
Trashumancia
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Mireia tiene 14 años, vive en un mundo escudriñado por lejanos satélites espaciales, codificado por lo digital, tecnificado, medido, acelerado. Vive en ese mundo y también –habrá que ver con cuántas pérdidas y ganancias– en el de los ancestrales ritmos de la trashumancia. Su padre, Ángel Mari Sanz, es pastor y sigue, en este momento, la ruta de La Cañada de los Roncaleses, en Navarra. Como en los tiempos en los que la luz natural y el cambio de las estaciones imponían sus condiciones a rajatabla, Sanz lleva a sus animales a zonas de pastos más verdes, próximas a los Pirineos. En la foto, Mireia descansa abrazada a una mascota. Podemos adivinar la fragancia que la rodea, la dulzura del sueño sin interrupciones ni alertas de redes sociales o griteríos urbanos. Habitante del presente pero también de un pasado remoto, ella sabrá cómo tomar lo mejor de cada época.
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