Surgen señales de alarma
Por Sergio Berensztein Para LA NACION
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La primera señal de alarma que surge de este estudio es que las preferencias y valores políticos de los estudiantes universitarios no se diferencian demasiado de los del resto de la sociedad. Otras investigaciones de opinión pública ya han puesto de manifiesto el pobre desarrollo de nuestra cultura política y la escasa consideración que despiertan las instituciones democráticas (incluyendo los partidos). Tampoco es nueva la propensión a delegar responsabilidades en la autoridad presidencial, de la que suelen esperarse grandes soluciones, aunque la historia reciente sugiere que esto en general termina en recurrentes frustraciones.
Pero las universidades son generadoras de líderes que habrán de tomar decisiones cruciales para el país: es por eso sumamente inquietante que nuestros futuros dirigentes no demuestren un mayor compromiso por la cosa pública. Aquí los jóvenes aparecen como víctimas de un sistema educativo que requiere un profundo replanteo para que esté en condiciones de promover las generaciones de ciudadanos que ambicionó Sarmiento para nutrir al país con sangre republicana. Toda la sociedad, y sobre todo quienes tenemos responsabilidades en las aulas, debemos reflexionar sobre cómo motivar el interés de los alumnos por los principales asuntos de la Nación y del mundo. Debemos generar espacios de reflexión, debate, diálogo y autocrítica.
El estudio también revela la larga decadencia de nuestros partidos, que hasta no hace mucho se nutrían de cuadros precisamente en los claustros universitarios. Ahora no lo hacen allí ni prácticamente en ningún otro lado, y es por eso que para hallar candidatos prevalecen las cifras del rating televisivo.
No puede haber gobernabilidad democrática con instituciones partidarias tan débiles, fragmentadas y alejadas de la sociedad. Nuestros partidos no están haciendo nada al respecto. El gobierno tampoco ha promovido reformas políticas orientadas a revitalizar el sistema partidario. Esta desaprensión por la calidad de las instituciones es una de las causas más evidentes de la larga decadencia argentina y puede terminar engendrando problemas aún mayores si no se toma el toro por las astas.
Como señaló Natalio Botana, tenemos una democracia electoral y no una democracia institucional; necesitamos profesionalizar el Estado, mejorar las reglas del juego político y construir un marco de convivencia basado en una ciudadanía plena e integrada.
Mientras muchos de nuestros políticos y gobernantes entablan meras batallas discursivas y pujan por imponer proyectos personales, se acumulan señales de alarma que denuncian la imperiosa necesidad de focalizar en los problemas de fondo y evitar el facilismo del permanente fraseo electoral.
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