Un viaje a Estambul

El jurado compuesto por Alicia Dujovne Ortiz,Isidoro Blaisten y Mempo Giardinelli otorgó el Premio LA NACION de Novela 2001 a Un viaje a Estambul , de Carlos Sánchez Granel, que publican Planeta y LA NACION. En estas páginas se brinda un fragmento de la obra. Es la historia de una restauradora que, mientras trabaja en la recuperación de un mural de gesta pintado durante la Cuarta Cruzada en Constantinopla, reconstruye, mediante las imágenes desdibujadas por los siglos, la vida del artista que las creó. Un dramático final le da un sentido imprevisto a esa colorida evocación de la Edad Media
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19 de diciembre de 2001  

Cada vez que vuelvo al sótano debo primero atravesar su oscuridad porque el interruptor de las luces está cerca de la pared opuesta. Son apenas segundos pero se repite siempre un vértigo, una sensación de caída inminente, de acecho, de vahído, y la presencia invisible del mural, a mi izquierda, es la única referencia, es como un escenario con el elenco mudo y oculto tras un telón ligero. Puedo sentir una tibieza proveniente de sus cuerpos, puedo sentir los leves estremecimientos de su obligada quietud. Cuando prendo las luces todo se esfuma, la pared es sólo una burda y desafiante vastedad, y las pocas figuras y colores que mi paciencia ha logrado extraer de su interior parecen una disección, una exhibición indeseable que sólo la más impúdica curiosidad pudo poner al descubierto. Además de la consabida escena del hermano Henri montado a lomo de mula, algunos santos de aureola muy dorada (figuras secundarias relegadas al rincón más lejano) dirigen sus miradas hacia el centro empantanados aún hasta la cintura en el revoque. No hay complicidad en ellos, no hay recuerdo de tibieza ni de estremecimiento alguno. Estoy, ya sin dudas, sola. Las lámparas, agrupadas aún atrás para no atropellarlas cuando cruzo a encenderlas, proclaman mi presencia proyectando caricaturas de mi silueta hacia todas partes. Las acomodo después, en principio para ver mejor, pero sobre todo para ocultarme. Las luces son pocas y la cámara en la que trabajo bastante grande, así que iluminan lo que pueden y siempre quedan sombras diseminadas; arriba, en el techo, la negrura y su corte de monstruos se han replegado, espantados por la luz, pero esperan el momento en que la apague para arrojarse sobre mí antes que llegue a la puerta salvadora. Mi plan de avance en la limpieza del mural es de izquierda a derecha y de arriba abajo. Es lo lógico, pero además me mueve el deseo de ir descubriendo las escenas de la vida de Henri (si es que eso son). En la segunda he avanzado bastante y espero que sea hoy cuando encuentre el texto que la acompaña, lo que es dificultoso porque hacia la zona superior el revoque está más fuertemente adherido. Lo que se ve hasta ahora es la parte inferior de dos personajes, uno a la izquierda con ropa de soldado o algo parecido, y uno a la derecha, en la puerta de una casucha, de larga vestidura. Tal vez Henri ya sea monje. El piso parece de hojarasca, y se muestran las bases de troncos muy gruesos. Limpiaré primero la figura de la derecha; su hábito negro sigue apareciendo a medida que caen los granos de arena. Pero un poco más arriba de su cintura comienza a verse como una mancha blanca, aunque pintada. Cepillo más y más arriba; descubro ya la cara: la mancha es en realidad una larga y canosa barba, como canoso y largo es su pelo. No puede ser Henri; así que me ensaño con el otro hasta que puede verse que tiene ropas ajustadas, botas y cinturón de cuero, pero sin armas a la cintura ni lanza ni pica. Su rostro aparece al fin, y es indudablemente el buen Henri. Ya es insoslayable la existencia del bosque alrededor de los personajes (oscuro, imponente), y un poco por encima de las copas de los árboles, sobre un cielo de un azul tan claro que contrasta deliberadamente con la opacidad de la atmósfera boscosa, se destaca con nitidez el texto-título: " Intra siluam mihi homo sanctus sapientiam docuit ". La vida, real o imaginada, le da a Henri un segundo acto con escenografía casi de otra obra. Henri es ahora, por lo que parece, un hombre del conde o del castellano, un guardián de esas zonas del feudo que, por no estar sembradas y por estar alejadas de la ciudad, deben ser vigiladas de intrusiones, en especial de las de vecinos indeseables, igualmente poderosos y ambiciosos como el señor de estas tierras, y cuya presencia así sea cazando debe ser avisada con presteza al castillo. Quizá se haya cansado del paso interminable de las mulas, o de cambiar la orografía de los jergones cada noche, o del carácter de su tío, o de su avaricia; o tal vez simplemente el viejo haya muerto, las mulas vendidas, la mínima recompensa que su tía recontó antes de poner en su palma entregada, y, si es que pudo optar por sí mismo, este nuevo destino le habrá parecido el más adecuado a su descubierta naturaleza de hombre solitario y al aprendido placer de la vida sin paredes. Y aunque las primeras noches en la choza casi miserable, hedionda de humos y de humanidad en su peor carácter, incontinente de vientos inmiscuyéndose entre las tablas pésimas, hayan sido crueles e interminables, pronto comenzaron a adquirir la calidez de lo propio y a ser incluidas en el necesario rigor de los hábitos, única construcción que soporta, al menos aparentemente, los azares del devenir. Y así igualmente con la geografía del pequeño mundo del que es forzoso proveerse, Henri fue encontrando, con el transcurso de los días, las singularidades de ese bosque uniforme sólo a los ojos de los inadvertidos.

Supo, por ejemplo, que los troncos de los árboles apenas se parecen, que tienen nudos, inclinaciones, rastros, que la corteza los individualiza con un diseño de verticales y rombos y escoriaciones que se entremezclan para conformar lo singular; reconoció túneles y cámaras y pasillos de ese inmenso palacio desolado, a punto tal de jamás dudar de su recorrido; encontró la caligrafía de las sombras sobre el suelo, su diaria transmutación según cómo el sol invisible girara su órbita sobre las copas; se instruyó sobre la distinta consistencia de las hojarascas, las unas profundas y muelles, las otras ásperas y abigarradas por el tejido de las ramas, y sobre sus variados olores, desde el tenue de las hojas secas quebrándose bajo la suela al profundo y ácido de las capas verdes que fermentan sometidas a la alquimia de las lluvias y la sombra eterna. Y, del oprimente silencio de los días iniciales, en el que hasta su propia voz era extraña, hubiera con el tiempo llegado a reconocer de los vientos su zigzagueo entre los troncos por su sonido de oboes (o de clarinetes cuando se inmiscuyen en los huecos de la madera, o de ocarinas al vibrar entre los tallos flexibles pero tensos de los arbustos), también al cadencioso arco de los violoncelos en el lento mecer de las ramas más gruesas, y a la precisión de violines de la lluvia, incluyendo el staccatto agonizante de las últimas gotas, y finalmente al coro de pájaros invisibles, que dejaban rastros de su presencia apenas por el golpeteo apagado de los alones o por una rama en súbita e inesperada agitación, y que oponían trémolos en diversos tonos a trenos inacabables. Pero para esto tendría que haber sabido música o pronosticar instrumentos desconocidos. Sintiéndose dueño de tan exuberante soledad, no es difícil imaginar la sorpresa de Henri al descubrir, en lo más profundo del bosque, donde ninguna huella o tala podía hacer suponer una presencia, una casa mísera, hundida en las sombras. Imbuido como estaba de lo absoluto de su reinado, dudó aún de que pudiera estar habitada. Pero se acercó con cautela, no imaginando cómo sería aquel primer encuentro con extraños; pensó en siervos fugitivos, tal vez en forajidos. Los primeros le implorarían silencio, los segundos se lo exigirían; de todos modos no sintió temor. Cuando estuvo frente a la puerta, vio a poca distancia y en una pequeña abra natural, de los escasos lugares en los que la cerrada techumbre vegetal dejaba colar un atisbo del sol, a un hombre sentado, con los ojos cerrados, la frente apuntando a aquel distante orificio de cielo azul, las manos enlazadas sobre los muslos, la barba cayendo en hilos sobre el pecho. Esperó a que se moviera. Henri sufría ya alguna fascinación por esa figura endeble, calva, ausente, que se paró de pronto y caminó hacia la casa. No pareció sorprenderse de ver a Henri; no alteró ni su paso ni su gesto. Cuando estuvo frente a él, dijo simplemente: "Soy Pedro". Y aunque nada sabía Henri de evangelios, la frase sonó con apóstrofe de palabra santa. Henri había perdido su balbuceo de timidez hacía mucho, enfrentándose a aquellos regateos frecuentes; así que con igual desenvoltura le dijo al hombrecito su nombre y, tratando de no intimidarlo, su función en ese bosque. El anciano no se mostró intimidado en lo más mínimo; antes bien, parecía verse a sí mismo más dueño de ese lugar que ningún otro dueño, por más señor feudal que fuera. Pero su propiedad, si puede llamarse propiedad a aquella construcción mínima y a aquella pequeña huerta que no superaba los seis o siete pasos por lado, parecía apenas una excrecencia más del bosque y para nada una afrenta a la soberanía de su mandante, así que Henri depuso cualquier idea de enfrentamiento y empezó esa misma tarde a compartir su soledad, no bien Pedro lo invitó a sentarse en uno de los rústicos banquitos que sacó a la puerta de la choza. Antes de que cayera la noche (porque la noche del bosque se ensombrecía con la oscuridad de la verdadera noche, lo que era prueba irrefutable de la universal potencia del sol, aunque pasara el día oculto tras la densidad del cielo de árboles), antes de caer la noche Henri había contado toda su vida, su infancia citadina, sus años de mercader, la policromía y extravagancia de sus viajes (debió, forzoso es reconocerlo, exagerar un poco las descripciones de ciudades y personajes, las dimensiones de las torres y campanarios, los anchos de las murallas, la profundidad de los precipicios), por último su final de guardián de bosque, y en todo ese tiempo no supo de Pedro sino los muchos años que pasaron desde que había traído su vida a este remoto lugar. Para saber más debió regresar, pocos días después; y a partir de ahí las visitas a Pedro fueron cada vez más seguidas, hasta convertirse en el leitmotiv de su existencia. Le llevó tiempo darse cuenta (hasta que hubo comprendido cabalmente la función de Pedro en este mundo) de la concesión que significaba para el viejo esa diaria conversación, que por prudencia intuitiva Henri nunca prolongaba por más de un par de horas; pero no sintió desagrado en su interlocutor sino en cambio benevolente paciencia y devoción apasionada en la enseñanza. No devoción por sí mismo, o por su impecable retórica, o por la amplitud asombrosa de su memoria, sino por la verdad que se gestaba, se desarrollaba y se fortalecía en el pensamiento del otro. Al principio debió Pedro sondear hasta dónde llegaba el conocimiento que Henri podía tener de Dios; y no le costó mucho caer en la cuenta de que, como en la mayoría de los casos, no había en Henri ni conocimiento, ni fe, ni intuición alguna sobre la omnipresencia divina, sino un revoltijo de temores, supersticiones, confusión de personajes, oraciones elevadas sin la menor noción de su significado. Así, debió empezar por la historia del dios que se hizo hombre; y, explicado el sacrificio de la Cruz, lo que siguió fue una lenta diferenciación entre lo que es sabido y lo que es creído, entre verdad conocida y verdad revelada, entre lo divino y lo terreno, y en cada caso encontraba que Henri no era, ni mucho menos, hombre que aceptara lo enseñado sin preguntas, y encontró también que era capaz de ingresar en los vericuetos de la abstracción con natural solvencia. Y por ello pudo ir más allá; lo instruyó en conceptos como idea y materia, en nociones como la del pecado. A medida que avanzaba se le aparecía más a menudo aquel joven Pedro, el estudiante de París, el que brillaba en las discusiones filosóficas de la ële de la Cité y en las polémicas con la vecina San Víctor, donde se ganó los odios y los respetos de Hugo, de Andrés, de Ricardo, de Gualterio. No sólo fue Pedro el descollante alumno en las siete artes (pues tanto el trivium como el quadrivium fueron su escuela), sino también el permanente lector que alargaba el estudio de los pensadores hasta que un nuevo sol se acercara a tientas a su pupitre, de los pensadores cristianos, pero también de los nuevos textos árabes (comentados por Adelardo de Bath, por Juan de Sevilla, por Pedro Alfonso, cuya "Carta a los peripatéticos del otro lado de los montes" fue su iniciadora), y que, bueno es recordarlo, impulsaran al propio abad Pedro de Cluny a viajar, a hacer traducir el Corán, a proponer la unión de los trabajadores latinos y árabes de España con las escuelas de Francia. De ellos conoció mejor a los antiguos griegos, incluso (gracias a Gerardo de Cretona) a cierto Aristóteles que bien podría ser la figura más importante si se supiera más de él, y si realmente, como se sospecha, tuviera más textos que los conocidos, que formarían un todo, un corpus filosófico. Tuvo suerte Henri porque aquel Pedro no fue ni manso repetidor de dogmas ni respetuoso de autoridades que pretendieran imponer su pensamiento estático, como las que condenaron a Abelardo por pretender que se usara la razón. Precisamente de la Logica ingredientibus y del Sic et non abelardianos, como de Guillermo de Conches o de Adelardo de Bath, sacó Pedro su amor por la razón, su convencimiento de que el hombre bien puede enriquecer las viejas palabras con la fertilidad de su intelecto, aunque también le valió aquella lucha desgastante, aquel desprecio y aquella anatema, cuando sin nombrarlo Esteban de Tournai, abad de Sainte-Geneviéve de París, lo incluyera entre los venditores verborum , los "mercaderes de palabras". De ese Pedro, relegado hoy a este destierro por causas que conocería mucho más tarde, cuando estuviera en condiciones de comprenderlo, obtuvo Henri su iniciación, o tal vez el único alimento para su razón de allí en más. Pero también tuvo Pedro suerte porque era Henri alumno consecuente, que extraía de una virginal inteligencia la capacidad no sólo de comprender fácilmente sino de realizar con presteza las inducciones necesarias, de memorizar los nuevos conceptos, de estar listo para obtener por sí las consecuencias de cada silogismo, abriendo las puertas de su alma para lo más profundo.

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