Últimas noticias del crepúsculo
El norteamericano Cormac McCarthy propone, en su última obra, una notable vuelta de tuerca a sus arrasadoras novelas de frontera. En La carretera, un padre y un hijo atraviesan, en busca del mar, un demencial mundo calcinado por una debacle innominada
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La carretera
Por Cormac McCarthy
Mondadori
$ 32
Flannery O´ Connor señaló a mediados del siglo pasado que, para un lector del norte de los Estados Unidos, toda literatura originada en el sur de ese país, con sus excéntricos fantasmas de nostalgia y derrota, pertenecía al grotesco. Había una única excepción a esa regla: que el autor hubiera buscado el grotesco de manera deliberada. A ese ejercicio de estilo el lector del norte -sugería con sorna la autora de Sangre sabia - lo denominaba realismo.
La obra de Cormac McCarthy (que nació en Rhode Island, en 1933, pero se crió en el sureño Tennessee) ha sido pródiga en desvíos bruscos que aspiraban a desactivar la condena de aquella frase. Su operación consistió en estilizar el grotesco, desorbitarlo, llevarlo a un maelstrom de violencia tal que toda distinción con el realismo se volviera impertinente. En sus mejores ficciones McCarthy es un realista de la hipérbole, un desaforado Melville de tierra adentro.
Sus primeras novelas (entre ellas Child of God y Sutree ) tenían como escenario el Estado en que creció. Eran ficciones macabras, a las que nada les costó ser incluidas en el arcón del gótico sureño, ese vasto repertorio que incluye a la propia O Connor y William Styron, pero, sobre todo, las declinaciones más sórdidas de William Faulkner. A partir de 1985, cuando dio a conocer Meridiano de sangre , una novela de festiva brutalidad que transcurre a mediados del siglo XIX, el escritor encontró un tono intransmisible. Mudó sus ficciones a los paisajes fronterizos de Texas y las saturó con una prosa frondosa. En esos mismos territorios situó la trilogía (Todos los hermosos caballos , En la frontera y Ciudades de la llanura ) que lo convirtió luego en una de las referencias de la literatura norteamericana actual.
McCarthy -un escritor refractario a la exposición pública, que vivió durante años gracias a la cría de caballos, aislado en pleno campo- se tomó una década para provocar un nuevo, casi impalpable cambio de dirección en su obra. Lo hizo por partida doble. En 2005 publicó No es país para viejos (apenas circuló en la Argentina), novela que una vez más transcurría en la frontera pero que, a diferencia de las precedentes, estaba ambientada en el mundo contemporáneo. Carteles de la droga, una valija repleta de dinero, crímenes, persecuciones, tiros, explosiones, un suspenso mefítico y devastador: apenas se advirtió que esa frenética historia parodia la falsa verosimilitud de las series televisivas.
En La carretera (2006), que obtuvo el premio Pulitzer de este año, McCarthy apuesta por un último giro, más inesperado y radical. No mira hacia el pasado ni el presente: lo suyo es el futuro.
Desde La nube púrpura , de M. P. Shiel, las novelas posapocalípticas han sido un transitado subgénero de la ciencia ficción. En La carretera , McCarthy lo utiliza como molde, pero evita algunos de sus rasgos tradicionales. No hay rescoldos de un avanzado pasado tecnológico, por ejemplo, ni un estudiado futurismo. Los datos que a cuentagotas segrega la novela indican algo más ominoso: ese futuro brota de la insoportable cercanía del presente.
El argumento simula una Odisea ascética: un padre y un hijo menor de edad, de los que se desconocen los nombres, se lanzan al camino desde un territorio mediterráneo (presumiblemente, algún Estado del corazón norteamericano) en busca de la costa. Una década antes un cataclismo había convertido el mundo en una calcinada y aterida superficie. La debacle se debió a razones que no se especifican: una hecatombe nuclear o, por qué no, la caída de un asteroide como aquel que acabó con los dinosaurios.
En su lenta y tortuosa travesía, a padre e hijo le sobrevienen las aventuras que le corresponden al héroe tradicional, aunque en harapienta clave de invierno nuclear: empujan un carrito de supermercado, donde llevan sus provisiones; encuentran un búnker, alimentario paraíso perdido; ingresan en ciudades arrasadas a las que solo les faltan las clásicas parvas que ruedan por las calles; se calientan al fuego; acampan donde pueden. Reina el canibalismo, y no es infrecuente dar con cadáveres quemados o desollados. De vez en tanto se cruzan con individuos más desahuciados que ellos (o, eventualmente, con otros más peligrosos).
La carretera es, a su modo, la inversión de una de las novelas fundacionales de la narrativa norteamericana, Las aventuras de Huckleberry Finn . A diferencia de Huck, que remonta el Mississippi en busca de su progenitor, aquí es el padre enfermo quien se otorga la desesperada, casi mesiánica misión, de salvar al hijo. Como piadosa mentira, en medio de ese mundo irrespirable, le cuenta una historia prometeica (que ellos son los que portan el fuego) y una división maniquea entre "buenos" y "malos" que pretende conjurar el tamaño de tanta negrura. El terror del futuro no omite las fulguraciones del pasado: el recuerdo de la mujer (y madre), que, ante la situación, optó por dejarlos para suicidarse con un cuchillo de obsidiana, o la efímera epifanía del protagonista adulto al ingresar en la propiedad en que pasó su infancia.
Lo notable de La carretera es el modo en que exorciza la obvia escasez de su argumento. El ancla definitiva de la novela está, no tanto en el errático zigzag de padre e hijo, sino en las descripciones, en las monótonas enumeraciones que recuperan, a través de los sentidos, el valor de cada elemento, de cada objeto, ya sea la lluvia que repiquetea sobre un techo o un cimbronazo subterráneo, la aspereza de una manta o lo que promete una simple lata de conservas. Los diálogos concisos, que carecen de guiones -característicos en McCarthy-, permiten que la anónima voz narrativa se contamine con la de los personajes.
La carretera se camufla detrás los ropajes de la ciencia ficción para, como ocurre en algunas obras de J. G. Ballard, traficar una variedad de géneros sin asentarse en ninguno. Es, por un lado, una road story demencial; es, también, una pieza de terror, casi gore . En una reseña publicada en The New York Review of Books , el novelista Michael Chabon la consideró una narración de aventuras, en la línea de Jack London. La lóbrega épica de la novela habilita también que se la vincule con los westerns crepusculares, aquellos films que constataban la demorada extinción del vaquero. El anacronismo, en La carretera , a pesar de la breve redención prometida en las últimas páginas, es la propia especie. En su desolada contundencia se permite incluso ir más allá: atestigua el crepúsculo del crepúsculo, "el fatigoso espectáculo de las cosas dejando de existir. La extensa tierra baldía, hidróptica y fríamente secular. El silencio".





