Una actuación estelar

La publicación de The Diaries of Kenneth Tynan revela la angustia oculta tras la máscara de brillo y poder del gran crítico inglés. Durante dos décadas, Tynan marcó el rumbo de la escena británica, creó y destruyó dramaturgos, directores y actores, acosado por un sentimiento de esterilidad
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19 de diciembre de 2001  

Cuando nació mi verdadera afición al teatro, a comienzos de la década del 60, Kenneth Tynan ya había llevado a cabo la obra de su vida: su crónica del teatro contemporáneo. Tenía 35 años. Su odisea como crítico había empezado en 1947 con la chispeante fanfarria de su primer libro, He that Plays the King (El que encarna al rey), para continuar durante los quince años subsiguientes en diversas publicaciones, sobre todo The Observer , donde describió, denunció, evocó y aclamó la actividad teatral de dos generaciones, con aquella belicosidad traviesa tan especial y tan suya.

Fue un período extraordinario, que abarcó los heroicos esfuerzos de Ralph Richardson y Laurence Olivier en el Old Vic durante la guerra, el West End de Binkie Beaumont a fines de los años 40 y comienzos de los 50, la explosión de energía en el Royal Court en 1956, y la fundación de dos grandes compañías nacionales: la Royal Shakespeare Company y el National Theatre. Tynan no sólo registró esa época: con su mezcla de agudeza farolera e izquierdismo libertario, la dramatizó, ayudó a infundirle emoción y, por sobre todo, la idealizó. De esto último surgió su asociación con Olivier en el Old Vic. Pese a sus diferencias extremas, ambos creían en el glamour . Cuando Tynan abordó audazmente a Olivier, postulándose para desempeñar en el National Theatre una especie de cargo de dramaturgo que él mismo se había inventado, Olivier aceptó con no menos audacia. Eso puso fin a la carrera de Kenneth Tynan como crítico.

Diez años después, en 1971, empezó a escribir sus diarios, ahora editados por John Lahr ( The Diaries of Kenneth Tynan , Bloomsbury, 439 páginas). Para entonces, era obvio que todo le había salido espantosamente mal. Las tensiones con el lerdo y a menudo temeroso Olivier, el conflicto abierto con los directivos del National Theatre, los ingresos menguantes, cierta incapacidad para animarse a incursionar en la literatura seria y, con una insistencia cada vez mayor, su insatisfacción sexual crónica -sólo podía saciar en forma esporádica sus impulsos sadomasoquistas- lo habían llevado a un atolladero del que casi no esperaba salir. En 1973, su encuentro fortuito con Nicole, un alma gemela, alivió su insatisfacción sexual; trabaron una relación que floreció paralelamente al matrimonio de Tynan con la bellísima Kathleen Halston. Los pasajes del diario que relatan su relación con Nicole, aunque sensacionales, constituyen apenas una parte de la textura compleja de un autorretrato un tanto nabokoviano, potente cóctel de sexo, estilo, filosofía, ideas políticas, chismes, remordimiento, desafío, talento y terror a la muerte. La escritura es siempre elegante y transparente. En 1978, dice que no puede seguir escribiendo, pero se equivoca. La calidad del texto es el espejo infalible de las contradicciones de la vida.

"Todo el aplauso que necesito lo recibo en mi vida privada. Quienes carecen de ese aplauso (o aprobación) lo buscan en público, haciéndose políticos"-escribe-. Todos los temas confluyen en uno: la búsqueda del poder. Todo cuanto sigue tiene que ver con esa búsqueda: ritualizada en el dormitorio de Nicole, en las formas de sadomasoquismo; empeñada en el resto de su vida, en todos los niveles. Dentro del matrimonio, en la inesperada territorialidad de sus derechos de sostén del hogar; en el teatro, donde es superado constantemente por quienes comprenden de veras qué es el poder (en especial, Peter Hall); en su vida creativa, frustrada por productores y patrocinadores. La cólera impotente alimenta esas páginas. Ya en la segunda entrada, reconoce que pese a su labia brillante, su desafío a las convenciones y su contagioso sentido del humor, no ha podido imponerse: "Definición del que pretende imponerse: es aquél ante quien nos preguntamos, inquietos, si responderá a nuestra próxima observación con un gruñido o una sonrisa." En realidad, hacía diez años que había abdicado de la única posición de poder que le correspondía por derecho propio e indiscutible: la de crítico. Y esto nos devuelve al dormitorio.

Tynan insiste en que el sufrimiento sadomasoquista es incidental e incluso lamentable; lo importante es el trayecto que culmina en la imposición del dolor y su recuerdo gozoso. Pero la única compañera que dejó noticia de sus prácticas sexuales (su primera esposa, Elaine Dundy) opina de otro modo: "Su instrumento preferido era la vara del director de escuela". No es nuestra intención censurarlo sino, simplemente, señalar que el dolor lastima y que él no comprendió eso. Lo mismo cabe decir de su crítica teatral. Tras haber publicado una reseña feroz del Otelo de Orson Welles, bajo el título "Citizen Coon" (Ciudadano Negro Estúpido), lo dejó perplejo que, cuando se apareció en el camarín de Welles para charlar alegremente con él, el gran hombre lo echara a la calle.

La actuación constituye otro tema afín. Su actividad sexual ideal es una escenificación esmerada que lo tiene todo, incluido un diálogo bastante horrible (hay un episodio repulsivo que es fiel testimonio de ello). Lo mismo sucede con su obra. Sabe que no escribe por placer, sino porque debe actuar para un público. Sin embargo, al retirarse de la crítica, se ha privado de ese público. La actuación es la raíz misma de su personalidad: "Mi personaje y yo nunca se convinieron en debida forma". En su precipitada huida del espectro de la mediocridad a la que su nacimiento y su educación amenazaban condenarlo, se fabricó un yo que dependía por entero de la aprobación ajena. En 1973, había abandonado un público sólo para hallar otro limitado: Nicole.

En los diarios, vislumbramos una serie de personajes brillantemente actuados pero poco coherentes. Quedamos perplejos al leer una descripción paranoide de la iniquidad del capitalismo y, a continuación, el relato entusiasta de cómo él y Elaine volaron a Nueva York, con el viaje pago, para participar en la fiesta de cumpleaños de Mike Nichols, envueltos en celofán y metidos en una caja como regalo sorpresa. No menos curiosa es su convicción de que el National Theatre tiene por misión ser una espina clavada en el establishment . Se diría que busca el premio y la adopción oficial de una tendencia subversiva y es incapaz de percibir la contradicción.

Aunque parezca sorprendente, de estas páginas emerge una especie de inocencia, cuya manifestación más cómica son sus encuentros con Hall, aquel gran maestro del ajedrez teatral que, en la primera ocasión, le hace jaque mate diciéndole que a dos animales políticos tan hábiles como ellos quizá les resultará difícil trabajar juntos. Tynan estaba perdido. En su encuentro siguiente, descubrió con asombro que Hall y él opinaban lo mismo sobre el futuro del National Theatre. ¿Cómo pudo Hall hablarle así sin que se le moviera un solo músculo de la cara? Pocas semanas después, Tynan se dio cuenta de que estaba de más, pese a los ofrecimientos anteriores de dirigir una temporada completa.

El colapso de las estructuras de su personalidad, en combinación letal con un enfisema progresivo, le provocan una acidia y lasitud que intensifican su parálisis y su asco de sí mismo. "Tyranosaurius: criatura que ya estaba parcialmente extinta mucho antes de que la muerte la alcanzara." Por encima de todo, flota la culpa de la aridez. Aun cuando hace algo de manera brillante, salta la autocrítica. Su perfil del dramaturgo Tom Stoppard para The New Yorker (28.000 palabras) le inspira este comentario: "No es mediocre, pero me parece un poquito presuntuoso y no logra demostrar por qué Tom merece que le dediquen tanto espacio". Hasta su vida interior, la de su psique, parece desintegrarse.

De hecho, sus páginas contienen material suficiente para una docena de novelas, una veintena de obras teatrales y hasta un pequeño libro de poemas. Entre sus riquezas, hallamos un retrato del Olivier decadente, una descripción inigualable de Max Wall, algunos chismes de altísimo nivel, evocaciones inolvidables de ciertos individuos, escenas realistas de una hilaridad surrealista, acotaciones frecuentes y deslumbrantes, la crónica de un mundo social, el de la elegancia extremada, que agonizaba junto con Tynan como si la vida de éste dependiera de él.

(Traducción de Zoraida J. Valcárcel)

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