuevas generaciones. A su modo, respondieron a la pregunta formulada a los creadores por Albert Camus: ¿solitario o solidario? No hay respuestas tajantes, pero los perfiles identificatorios se infieren de las dos muestras.
Solitario por elección fue Miguel Carlos Victorica. Pintor de párpados semivelados, donde el estímulo visivo desata la visión interior. Sensual y místico -no hay contradicción-, jamás prosaico, Victorica todo lo resolvía en pintura. Desde las obras tempranas hasta la madurez, su imagen aparece, semeja fluir, desde el soporte. Son fantasmas que llegan a nosotros con diversa carnadura y parejo misterio. Esa visibilidad pictórica es la que atrapa e inspira a los nuevos pintores. Bodegones, paisajes, retratos, desnudos, interiores bohemios constituyen la temática usual donde las flores -un tópico en otras manos- ocupan espacio propio: encarnan la belleza y la finitud, contenidos trascendentes a los que pudorosamente aludió sin perder la reserva.
Victorica es pintor para regocijo y provecho de pintores. Pocos, entre nuestros artistas, adecuaron la pulsión y la expresión en términos plásticos tan poéticos. Algún crítico descarriado habló de "dibujo desmañado". Victorica nunca lo relegó, pero no confundió el registro verista con la comunicación que supera la experiencia. Bajo su pincel, las formas fluyen, se funden, se encrespan en materialidad pigmentaria o se diluyen acuareladas sin perder la intensidad comunicativa. Lo hizo con el arrojo de quien se marginó a voluntad, con riesgo del origen familiar y las derivaciones favorables de esta condición.
Opción austera que lo convirtió de "niño bien" en artista. La muestra de Fundación Alon registra los períodos de crecimiento, ahondamiento y apogeo. Acompaña la exposición un libro de Ana Canakis, cuyo aporte sumará a las aproximaciones periodísticas de Mujica Lainez, Atalaya, Hernández Rosselot, Roger Pla, Lorenzo Varela y Sigwart Blum.
Urruchúa y Victorica compartieron espacios, tertulias, bohemias y tal vez encontronazos. El vasco Urruchúa se aupaba en convicciones políticas que orientaban ideológicamente su producción plástica. En términos de Albert Camus, era un solidario. Lo fue de causas nobles pero no condicionantes a ultranza de la calidad de su obra.
Imbuido de la necesidad de un arte social, legible y compatible con el público ignorado y subestimado por las elites culturales, Urruchúa apostó a lo máximo. No estaba solo. Lo acompañaban Lino Enea Spilimbergo, Manuel Colmeiro, Juan Carlos Castagnino y Antonio Berni, quienes deseaban recrear en nuestro medio la ideología marxista y el correlato latinoamericano desarrollado en México por el grupo de muralistas auspiciados por Vasconcelos. En esa compañía entrañable, Urruchúa realizó con parquedad románica y espíritu de modernidad los frescos de la cúpula y pechinas del Bon Marché, hoy Galerías Pacífico. A tenor de la proposición de Camus, Urruchúa fue solidario con la causa antifascista en todas sus escaladas. Pero en su obra campea el tic tac de la premisa ideológica que prima y condiciona la expresión artística. De esta observación cabe excluir su obra gráfica, con mención destacada de las monocopias que delatan, golpe a golpe, los horrores de la Guerra Civil Española. El aliento dramático de estas obras supera con amplitud la retórica a menudo engolada de su pintura de caballete.
Extrovertido, acuciante y manipulador, Demetrio Urruchúa ejerció cátedra casi esotérica en su taller. Los discípulos asistían semanalmente y compartían el ritual teatral dispuesto por el Vasco. En el taller de Urruchúa no se trabajaba. Los discípulos llevaban la obra producida en solitario, que exponían al criterio de sus compañeros y al juicio final del maestro. La ceremonia se consumaba sobre un virtual escenario iluminado sugestivamente.
Victorica poeta, Urruchúa adoctrinador social, forman parte de nuestra historia. Las dos muestras proponen una necesaria meditación.
FICHA
Victorica en la Fundación Alon. Viamonte 1465, piso 10. De lunes a viernes, de 14 a 10. Hasta el 28 de septiembre. Entrada gratuita. Ana Canakis fue curadora y responsable del libro catálogo.
FICHA
Urruchúa, en el Museo de la Universidad Tres de Febrero (Muntref). Valentín Gómez 4828/38, Caseros. De martes a domingo, de 11 a 19. Hasta el 30 de septiembre. Entrada gratuita. Curada por Eduardo Díaz Hermelo.





