Traducciones de una historia de silencio
Hasta mediados de los años 60, Eduardo Mallea era el escritor argentino más conocido en los Estados Unidos, en Europa y, sobre todo, en el mundo de habla hispana. Posteriormente, la figura de Borges, el boom de la literatura latinoamericana y razones de orden político y social opacaron su renombre en el extranjero, aunque hoy se advierte un tímido renacer del interés por sus obras
1 minuto de lectura'
En lengua inglesa
En los Estados Unidos, entre 1940 y 1960, además de los cuentos y ensayos de Eduardo Mallea incluidos en varias antologías y libros de texto, fueron publicadas cuatro de sus novelas. La que para muchos es la más importante, La bahía del silencio (1940), traducida al inglés en 1944, sufrió la lamentable suerte de ser publicada en una versión reducida. Su vasta y morosa indagación acerca del argentino profundo tuvo que enfrentarse con las exigencias de las ediciones estadounidenses a principios de la Segunda Guerra Mundial, cuando la escasez de papel obligó a cortes y a la utilización de un stock de papel y de una encuadernación deficientes. Que la novela pudiera publicarse fue entonces, en cierto sentido, una proeza que indica el grado de interés que despertaba en ese momento lo que Mallea pudiera explicar de su país al público norteamericano, tanto el académico como el culto en general.
El volumen All Green Shall Perish (1966) reunió las traducciones al inglés de Todo verdor perecerá (1941), Chaves (1953) y Fiesta en noviembre (1938), novelas que permitieron en los cruciales años sesenta en los Estados Unidos (época en que las relaciones con América latina sufrieron cambios vertiginosos) entender al escritor-pensador argentino en momentos importantes de su expresión a lo largo de tres décadas.
Si bien es importante consignar las formas como su obra circulaba en inglés en los Estados Unidos, llegando a un público culto en general que tenía varios puntos de interés en la producción cultural de América Latina (interés que surgió más o menos en la época de la Revolución Mexicana de 1910), lo fundamental es recordar hasta qué punto Mallea constituía la referencia de base para el estudio de la literatura argentina del siglo XX. Así como Sarmiento y José Hernández mantenían un lugar de privilegio para el estudio de la literatura argentina del siglo XIX, a Mallea se le asignó, casi unánimemente, la función de dar voz a la literatura argentina de mediados del siglo pasado.
Esta situación no es difícil de entender, desde tres puntos de vista significativos. En primer lugar, todavía primaba, en el mundo académico estadounidense, un aprecio por la novela "intelectual". Faltaban aún varias décadas para que pudiera apreciarse a un escritor como Roberto Arlt y, aunque los triunfos en el extranjero comenzaron paulatinamente a validar el nombre de Borges, el autor de El aleph sólo se impuso definitivamente tras su viaje triunfal a Texas en 1961.
En otro orden, un poco más pragmático, la creación de programas de estudios de lengua española a partir de los años 30 y luego, con la Guerra, la implementación de programas de estudios latinoamericanos, como parte de la malhadada Política del Buen Vecino, propiciaron que llegara a los Estados Unidos cierto tipo de profesor latinoamericano que compartía, en términos generales, el interés por la literatura de corte intelectual y meditativo-analítico. Las sobrias distinciones entre una novela que interpretaba el campo y otra que interpretaba la ciudad -formuladas por el chileno Arturo Torres-Ríoseco, primer profesor de literatura latinoamericana de tiempo completo en Berkeley- confirman la preferencia por categorías que respondían a un paralelismo con respecto a clasificaciones aplicadas a la novela norteamericana.
Pero la verdadera importancia de Mallea -y al mismo tiempo, lo que explica su posterior desaparición del escenario académico- consistía en el hecho de que ofrecía al lector norteamericano, tanto el universitario como el observador serio de los acontecimientos latinoamericanos, una manera de adentrarse en el enorme enigma de la Argentina. Los vaivenes de las relaciones entre los Estados Unidos y la Argentina entre 1930 y 1960 (en especial, los relacionados con el colapso del liberalismo, la emergencia de problemáticas formulaciones del nacionalismo y del fascismo, el fenómeno del peronismo, la subsiguiente inestablidad institucional y las férreas dictaduras militares) son de conocimiento público. ¿Qué le había pasado al país latinoamericano que parecía ser más "como la gente"? ¿Qué era lo que no entendíamos? ¿Qué nos perdíamos al contentarnos demasiado con una superficie sociopolítica que no aparentaba fisuras?
Cuando las fisuras comenzaron a manifestarse, la urgencia por entender a la Argentina profunda y al argentino profundo se volvió apremiante. Además, los programas de estudios latinoamericanos, en el período de los años cincuenta y sesenta, estaban marcados por un tinte muy pragmático y utilitario. Como habían sido creados en el contexto de la Guerra Fría, se entendía que su función primordial era aportar a la formación de un corpus de inteligencia sobre América Latina, es decir, proveer informaciones útiles para la política intervencionista que prevalecía en ese entonces. Y era evidente que Mallea, desde los foros en los que estaba inserto en la vida social e intelectual de su país, proporcionaba muy buenas fuentes de información y análisis.
La traducción de las tres novelas incluidas en All Green Shall Perish apareció, desafortunadamente, cuando Mallea ya comenzaba a perder vigencia para el lector norteamericano. Pocos años después de esa publicación, el primer golpe neofascista en la Argentina sacudiría los cimientos de la visión que se tenía de ese país y generaría la necesidad de replantearse por completo cómo había que situarse, de allí en más, frente a él.
No ha de sorprender entonces que, en el contexto de los imponderables de la dictadura militar, el antiintelectualismo grotesco de Arlt y el seudointelectualismo fantasioso de Borges pasaran al frente: los mesurados análisis de Mallea ya servían poco, y aún ahora, el autor de Todo verdor perecerá permanece bastante fuera del alcance del radar literario estadounidense. No quiero decir que Mallea ya no tuviera nada que decirnos sino, más bien, que la problemática realidad impedía que su voz siguiera teniendo vigencia. El doble discurso de la reacción oficial de los Estados Unidos frente a la dictadura (nos conmocionaba el "fracaso" de la democracia en la Argentina, al mismo tiempo que, desde los soportes de nuestro poder internacional, hacíamos todo lo posible para que no se sostuviera) imponía una desubicación frente a la Argentina que pronto se haría extensiva a todo el continente, fragmentando de una vez por todas la posibilidad de estudiar el continente con los códigos intelectuales de antes, códigos que habíamos encontrado en los textos de Mallea.
Aunque es cierto que en los Estados Unidos hoy se lo lee poco en los programas académicos y que el lector general desconoce su obra, Mallea no ha desaparecido definitivamente. La gran cantidad de literatura latinoamericana traducida al inglés que se edita en los Estados Unidos ha tendido a borrar casi todas las huellas de escritores que, en décadas no muy remotas, se leían con gran entusiasmo y fruición. Sólo el brasileño Joaquim Maria Machado de Assis parece impermeable al olvido de los gustos pasajeros de los lectores norteamericanos. No obstante, en los programas académicos que mantienen un vestigio de respeto por la evolución histórica de la literatura -a diferencia del "ahorismo" de los gustos críticos en general-, resulta imprescindible incluir el análisis del papel que desempeñó Mallea en un momento en que parecía posible entender la Argentina desde el ethos , la escritura y el análisis que él supo tan singularmente representar.
El autor de esta nota es Regents´ Professor of Spanish, Interdisciplinary Humanities and Women´s Studies en la Arizona State University.
En lengua francesa
La celebridad literaria sigue derroteros azarosos: nadie podría explicar por qué extrañas razones ciertos autores argentinos son conocidos en algunos países y no en otros. Pero además de sufrir variaciones en el espacio, la gloria también conoce fluctuaciones temporales no menos inexplicables. Es el caso de Eduardo Mallea, cuya celebridad europea llegó a ser tal que, en 1965, en su Historia de la literatura latinoamericana , Fernando Alegría le consagraba seis páginas, al cabo de las cuales venían unas líneas sobre cierto cuentista promisorio llamado Borges. Y cuando la editorial Planeta publicó El Aleph en 1969, la cara de Mallea les resultaba tanto más familiar, que se equivocaron y pusieron su foto en vez de la de Borges.
Stephan Zweig, Unamuno, Hemingway, Gabriel Marcel admiraban al escritor argentino que, hacia fines de los años cincuenta, fue nuestro embajador ante la Unesco. En ese mismo año de 1965, Roger Caillois hizo editar Chaves en "La Croix du Sud" , la colección que dirigía en la editorial Gallimard. En 1971, la editorial Grasset publicó La barca de hielo ( La barque de glace ). Y después, el silencio, tema fundamental de la obra de Mallea, cayó también sobre su nombre.
Hasta que, a partir de 1999, la editorial Autrement se decidió a redescubrirlo. Después de reeditar Chaves , en traducción de Sylvia Benichou-Roubaud, Autrement prosiguió con cuatro obras completamente inéditas por estos pagos: El vínculo ( Dialogues des silences) , Todo verdor perecerá ( Cendres ), Los Rembrandt seguido de La rosa de Cernobbio ( Les Rembrandt , La rose de Cernobbio ) y La Ciudad junto al río inmóvil ( La Ville au bord du fleuve immobile ), todas ellas traducidas por Jean-Jacques Fleury.
Para el fenómeno de la desmemoria carezco de explicación. En cambio, los misteriosos redescubrimientos suelen esconder motivos de orden pasional. Alguien desentierra un ejemplar amarillento o un manuscrito polvoriento y cae rendido ante la escritura del olvidado autor. Detrás del nuevo interés por Mallea en Francia no hay otro, justamente, que Jean-Jacques Fleury. Este apasionado por nuestro país vive en Albi, donde ha reunido una apabullante biblioteca de autores argentinos sobre los que todo lo sabe. El ha sido también el descubridor en Francia de otro desaparecido, Humberto Costantini, y de un joven prometedor que ha sabido cumplir, Rodrigo Fresán. Su anecdotario sobre la literatura de nuestro país es inagotable. "Borges introducía una variante en el título de la novela de Mallea -me cuenta-, él decía `Todo lector perecerá´. Sin embargo, cuando a Borges le negaron el Premio Nacional, Mallea en LA NACION le dedicó un suplemento entero, a modo de desagravio."
Releer El vínculo o Todo verdor... en la excelente versión de Fleury es una curiosa experiencia que produce un efecto similar al de un viaje a Montevideo. Todo porteño lo sabe: en la ciudad de enfrente del río inmóvil se respira una suerte de aroma que en Buenos Aires se ha perdido. Al mudarse a Ginebra, Borges justificó su gesto diciendo que Buenos Aires ya no era una ciudad "metafísica". Hoy, la literatura de Mallea resulta metafísica en el sentido de una distancia, una mesura, un pudor que aspiramos ansiosamente como la huella de un viejo perfume. Sus personajes pertenecen a un mundo anterior al psicoanálisis, aquel del tiempo infeliz pero orgulloso en el que no se hablaba. Todos ellos se hunden por no decir la palabra que podría salvarlos. Todos parecen ilustrar el verso de Rimbaud: "Por delicadeza perdí mi vida". Quizás sea por eso que la crítica francesa, al cabo de su entusiasmo algo exterior por los alborotos verbales del barroco latinoamericano, ha sabido apreciarlos.
"Personajes al borde del autismo, quemados por el sinsentido de sus desiertos interiores." "Agonía de los seres humanos en busca de sí mismos." "La escritura, jamás demostrativa, extrae su fuerza de una simplicidad implacable." "Una de las más grandes violencias que un ser pueda infligirse a sí mismo y a los otros, callar." "Un silencio como un inmenso `no´ dirigido al universo." "Ese cosmopolitismo y esa economía de medios de una literatura que sólo aspira a lo universal." "Mallea, pintor genial de la nada cotidiana." Estos son algunos de los comentarios suscitados en Francia, desde el comienzo de la aventura del argentinólogo albigense, por una obra tan postergada entre nosotros, que apenas si en alguna librería de viejo se encuentra un ejemplar de Historia de una pasión argentina , atacado por esas pintitas de color ocre que tanto aparecen en las páginas de los libros como en las manos de los mayores.
Quizás el ejemplo francés vuelva a inspirarnos y haya llegado el tiempo de dotar a Mallea de una segunda piel.





