
Un estilo de pensar el país
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El siguiente es el mensaje que pronunció ayer el presidente de SA LA NACION, Julio César Saguier, por el 140° aniversario del diario.
Deseo hacer un especial reconocimiento a los millones de lectores de LA NACION por su fidelidad inquebrantable. Es un agradecimiento que se extiende a las sucesivas generaciones de argentinos y extranjeros que durante más de 50.000 mañanas esperaron leer nuestras noticias y comentarios y que han seguido, por tantos años, nuestra opinión editorial. Muchas gracias, en nombre de quienes conducimos LA NACION, y gracias también en memoria de quienes nos antecedieron en ese honor.
Si hoy estamos reunidos se debe a que existió un hombre que tuvo la creatividad intelectual de pensar el país en función de los problemas de su época, pero, por igual, del país que imaginaba al elevar hacia el horizonte la vista. Cuando las ideas y los valores básicos de una nación logran proyectarse en el tiempo, trascender e instalarse en la sociedad a través del pensamiento y de la acción de un hombre, podemos concluir que se ha tratado de un estadista. Bartolomé Mitre, el fundador de LA NACION, cumplió ese papel como militar, legislador, gobernante y periodista.
Mitre fue un estadista porque pudo advertir dónde estaba el peso especifico del tiempo siguiente al que él vivía en cuanto a los hechos y tendencias que definirían para la Argentina su condición de país soberano.
Cuando el martes 4 de enero de 1870 dejó grabado, como el artista que cincela una obra, que LA NACION sería "tribuna de doctrina", estableció una línea respecto de los ideales, la ética y el pensamiento abierto a todo conocimiento según es propio de los hombres libres en una democracia con incuestionable contenido republicano.
A lo largo de 140 años, hemos seguido el derrotero así trazado por entender que es el que mejor refleja la grandeza de un estilo de pensar el país. Supimos, en rigor, atenernos al modelo que implica el funcionamiento de una justicia independiente, de gobiernos democráticamente elegidos, de poderes que emanan exclusivamente de la Constitución Nacional y, no menos esencial, de ciudadanos que actúen con la conciencia cívica de ser respetados como tales en el ejercicio de los derechos y deberes que definen a una verdadera república.
Por 140 años hemos sido testigos y protagonistas de la vida nacional, pero no creo que sea éste el día ni el momento de hacer en detalle el inventario de lo realizado y, menos, de evocar melancólicamente la involución institucional de esta Argentina que sufre. Quiero, sí, reafirmar que un diario como LA NACION ha servido y aspira a continuar sirviendo como un puente efectivo entre la sociedad y la realidad cotidiana.
Creemos fervientemente que hoy debemos aventurarnos a mirar el futuro con esperanzador idealismo. A soñar con utopías, a enriquecernos con la diversidad, a tener la disposición intelectual de diseñar un proyecto abarcativo de todos los argentinos con voluntad solidaria y sentido de la confraternidad que otorga el pertenecer a una nacion que estimuló, desde sus orígenes, todas nuestras facetas culturales, sociales, étnicas y geográficas.
LA NACION ha aspirado a ser un observador confiable e insobornable de la vida nacional. Hoy reitera esa vocación desde este espacio histórico tan identificado con su propia existencia.
Creemos firmemente que el país tiene por delante un destino que no coincide con la realidad que hoy vivimos y nos atormenta. Que tenemos derechos que aún no han sido desarrollados en plenitud. Que carecemos de instituciones fuertes que nos contengan y protejan. A partir de ese balance, reafirmamos que el Congreso de la Nación es el espacio natural en donde se deben debatir respetuosamente los intereses más altos que conciernen a la sociedad real y que mal podrían quedar subordinados a la manipulación arbitraria de meras facciones de poder.
Creemos en los principios éticos y en el sistema de valores que han hecho posibles las mejores etapas del país e infunden confianza sobre la recuperación nacional en el porvenir. Lejos estamos de mirar con nostalgia obstinada hacia el pasado, como si sólo su réplica exacta tuviera razón de ser. Hay, en la marcha de las civilizaciones, cambios que están para quedarse y gravitar sobre los tiempos que se avecinan. Son los hitos del progreso inexorable, que saludamos. Mientras tanto tomamos nota de las experiencias más provechosas de nuestro historial como del de otros países a fin de reanudar, bajo su influjo, en el menor tiempo posible y con los menores costos, la marcha que nunca debimos abandonar hacia el desarrollo social e individual que proyectó en el Centenario a la Argentina como un gran ejemplo en el concierto mundial de naciones.
El país ha sufrido en demasía. Es hora de reconstruir una nación integrada, reconciliada entre todas sus partes, sabia en el aprovechamiento pleno de sus energías creadoras. Abogamos por una Argentina abierta al mundo y sin vulgares resentimientos de inferioridad ni planes entumecidos por el anacronismo de populismos fracasados en todas partes.
Valoramos la educación como condición suprema para afrontar la pobreza. Creemos en la solidaridad como un sentimiento noble al servicio de la inclusión social. Entendemos que la seguridad debe estar resguardada por el monopolio del Estado en el ejercicio disuasivo de la coacción por la fuerza. Que la protección de la salud constituye una actividad que demanda tanto como la Justicia y la defensa nacional el cumplimiento de un papel esencial por parte del Estado y no que la salud sea un espacio más en el que se enseñoreen la corrupción y el tráfico indecente de drogas. Que los gremios deben representar a millones de obreros y empleados en la defensa de legítimos derechos constitucionales y no actuar como fuerzas paralizantes de la economía y el orden social o como factor de poder ensoberbecido y empecinado en demoler las instituciones de la Constitución Nacional. Que la Justicia, último baluarte de la defensa de la libertad y de todos los otros derechos estratégicos de la ciudadanía, debe desempeñarse libre del manoseo de las fuerzas políticas dominantes.
Los empresarios debemos tener presentes nuestras responsabilidades y obligaciones indeclinables con la sociedad que hace posible el desenvolvimiento de las empresas. Debemos consustanciarnos con la misión que se espera de nosotros de estimular el progreso en los circuitos del crecimiento y de la innovación. No podemos resignar, tampoco, nuestro compromiso con la paz social.
Desde nuestras páginas, alentamos la existencia de una Argentina de ciudadanos libres, con acceso al trabajo, a la salud y al descanso, enriquecidos como hombres por la educación y por condiciones generales de seguridad, confraternidad y concordia nacional. Una Argentina democrática y con sólidos valores republicanos.
En este aniversario, expreso el agradecimiento de LA NACION a todos cuantos, generación tras generación, la hicieron posible. A los centenares de periodistas, de correctores, fotógrafos, diseñadores, operarios gráficos, personal administrativo, colaboradores externos, que en cada edición, en cada suplemento, honraron con su trabajo la mística de un modelo que está en pie.
Seguiremos trabajando fieles al mandato del fundador, firmes en el rumbo dispuesto hace 140 años. Como sabemos que nuestro compromiso no puede agotarse en un diario de papel por exitoso que sea, estamos involucrados en múltiples proyectos sobre distintas plataformas. Estamos inmersos en planes que figuran a la vanguardia de las novedades que influyen de forma acelerada en los medios de comunicación en todo el mundo. En nuestro caso, la revolución tecnológica marcha sobre el camino firme del rigor profesional de siempre y de una credibilidad avalada en catorce décadas de desenvolvimiento periodístico.
Sé que ustedes comparten conmigo una misma preocupación. Cuando los países ven amenazada la libertad de prensa, es como si el sol comenzara a ocultarse y pudiera llegar pronto la oscuridad de la noche. Luchamos con denuedo para que así no ocurra. Y no estamos solos. Son muchos, muchísimos los argentinos capaces de asumir como propias las palabras del Quijote, hilvanadas cuatro siglos atrás: "?la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos? Con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni que el mar encubre?; por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar, hasta la vida misma".




