
Un místico en la tertulia de El Ateneo
Francisco Luis Bernárdez, el inspirado autor de La ciudad sin Laura, escribió, además de sus celebrados poemas de amor, poesías de tono religioso y ascético en las que retomó lo mejor de la tradición literaria española
1 minuto de lectura'
Los años sesenta eran tiempos en que los porteños teníamos la alegre costumbre de caminar por la calle Florida para vernos con amigos y celebrar encuentros en sus confiterías; uno podía llegar a cruzarse con personajes que hacían a la historia cotidiana de la ciudad. Las galerías de arte, el estrambótico y multitudinario Di Tella, la paralela galería del Este y las librerías eran también lugares de reunión y de cita. Las exposiciones daban cada tanto sorpresas más que agradables y hasta en algunos salones se escuchaban a veces conferencias interesantes. Durante esos años la calle Florida llegó a tener hasta tres teatros: el de la librería Kraft, el del Instituto de Arte Moderno (en los fondos de la galería Van Riel) y el del Di Tella, más que experimental.
El Ateneo, la arquetípica librería de don Pedro García, toda una institución histórica en la ciudad, era otro de los lugares más frecuentados de la calle Florida. No sólo convocaba lectores sino además a escritores como Borges, Bernárdez, Mastronardi, Molinari, Cancela, González Lanuza, Marasso, Norah Lange, Mallea, Martha Lynch, Marechal, Miguel Angel Bustos y el infaltable poeta-editor Arturo Cuadrado. El librero en jefe, Francisco Gil, desde su mostrador que usaba como púlpito, era la figura afable que armonizaba tantos caracteres dispares. Valiéndose de esa rica concurrencia, el imaginativo librero organizó en septiembre de 1965 la primera Feria de Libros, llamada "La primavera de las letras", sin duda inspiradora de la actual feria.
Hacia mediados de esos años sesenta, por las tardes, el poeta Francisco Luis Bernárdez cumplía con el rito de visitar cotidianamente la librería El Ateneo, donde su viejo amigo, Francisco Gil, lo informaba acercaba de las novedades que aparecían. Bernárdez podía pasar largos ratos ante las mesas hojeando los libros que le interesaban. Llegaba acompañado de Laura González Palau, su inseparable esposa, a la que dedicó su famoso poemario La ciudad sin Laura. Apasionado lector, era habitual encontrar a "Paco Luis", como cariñosamente lo llamábamos, con un libro pegado a los ojos a causa de su miopía, interrumpiendo cada tanto la lectura para estrechar la mano a los conocidos que se acercaban a saludarlo.
Bernárdez había nacido en Buenos Aires el 5 de octubre de 1900. Modesto, considerado en el trato hacia los demás, se empeñó siempre en pasar inadvertido, en permanecer detrás de su obra. "Paco Luis es una de las personas más discretas que he conocido", le oí decir una vez a Leopoldo Marechal, su más íntimo amigo. Bernárdez evitaba en lo posible hablar de sí mismo, ya que pensaba, convencido, que lo menos importante en un poeta es su biografía. Preciso en sus conceptos, casi como una confesión de sus principios, dice en unos versos de "El silencio": "No digas nada, no preguntes nada./ Cuando quieras hablar, quédate mudo:/ que un silencio sin fin sea tu escudo/ y al mismo tiempo tu perfecta espada."
A principios de los años veinte, Bernárdez adhirió con fervor juvenil al ultraísmo que Borges --después de su larga permanencia en Europa-- había traído de las tertulias madrileñas de Rafael Cansinos-Asséns. Pasó a formar parte activa de ese movimiento de vanguardia que intentaba romper el anquilosamiento de la poesía argentina, parapetada en los viejos moldes de un ya trasnochado modernismo y en las antiguas maneras románticas, siempre anecdóticas e invariables. A esas viejas fórmulas, Bernárdez y sus compañeros de generación respondieron con la originalidad de las nuevas concepciones, en las que la metáfora y la adjetivación precisa cumplían un papel esencial.
Sin negarse a incorporar en sus textos los nuevos recursos poéticos propuestos por las mejores vanguardias europeas, la generación de Bernárdez se elevó por encima de las modas que afectaban la poesía de la época y alcanzó su máxima expresión perfeccionando las formas, quizá inspirada en aquella famosa frase de Oscar Wilde: "Si en poesía no se tiene en cuenta la métrica, estamos a merced de los genios". Seguros en ese camino de fidelidad a la palabra, aceptaron innovaciones, sin caer en ningún extremo.
Como Borges, Bernárdez permaneció también algunos años en España, donde inició su carrera poética. Vivió en Madrid y en Vigo, ejerció el periodismo y allí publicó sus tres primeros libros: Orto, Bazar, prologado por Gómez de la Serna, y Kindergarden.
Pasado el fervor vanguardista, se produjo hacia la década del treinta lo que podemos llamar un retorno a las fuentes. Leopoldo Lugones volvió a ser el maestro y su apostolado recobró fuerza. El propio Borges, que lo había atacado con irreverencia, empezó a considerarlo de otra manera. Francisco Luis Bernárdez y Leopoldo Marechal, que nunca abandonaron del todo las formas clásicas, encabezaban la nueva cruzada.
Hacia mediados de los años treinta, Bernárdez y Marechal fundaron la revista Libra. Católicos militantes, ambos exaltarían en sus poemas, a la manera de Claudel y Péguy, la fe religiosa. Con Marechal, Bernárdez compartiría también una habitación durante una larga permanencia en París. En 1935 Bernárdez publicó El buque, un libro escrito durante su permanencia en La Calera, un pequeño pueblo de la provincia de Córdoba. La editorial Sur, dirigida por Victoria Ocampo, fue el sello encargado de la publicación. La amistad de Bernárdez con Victoria lo llevó también a colaborar asiduamente en la revista Sur. Ese mismo año, por su libro El buque, se le otorgó el Primer Premio Municipal de Poesía. En esa obra, tan celebrada por la crítica, el poeta se propuso recuperar, de alguna manera, la mística y los primeros pasos de Fray Luis de León: "Y pensando y soñando/ Y cantando y llorando voy viviendo/ No sé cómo ni cuándo,/ Ni dónde, pero entiendo/ Que voy viviendo porque voy muriendo."
Preocupado esencialmente por el lenguaje, Bernárdez incursionó en todas las formas métricas. Escribió una poesía ascética, plena de vivencias espirituales y religiosas, y volcó en sus versos lo mejor de toda la tradición española. Su gran aporte fue la creación de un verso de veintidós sílabas que usó en sus poemas de más aliento. En ese metro de nueve más trece sílabas está escrito su memorable poema "Estar enamorado", de La ciudad sin Laura.
En 1937 apareció otro libro esencial de Bernárdez, Cielo de tierra, que con sus impecables endecasílabos deja aflorar la espiritualidad en cada verso. Pero es en el libro Poemas de carne y hueso (1943), donde los octosílabos de carácter religioso, a la manera de Fray Luis de León, alcanzan la frescura y calidad de la mejor tradición española: "Quiso nacer en las casas/ De los hombres, por amor:/ Los hombres estaban ciegos/ Y le dijeron que no./ Recorrió todas las puertas,/ Pero ninguna se abrió./ Los pechos también cerrados,/ No tenían compasión./ Señor:/ En un establo es mejor."
En 1938, Bernárdez publicó su libro quizá más original y de mayor belleza: La ciudad sin Laura, dedicado, como ya señalamos, a su mujer. A esa obra pertenecen dos de sus más famosos y emotivos poemas: "Estar enamorado" y "Soneto del amor unitivo". Toda su esperanza en el amor está puesta en esos versos, en los que el poeta alcanza el momento más alto de su expresión lírica.
Los altos nombres de Petrarca, de Dante y Garcilaso están presentes en sus magníficos poemas, en los que Bernárdez intentó recuperar los más grandes momentos de la lírica castellana. Laura se llamó también la amada en la poesía de Petrarca.
A La ciudad sin Laura siguieron otros libros que consolidaron la obra de Bernárdez, ya dueño de un registro propio. En 1945, por El ruiseñor, fue distinguido con el Premio Nacional de Literatura.
Como Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo y Marechal, Francisco Luis Bernárdez pertenecía a esa particular raza de los grandes conversadores, esos conversadores que hacían sentir al interlocutor el placer del diálogo. Un encuentro con Bernárdez era siempre grato. Sabía dar interés a sus palabras, sabía oír y, virtud esencial, sabía preguntar y preguntarse a la manera socrática, enriqueciendo el diálogo. Tuve la felicidad de coincidir con Borges y Bernárdez en una mesa de la Cantina Norte, en la antigua calle Charcas, en los años setenta, y ser privilegiado oyente de un diálogo entre esos dos grandes conversadores y amigos; no me perdono no haberlo grabado. Borges y él eran contertulios de toda la vida, compañeros en largas caminatas por Buenos Aires, de guindados compartidos, como gustaban recordarlo.
La década del sesenta fue para Bernárdez una época de intensa actividad literaria. Eduardo Mallea, otro de sus grandes amigos, dirigía el Suplemento Cultural de LA NACION y hacía colaborar al poeta regularmente con comentarios de libros. Hacia los años setenta empezó a publicar en el diario Clarín valiosas reseñas sobre poetas de su generación. Falleció en Buenos Aires el 24 de octubre de 1978.
Aunque incomprensiblemente olvidada, la poesía de Francisco Luis Bernárdez permanece pura en todo su esplendor, basta frecuentarla.
1
2A 75 años de “La Colmena”: censurado por inmoral y pornográfico, se filtró “gota a gota” y consagró al polémico Nobel Camilo José Cela
3Construir con telas, hablar con color: Olga de Amaral transforma el Malba en un laberinto universal
- 4
Las cenizas de Juan José Sebreli se esparcirán en Plaza Constitución el próximo viernes



