Un utopista despechado
Michel Houellebecq suscitó un escándalo en Francia con Las partículas elementales , su segunda novela. La aparición en español de la primera, Ampliación del campo de batalla (Anagrama), muestra en germen la virulencia de su obra posterior y revela las contradicciones de un hombre que no cree en la dicha y que ensalza, por desesperación, la felicidad artificial de una sociedad robotizada.
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HAY que remontarse por lo menos treinta años para hallar en la literatura francesa contemporánea un escándalo similar al originado por Las partículas elementales , la segunda novela de Michel Houellebecq, hasta poco tiempo atrás un oscuro escritor de retaguardia. Las últimas grandes polvaredas -con los estertores de la Guerra de Argelia y Mayo del 68 como ruido de fondo- se habían producido en la década de los sesenta cuando obras vanguardistas como Edén, Edén, Edén , de Pierre Guyotat, o L´épi Monstre , de Nicolas Genka, fueron rápidamente censuradas por un poder tambaleante.
Esta vez el principal escenario de la disputa fue otro: la prensa escrita y la televisión. A fines de 1998, en largos artículos o emisiones culturales, el autor cosechó por su novela una amplia gama de epítetos: desde misógino y reaccionario hasta filo-nazi y mediocre discípulo de Céline sin una pizca del talento verbal de este último (ver el balance de la polémica en el artículo de Alicia Dujovne Ortiz, "Un nazi de jardín", publicado en La Nación el 28/12/98). Algunos salieron en su defensa, como el novelista Philippe Sollers, que era ácidamente caricaturizado en la obra ("Todo gran escritor es un reaccionario", le hace decir Houellebecq en Las partículas... ). En El año del Tigre , su diario de 1998 que acaba de ser publicado, Sollers afirma, burlón, que todo autor "no alineado" es presa de la derecha o de la izquierda, siempre listas para despedazarlo.
El resultado de este solapado ejercicio de marketing fue simple: Las partículas elementales vendió rápidamente 150.000 ejemplares y Houellebecq se transformó en un personaje ubicuo, el escritor -más allá de sus méritos o deméritos- del año. La novela, más que fenómeno literario, devino acontecimiento sociológico.
Las partículas elementales tenía, sin embargo, un importante antecedente: Ampliación del campo de batalla , su primera obra narrativa, publicada en 1994. A pesar de las diferencias, la segunda novela está, en germen, en su antecesora. La aparición en español de Ampliación... (editorial Anagrama) nos permite hurgar sin intermediarios, a pocos meses del áspero debate suscitado por el escritor, en el "caso Houellebecq".
El absurdo de la indiferencia
Michel Houellebecq, hoy de cuarenta años, se ganaba la vida reparando las computadoras de los diputados en la Asamblea Nacional cuando publicó su novela inicial. Hasta ese entonces era básicamente conocido por secos libros de poemas ( El sentido del combate , Permanecer vivo , La búsqueda de la felicidad , títulos que prefiguran las obsesiones de sus dos textos narrativos). En ellos, la alienación contemporánea, los detergentes y las clásicas vacaciones del francés medio en Martinica venían sorpresivamente envasados en metros clásicos. Ampliación del campo de batalla llamó la atención sobre todo por su parquedad. No era, contra lo previsto, lo que se considera la típica novela de un poeta.
Narrada en primera persona, tiene cierta dosis de humor negro, cínico, que desaparece completamente de su promocionada sucesora. El relato se centra en la vida abúlica de un personaje innominado que se gana la vida como programador de computadoras -como el propio Houellebecq- y que, harto de buscarle un sentido a la vida, consume su tiempo elaborando teorías sobre la incomunicación, la seducción, la sociedad y sus miserias. Puede definirse con las palabras que el propio protagonista aplica a un personaje secundario: es el drama de un hombre que logra ser exitoso en uno de los "campos de batalla" -el laboral, sinónimo de dinero, de capitalismo "salvaje"- y que fracasa en el otro -el de las relaciones humanas-. El liberalismo sexual, según argumenta la novela, convirtió el sexo y el afecto en un bien de mercado, como cualquier otro; en una palabra, en otro "campo de batalla". La consecuencia es una pauperización afectiva absoluta, el diálogo como simple intercambio de informaciones, la vida como vacío omnipresente.
El minimalismo lingüístico deja a la vista el sinuoso, desprolijo esqueleto de la trama ("La forma novelesca -se lee en sus páginas- no fue hecha para describir la indiferencia, la nada"). Tal vez ese francés garrapateado, como si se tratara de la transcripción de una grabación antes que de una escritura, llevó a que la obra fuera comparada con Menos que cero , de Brett Easton Ellis, aunque en versión francesa y, por cierto, singularmente tardía (la novela del norteamericano fue publicada a mediados de los ochenta).
Ese perfil lingüístico, esa carencia, hizo también que Ampliación... adquiriera un status de culto. Si bien la obra no escapa al ombliguismo de buena parte de la literatura francesa -tampoco escapa su sucesora-, el autismo de los personajes, su desesperación soterrada, son tan radicales que no pueden dejar de producir una rápida identificación del lector francés medio, especialmente de la franja generacional a la que pertenece el autor.
Aunque la analogía pueda parecer excesiva, Houellebecq trata de emparentar su primera novela con El extranjero de Albert Camus, en versión fin de siglo. Una escena en una playa recuerda el crimen de Meursault. Pero no transcurre en una luminosa playa argelina, sino en una opaca playa del norte francés, en plena noche. Y frente a la espontaneidad del crimen del personaje existencialista, en este caso el asesinato, que finalmente no se consumará, es premeditado. El potencial verdugo -contrapunto del protagonista- no tendrá fuerzas, ni siquiera deseos, de cumplir con su objetivo y se negará a agregarle más absurdo al absurdo.
Ampliación... es un clásico ejemplo de lo que un crítico bautizó, en referencia a Houellebecq y a sus compañeros de ruta, como posnaturalismo de un mundo en descomposición. A diferencia de lo que ocurre en la obra de Camus, no hay lugar para el menor dilema moral. La existencia es, antes que indiferencia, sufrimiento absoluto.
Manifiesto antihumanista
La ambigüedad de esta primera novela, por supuesto, es más evidente a la luz de la polémica Las partículas elementales , que se publicará en español antes de fin de año. Allí el discurso rabiosamente antiliberal -de corte anarquista y surrealista, según insinúa el propio autor ; reaccionario, según sus detractores- se vuelve más virulento, hasta desembocar en un verdadero manifiesto antihumanista. Las ideas elaboradas por el personaje de la primera novela cobran cuerpo y volumen. La depresión se vuelve asfixiante.
Pero son otros elementos los que levantaron las acusaciones de diletantismo intelectual: por ejemplo, que el relato aplique superficialmente postulados de la etología animal al ser humano. O que los personajes femeninos sean un puro cliché y tengan siempre el peor de los finales posibles. También algunas escenas sádicas, descriptas con un ojo tan clínico que parecen parodias de malas películas pornográficas. O la permanente diatriba contra la generación del 68, culpable -según el autor- de la liberalización sexual cuyas consecuencias (auge de la violencia incluido) se sufrirían hoy. Y sobre todo, el último capítulo del libro, en el que la humanidad es reemplazada por clones asexuados que logran una felicidad artificial pero concreta (un homenaje, según el autor, a su pasión por Lovecraft y la ciencia ficción).
"No hay que tenerle miedo a la felicidad, porque no existe", escribió Houellebecq en otro libro. Pocos parecen haber reparado en que en sus novelas hay algo de un utopista desilusionado. Pero, ¿qué desesperación lo lleva a ensalzar (y aquí sí puede hablarse de pose intelectual) las sociedades robotizadas como fin y meta?
Más allá del escándalo suscitado, en buena medida, por algunas declaraciones francamente pretenciosas del autor, un hecho es innegable: sus dos novelas son un perfecto muestrario de las contradicciones y el malestar cultural y social que aquejan a la Francia de fin de milenio. "Houellebecq muestra el estado de una sociedad que se oculta hasta tal punto la verdad sobre sí misma que no tolera que una ficción la refleje", escribió Josyane Savigneau, biógrafa de Marguerite Yourcenar, al comentar Las partículas elementales . No sería erróneo aplicar esa conclusión también a esa otra novela, menos ambiciosa, que es Ampliación del campo de batalla .




