
Torres Agüero, una "cuestión de tarro"
Por Elba Pérez Para LA NACION
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"Todo fue cuestión de tarro." La afirmación vertida por el anfitrión, sibarita de porte dandi y acento Ménilmontant, asombró a los comensales, muy especialmente al poeta Alberto Girri, al responsable de la editorial Hachette y a una periodista en agraz. Su mujer, Monicque Rozane, escultora francesa, y Miguel Dávila, su primo, intercambiaron sonrisas cómplices. Conocían el don histriónico que Leo Torres Agüero desplegaba como relator de su propia peripecia. Entre otras yerbas, se había criado entre leyendas riojanas, había hecho experiencias en el teatro Noh, en Japón, y había desempeñado funciones diplomáticas en Europa.
Sin embargo, Torres Agüero contestaba con precisión a la pregunta sobre el origen de la geometría sensible que caracterizaba su obra de la década del 60. Contó la sugestión que le despertaron las chorreaduras del enjalbegado sobre la pared de adobe, en la cabecera de la cama donde fue parido Facundo Quiroga. Años más tarde, convocó estos recuerdos valiéndose de latas de conserva perforadas, cuyo contenido pigmentario derramaba sobre la tela. Era un azar digitado por la pulsión del artista, que ejercía rumbos reglados por la emoción.
La formulación enunciada por Juan Gris y Georges Braque para el cubismo de principios de las vanguardias del siglo XX conoció otros avatares en Leopoldo Torres Agüero (Buenos Aires, 1924-París, 1995). El artista cosmopolita se dio a conocer precozmente como asistente del brasileño Cândido Portinari en una serie de murales realizados en la Cité Universitaire de París en 1950. La colaboración refrendaba los méritos acreditados por el premio obtenido por Chica de La Rioja, óleo enviado al Salón Nacional de Buenos Aires un año antes. Pero la distancia entre la sensible imagen figurativa y el contexto social de la colaboración con Portinari marca rumbos y pulsos variables a lo largo de su trayectoria.
La selección de 16 obras (una técnica mixta, un acrílico sobre papel y 14 acrílicos sobre tela, realizados entre 1961 y 1992) conforman Geometría sensible, la muestra que la galería Van Eyck ofrece como síntesis espigada, escogida, de la obra de Torres Agüero. Las pinturas pertenecen al período inmediatamente posterior a la experiencia informalista, morigerada en el desborde matérico pero fundada en las entrevisiones riojanas que lo llevaron a ser "pintor de tarro" antes que manchista al tenor de los artistas contemporáneos estadounidenses, franceses, españoles o italianos con acento expresionista.
Experiencias diversas, incursiones en el psiconálisis, inmersión en los mitos de la infancia, contacto con las vanguardias internacionales, desempeño diplomático en varias capitales y la sumersión en la cultura zen signaron una vida de aventuras exitenciales. Muy sensible y muy dotado, tal vez le faltaron a Leopoldo Torres Agüero aquellos momentos de olvido de la determinación, de la mismidad –para decirlo en términos de Miguel de Unamuno– que, ciñéndolo, lo trascendieran. Logros y probables defecciones conforman la muestra. Del conjunto exhibido destacamos Séptimo silencio (acrílico sobre tela, 1966). El temblor espectral de la imagen, la fuerza del signo –un mandala determinante de la composición– destacan pero también admiten las euritmias menos reveladoras de Pirámide Blanzy o Morandi en Blanzy. El homenaje a Giorgio Morandi, maestro de intimismos poéticos, revela devociones y repliegues del personaje público que sostenía una obra continuada y consecuente.
Esta muestra lo acerca a la exigencia opticista, más próxima a la ortodoxia que a la tribulación de la pupila que no afirma, que no enuncia pragmáticamente, que dubita pero es permeable a la aventura. Leo transitó estas encrucijadas, hizo opciones disímiles, pero siempre privilegió ese acicate tan entreverado como, finalmente, concertado de un artista riojano nacido porteño, que se sentía japonés y tenía acento de chansonier de Ménilmontant.
<b> FICHA. </b>





