¿Te importaría dejarme en paz?
En este relato, el novelista portugués, candidato al premio Nobel, muestra la trama oculta de una relación, en apariencia extrañable
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Alfredo dice que no, pero tengo mis dudas. No es que no crea en Alfredo: nacimos en la misma calle, su madre no hacía diferencia entre nosotros, es decir, si le daba una palmada me daba otra a mí también, y después el mismo colegio, la mili en el mismo cuartel, el mismo trabajo, algunas novias en común, la pasión en conjunto por el billar, la boda con una semana de diferencia, las comidas de los sábados los cuatro en el restaurante de mi primo en Ginjal, en el que mi primo se acerca siempre a la mesa a conversar con nosotros, pero no sólo no quita un céntimo en la cuenta sino que se equivoca casi siempre agregando al pez espada un arroz con leche que ninguno de nosotros ha comido. De arroz con leche en arroz con leche un día de éstos se hace rico. Por otra parte, ya está comenzando a hacerse rico: le ha regalado un jeep a su hija y va a abrir un segundo restaurante en Almada. El restaurante no es más que un proyecto. La hija, proyecto en pleno, cumplió diecinueve años en marzo. El jeep es nuevo en chapa y le ha dado por rondar, desde hace algún tiempo, el edificio de Alfredo. En calidad de primo de mi primo y por tanto de primo, aunque más lejano, de su hija, le pregunté a Alfredo si tenía algo que ver con la muchacha. Alfredo dice que no pero tengo mis dudas. Este asunto me disgusta. No me apetece perder las comidas de los sábados en Ginjal, Alfredo es un hermano para mí y no me gustaría acabar así porque sí con cuarenta años de amistad. Cuarenta años, como asegura nuestro jefe, es una vida, para colmo cuarenta años sin una discusión, un problema, una sospecha, un enfado siquiera. Lo único que nos separa es el fútbol:Alfredo no falta a un partido, así que yo aprovecho para darme un paseíto que mi mujer comprende, los hombres tenemos necesidad de salir, de tomar el aire, de ir un rato al café mientra ellas se ocupan de la casa, ya que durante la semana está el trabajo y la telenovela, y en el caso de mi mujer le señalo y es verdad la conveniencia de no quedarme por allí estorbando mientras pasa la aspiradora. Por tanto, quitando las tres horas de fútbol una hora y media de juego, una hora y media para transportes uña y carne todo el tiempo hasta que hace cosa de un mes o dos esta historia del jeep , una chica joven con sangre en las venas, Alfredo estoy incluso viéndolo vacilando, cediendo, pensando en mí, vacilando de nuevo, cediendo un poco más, pensando en su mujer, vacilando otra vez, mirando a la muchacha y cediendo todo. Y en el caso de que la chica sea como la imagino, un tiempo más y se divorcia, y al divorciarse comienza a ser él quien añade el arroz con leche al pez espada y quien dirige todos los restaurantes de mi primo. Me preocupa. No que me time en el arroz con leche ni que se convierta en mi pariente lo difícil es ser hermano, ser pariente es una tontería me preocupa que se divorcie. Nuestras mujeres, gracias a Dios, se llevan bien, se telefonean, hacen las compras juntas, y en el caso de que él se separe no me pega que ocurra lo mismo con la muchacha, debido a la diferencia de edades y de gustos, además de que no imagino a Amélia paseándose en jeep debido a la columna. Y después está la mujer de Alfredo. Y ahí, francamente, comienzan los disgustos. Mientras Alfredo esté casado no hay problemas: tenemos las tres horas de fútbol, escuchamos el partido por la radio, se acaba el juego y -Ya, muñeca, tengo que irme antes de que me sorprenda aquí y Eunice, sabiendo que su marido y yo somos más que hermanos y que detestaría disgustarlo, comprende. Pero, abandonada, la cosa cambia. Comienza entonces a pedirme, a exigirme, a hacer escenas, quiero que dejes a Amélia, quiero que vengas aquí, quiero que vivas conmigo, quiero esto, quiero aquello, y, resumiendo, mi vida hecha un desastre. Le digo que no puedo, le pregunto -¿Te importaría dejarme en paz?
Estoy mintiendo por cualquier cosa, inventando historias, tengo insomnio, estoy dejando de comer. Yeso, faltaba más, no. De manera que para salvaguardar mi amistad con Alfredo visité a mi primo y le conté todo. Mi primo mandó a su hija a casa de un cuñado en Venezuela, le montó una tienda de prêt-à-porter y ella, desde Caracas, anunció el martes que está saliendo con el ahijado del dueño de un garaje y que no piensa en volver. El jeep lo compré yo. Mi mujer, pobre, no puede las sorpresas de la columna pero me gusta dar mi paseíto durante el partido de fútbol. La mujer de Alfredo tiene una espalda estupenda, la paso a buscar y la dejo allí abajo, en la travesía donde nadie nos ve, y Alfredo y yo seguimos siendo uña y carne. Nuestro jefe tiene razón: cuarenta años de amistad, aunque no lo parezca, es una vida.



