Torturado objeto del deseo
LA PIANISTA Por Elfriede Jelinek (Mondadori)-Trad.: Pablo Diener-286 páginas-($ 28)
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Después de haber obtenido el Premio Nobel de Literatura el año último, la obra de Elfriede Jelinek (Mürzzuschlag, Estiria, 1946) comenzó a ser más ampliamente conocida en castellano. La suya es una literatura ardua, militante, frontal, no exenta de un humor que deviene grotesco mediante la deformación de lo cotidiano o la utilización de lugares comunes del lenguaje popular (algo que ya pudo apreciarse en otras traducciones recientes de su obra; por ejemplo, Las amantes y Deseo).
En La pianista -que, cabe recordar, en 2001 fue llevada al cine por Michael Haneke-, Jelinek carga las tintas sobre la relación patológica entre una madre y su hija, y sus efectos en la relación que la hija mantendrá con un amante. El ríspido vínculo triangular tematiza una frenética búsqueda de independencia femenina, un afán de liberación de los roles impuestos en el tradicional sexismo austríaco, que, para la autora, perpetúa la más ultrajante desigualdad entre hombre y mujer.
En una Viena que no es fácil de ubicar en un determinado período histórico, la solterona Erika Kohut es una profesora de piano frustrada por su madre, que la redujo a actuar como una especie de muñeca sentada ante su teclado, impedida de desarrollar cualquier tipo de seducción, gracia o sensibilidad. La señora Kohut ha moldeado a su hija como un instrumento de su propia ambición, censurándole una tibia vestimenta sensual o la menor aproximación a un hombre. En medio de esta exasperante relación materno-filial, cargada de agresividad e ironía, aparece el estudiante de piano Walter Klemmer, que se enamora del talento musical de Erika y de su compostura de mujer solitaria y respetable.
Pero tanto el joven como el lector se enteran, no sin sorpresa, de que la profesora frecuenta peep-shows y cines pornográficos, además de atesorar fantasías sadomasoquistas que se atreve a llevar a la práctica con su alumno enamorado. El joven Klemmer entra sin prevenciones en el juego perverso de Erika, no sólo por complacerla sino también para calmar su rabioso narcisismo.
Aunque Jelinek no cree que la literatura pueda cambiar la realidad, sí aspira al esclarecimiento crítico de estigmas sociales y culturales o a despertar la conciencia y la reflexión a través del espejo deformante del grotesco. La pianista lleva lejos el arte del lenguaje como vehículo de ideas, en un estilo siempre provocador, vertiginoso, atento al contenido. La novela ausculta con audacia y mordacidad la contracara del amor y la sexualidad, aunque desiste de profundizar psicológicamente en los personajes: los expone en sus reveses y en su desnudez anímica, pero elude cualquier análisis que pudiera desviar el mensaje y su sentido.
En este cuadro de relaciones enfermizas, el triángulo madre-hija-amante constituye una radicalización de la violencia de la sexualidad convencional. La tímida profesora intenta transformarse en sujeto, tejiendo el reverso de una historia de amor a partir de la brutalidad del deseo y la exaltación del tormento. Erika padece los símbolos de la sociedad de consumo de la Europa actual y Walter, los valores tradicionales de Austria, pero ambos representan la agonía comunicacional que hiere a la civilización contemporánea, a la vez que se yerguen sobre la paradoja del "destino femenino", que para Jelinek comporta una insoportable violencia represiva. Nada queda en pie en esta ridiculización extrema del espacio social de la mujer: ni la envidia del pene, ni el instinto maternal, ni la condición nutricia y fecunda del género femenino.
La pianista no sólo es una falsa historia de amor sino también una agudísima reflexión sobre la banalidad de los vínculos interpersonales que, en el conformismo del Estado de bienestar, no problematizan la violencia de los roles sexuales. Jelinek explora un costado humorístico de su duro feminismo, que vincula decididamente la novela con su obra de teatro Lo que ocurrió después de que Nora abandonara a su marido o los pilares de la sociedad, en la que enlaza temas de Casa de muñecas, de Ibsen, con Lulú de Wedekind.
En esta combinatoria entre lo narrativo y lo dramatúrgico, adquiere importancia la referencia a la literatura de Robert Musil, de la que se retoma la crisis de la intimidad proyectada en lo social y la fusión de los rasgos de época con rasgos intemporales. Pero Jelinek, a diferencia de Musil, cifra el sentido de su relato en la oscura sexualidad de la pianista, sin elaborar un sentido universalista y sin dejar espacio a la nostalgia por las utopías.
En La pianista, la ansiedad amatoria se traduce en un juego tortuoso y macabro en la que los personajes no pueden amar sin sentirse castigados o vejados, en la que no pueden acceder a su objeto de deseo sino a través del padecimiento. Ni Erika ni Walter saben pedir ayuda, se hunden en su propia incomunicación, se someten a su propia ferocidad, se revuelcan en el barro de sí mismos. El lector participa de esa tensión extrema, pero, por sobre todo, lo que seguramente no le permitirá abandonar la novela es la naturalidad con que se va convirtiendo en un relato de horror, crueldad y angustia donde hasta el más elemental placer está ligado, indisolublemente, al sufrimiento.



