Un filósofo frente al poder
UN MAESTRO DE ALEMANIA Por Rüdiger Safranski (Tusquets)
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LA erudición de Rüdiger Safranski es admirable. Lo había demostrado ya en su Schopenhauer y los años salvajes de la filosofía . Resulta, por eso, inverosímil que, al titular su libro sobre Heidegger pudiera desconocer los versos lapidarios de Paul Celan que aseguran que "la muerte es un maestro de Alemania". Es entonces evidente que, mediante el título escogido para su biografía, quiso minar el valor absoluto de esa sentencia que agota, en la propensión a lo siniestro, la capacidad de aprendizaje de un país. No sólo la muerte, viene a decirnos Safranski, ha sabido ser un maestro de Alemania. También ha sabido serlo Martin Heidegger. Y ello lo lleva a suponer que Heidegger y el nazismo, aun habiendo tenido que ver, no son sin embargo sinónimos. Y yo creo que Safranski tiene razón.
Convengamos en que la historia es enigmática. Si Karl Jaspers, renombrado liberal, hubiese alcanzado no sólo la celebridad literaria de Heidegger sino, además, su hondísima influencia, el desenlace de la Segunda Guerra nos hubiera brindado, al menos en este sentido, algún consuelo. Se habría probado así que las ideas primordiales que el siglo supo propiciar en filosofía fueron obra de un creador al que, al unísono, cabía reconocer como políticamente democrático. Pero la historia se burla muchas veces de nuestros sueños y casi siempre de nuestras simplificaciones. Con una frecuencia indeseable, nos prueba que el talento conceptual y las convicciones sociales no suelen ir de la mano, para no decir que lo usual es que se los vea marchar en sentido opuesto. Es así como resulta posible que un vocero fervoroso del nazismo, como fue Heidegger hasta mediados de la década del 30, haya sido y siga siendo, en incontables aspectos, el pensador más interesante del siglo.
"Flaubert -escribió Sartre- fue un burgués, qué duda cabe; pero muy pocos burgueses fueron como Flaubert." Safranski toma en cuenta la observación tan aguda del ensayista francés. No olvida ni mucho menos que su personaje fue, durante mucho tiempo, un entusiasta del nacionalsocialismo. Pero se niega a homologar su obra literaria con los postulados de ese basural doctrinario a cuya idolatría convocó Adolf Hitler. Heidegger no fue el Führer ni tampoco ninguno de sus cancerberos. Por eso, propone Safranski, más vale tratar de saber quién fue, si de veras importa pensar lo que hizo. "Las andanzas políticas de Heidegger -reconoce el biógrafo- todavía producen espasmos. Por razones filosóficas se convirtió él, transitoriamente, en revolucionario nacionalsocialista, pero su filosofía lo ayudó también a liberarse de nuevo de las maquinaciones políticas. Lo que hizo fue una lección para él. En adelante, su pensamiento giraría también en torno del problema de que el espíritu puede ser seducido por la voluntad de poder." De modo que cuando Safranski caracteriza a Heidegger como un maestro de Alemania lo hace con hondo reconocimiento hacia su espíritu autocrítico y con infinita gratitud hacia su grandeza filosófica. Leámoslo, si no: "Martin Heidegger fue un maestro de Alemania. Fue realmente un maestro de la escuela del místico Juan Eckhardt. Como ningún otro mantuvo abierto el horizonte para una experiencia religiosa en una época no religiosa".
Tras algunos años en los que concibió al nacionalsocialismo como la expresión política de ese mismo esfuerzo superador de la metafísica clásica en que él andaba empeñado, Heidegger se apartó desencantado de sus propuestas y las condenó. El nazismo, concluyó Heidegger, debía ser superado, puesto que nada había en él de superador. No se trataba sino de una expresión más de eso mismo que lo había llevado a él, Heidegger, a afirmar que, metafísicamente hablando, capitalismo y comunismo eran idénticos.
¿Qué pudo haber visto Martin Heidegger de propio en los planteos desaforados de Adolf Hitler? Pues la fuerza y la decisión necesarias para sustraer a Alemania de la tendencia uniformadora y masificadora que en Occidente imponía la tecnolatría; la aptitud para hacer de la patria el escenario de la dignidad que ni el capitalismo ni el comunismo podían dar al hombre.
Hasta que fue capaz de advertir qué pasaba, Heidegger se enteró únicamente de lo que quiso. Pero, a partir de entonces, no disimuló su repudio. Expulsado de la Universidad, cuya conducción le había sido confiada por los partidarios del Führer , Heidegger se replegó, decididamente, sobre su labor de escritor. Y si ya para ese entonces era nada más y nada menos que el autor de Ser y tiempo , pasaba a ser ahora el pensador que se interrogaba acerca de la seducción que sobre su inteligencia había ejercido la voluntad de poder político.
Del libro de Rüdiger Safranski cabe decir también que se impone en su género como una obra definitiva. Hay en sus quinientas páginas un admirable equilibrio interpretativo, valentía en la denuncia, ponderación en los juicios. De hecho, Safranski revela una conciencia analítica singularmente dotada para abordar la indudable complejidad de la materia que trata. Nadie, me parece, ha sabido encarar mejor que él el significado inquietante y profundo que para nuestra época tienen la vida y la obra de Martín Heidegger. Espléndido retrato biográfico y auténtico documento de una etapa atroz de la civilización occidental, Un maestro de Alemania es, asimismo, una semblanza certera y apasionante de los vínculos intelectuales y sentimentales del filósofo. Allí están Jaspers, Celan, Husserl, Sartre, Hanna Arendt y la brumosa señora Heidegger. Cabe decir, por último, que la biografía de Safranski se manifiesta como una penetrante y doliente reflexión sobre el pasado próximo y el porvenir inmediato de Alemania. Una espléndida realización, en suma, que no rehuye ni el retrato de la mezquindad más abyecta ni la celebración de las más pura espiritualidad. Más allá de todos los esquematismos y de los dictámenes impulsivos, Safranski privilegia la decisión y el esfuerzo de no olvidar lo sucedido ni ofrendarlo a la estupidez. (543 páginas).
Santiago Kovadloff
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La Nación




