
Una coleccionista de arte que bate récords
Fortabat deslumbró en remates de los 80
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Tiene su lógica. Una periodista de The New York Times puso en órbita la noticia de la venta de cuadros de Amalia Lacroze de Fortabat.
El mismo matutino alertó, en el debut de los 80, sobre la presencia de la "dama de blanco de origen argentino" en la sala de Sotheby´s. Aquella noche, la empresaria se adjudicó una obra de Turner de maravillosa luz pintada en Venecia. "Julieta y su niñera" se llamaba la pintura que fue el cuadro más caro del mundo, hasta que en noviembre de 1986 se remató en 11 millones de dólares, "La Rue de Mosnier aux paveurs", un Monet que quebró la impensada barrera de los diez millones de dólares.
Para entonces, Fortabat era una conspicua animadora de las subastas de Nueva York, benefactora de sus museos y amiga de altos ejecutivos de las rematadoras como John Marion, ex chairman de Sotheby´s, que bajó el martillo a varios de los cuadros que ella compró, como un paisaje vibrante de Van Gogh que había pertenecido a Florence Gould, heredera de la inmensa fortuna de los ferrocarriles.
Pasión por los impresionistas
Apasionada por el arte, Amalia Fortabat confesó más de una vez que con su marido Alfredo eran capaces de hacer una cola de horas para ver una muestra. Los impresionistas, pero especialmente Gauguin y Van Gogh, intensos y controvertidos en su vida y en su relación, se cuentan entre sus pintores más amados.
Según se informó, "Mujeres cerca de las palmeras", un Gauguin colección Fortabat, será rematado en mayo próximo durante la venta de impresionistas.
Es probable que esta pintura, como el pastel de Degas inspirado en Mary Cassat -candidato a la venta y también de su procedencia-, nunca haya estado en Buenos Aires. Hasta que la crisis terminal de la economía argentina hizo tambalear su imperio de cemento, Fortabat disponía de una suite en el penthouse del hotel Pierre, donde se alojaba durante sus múltiples viajes a Nueva York. Le gustaba disfrutar allí de la compañía de los maestros impresionistas.
La obra de Turner la acompañó a Buenos Aires. Como las de Brueghel, Alma Tadema, Van Gogh y un par de negros venecianos que deslumbraron a Bob Colacello, periodista estrella de la revista Vanity Fair que viajó a Buenos Aires años atrás y convivió semanas con la empresaria antes de escribir una jugosa nota.
Todavía no estaba en los planes de la coleccionista y presidenta del Fondo Nacional de las Artes crear un museo para albergar parte de la colección. El proyecto de Rafael Viñoly -arquitecto nacido en Uruguay, formado en la Argentina-, la sedujo, y Fortabat comenzó a imaginar un futuro público para su colección privada.
Mejor dicho, parte de su colección. El edificio de Puerto Madero, cuando se termine, albergará la colección de arte argentino, en la que brillan varios récords, como la "Serenata romántica" de Pettoruti, los antológicos Pueyrredón que peleó cabeza a cabeza con otro gran coleccionista argentino en Naón, y "Tropillas", de Fader, la primera pintura del mendocino que superó los 100.000 dólares.
Tal vez por su estilo personal, o por su activa vida pública, las compras de Amalia Fortabat siempre tuvieron repercusión mediática; aunque, en general, el efecto ha sido mayor en Nueva York que en Buenos Aires.
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