Una experiencia abrumadora

Encuentro con Gustavo Ferreyra. Su nueva novela, La familia, que se alimenta del pasado del autor, completa un ambicioso ciclo de alta calidad literaria y salda deudas con la figura de su padre
Edgardo Scott
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12 de diciembre de 2014  

Leer a Gustavo Ferreyra es una experiencia bastante abrumadora, pero conversar con él es todo lo contrario. Con Ferreyra se puede estar en silencio cómodamente y, por otro lado, cualquier intento asertivo (suyo o del interlocutor) no tarda en volverse una larga risa que nada tiene de la mueca cínica, el cálculo o la ironía posmoderna; la suya es una risa franca, sencillamente alegre, que parece venir de una observación y una autoobservación tan feroz como piadosa. Si bien ya no extrañará a los lectores de Ferreyra que pueda entregar una novela de casi seiscientas páginas –rara vez ha bajado de las trescientas–, La familia se encarga de completar un ciclo novelístico ambicioso y brillante.

–Yo había pensado un proyecto literario que terminara con una novela que fuera una suerte de pináculo, al menos de un período; que contuviera lo autobiográfico, donde confluyeran varios temas e insistencias de otras novelas mías y que fuera una apuesta absoluta. La familia es eso. Busqué en mi propio pasado familiar todas las razones por las cuales aborrecer a la familia. Quería hacer la novela antifamilia. Pero también saldar la deuda con el personaje de mi viejo, que es en La familia el personaje más definido por lo autobiográfico. Me asustaba un poco –y todavía me asusta– porque hay como una condensación de dolor.

–En el comienzo de La rueda de Virgilio, Luis Gusmán recuerda la charla telefónica con su padre, inmediata a la publicación de El frasquito. El padre de Gusmán le habría dicho: "¡Cómo nos hiciste quedar!"

–[Risas] Mi padre murió en 1998, así que llegó a ver publicado El amparo, mi primera novela, y El perdón, el libro de cuentos. No creo que le gustara mi literatura, pero verme como escritor creo que le dio satisfacción. Cuando yo era más joven, sin embargo, le resultaba muy extraño que yo escribiera.

La figura del padre de Ferreyra está detrás de Gustavo Correa Funes, hijo de un estanciero cordobés, con un destino en verdad excepcional: enrolado como voluntario durante la Segunda Guerra, se unió a las Fuerzas Francesas Libres para pelear en África bajo las órdenes del coronel Duclos, uno de los hombres del general Leclerc. Al igual que el padre del personaje, el padre del autor fue un héroe de guerra que, a su regreso a la Argentina, nunca volvió a encontrar su elemento, y después de una misión fallida para el servicio secreto francés –la preparación de milicias para destituir a Perón–, pasó de haber manejado un cañón antitanque en Libia a establecerse en Buenos Aires, manejar un taxi y formar su propia familia bajo condiciones siempre incómodas y violentas que la novela representa de un modo expresivo, pero sin golpes bajos.

"Le tenía temor a la vida cotidiana, a la banalidad de la vida cotidiana. Decidir qué cenar –explica Ferreyra–. La normalidad de la rutina lo fastidiaba; por eso se sentía mejor en la guerra, donde no estuviera complicado en la cotidianidad de una elección. Mi viejo fue un ‘expulsado’ de la familia, tenía un pasado familiar muy fantasmagórico; era como un símbolo de la decadencia familiar. Así que tenía sus razones contra la familia. Aunque yo también creo sentirme más cómodo en la vida ‘teorética’; para la acción en la vida siempre me sentí medio lisiado."

A través del filósofo nietzscheano Sergio Correa Funes, Ferreyra detecta en La familia la "perversidad intrínseca e irremediable de los vínculos familiares". Arma así una novela con tantos personajes, generaciones e intrigas como Los Buddenbrook, pero plenamente contemporánea y que le permite imaginar un proceso individualista en que el mismo liberalismo terminaría con la familia. Acaso por eso, ubica una dimensión de la novela en Nueva York, en el impensable 2106. Una Nueva York movilizada, a punto de convertirse en la primera "ciudad del Sujeto", donde hay dos bandos: los partidarios del Sujeto y los partidarios de la Vida. Para 2106, el filósofo argentino del siglo XXI Sergio Correa Funes es una leyenda y un póster, como el Che Guevara. El autor juega con el doble apellido aristocrático del Che y también con su origen cordobés.

En esta novela se analiza una suerte de gatopardismo o naturaleza camaleónica de la familia. Después de haber sido acusada y puesta en jaque tanto por el anarquismo como por el socialismo a lo largo del siglo XX, en las últimas décadas, y sobre todo a partir de las uniones civiles, las familias "ensambladas" y la incorporación de la diferencia sexual, la familia asiste a un renacimiento. "Pareciera que todos quieren ser familia. Se aspira a tener los derechos convencionales que la familia otorga. Pero la novela plantea que el fin de la familia no vendría por un lado ‘comunitarista’ (la socialización de los medios de producción, el fin de la herencia, etcétera); más bien sería un movimiento individualista. Como si el proceso de secularización y de modernización del individualismo liberal llevara por fin a la extinción de la familia. Sería la culminación del individualismo liberal, lo último que acabaría por demoler: la familia como comunidad. En realidad todo eso en Correa Funes es más vivencial, menos teórico, porque él amanece con esa disyuntiva después de la muerte de sus dos hijas: ¿qué hago, rehago mi vida con una nueva familia, busco tener ‘hijos sanos’ (tras la desgracia familiar, la muerte de las dos hijas) o, como pretendido filósofo y activista, destruyo la familia?", comenta Ferreyra.

"No había otra forma de escribir que ésta: someter el tiempo al imperio de la conciencia", anota Correa Funes. Sobre todo en las últimas novelas, Ferreyra utiliza un procedimiento particular: la narración avanza como fragmentos de un diario desordenado. Los capítulos están fechados pero no de manera lineal; pueden saltar aleatoriamente de marzo de 2004 a enero de 1925, de julio de 1941 a diciembre de 2006, e incluso llegar a diciembre de 2106. "La escritura misma (y también la lectura) me hizo sentir que la literatura era tiempo. Romper la cronología para mostrar los desengaños permanentes con la realidad. Me gusta que la novela sea como un rompecabezas que se termina de armar en el escritor cuando escribe la última frase y en el lector cuando lee la última línea."

Ferreyra admite que el arco de su obra parece haber cubierto una distancia que lo llevó de Kafka a Flaubert. Aquel realismo alucinado y alegórico de El amparo (1994) o El desamparo (1998) –sus dos primeras novelas– fue virando e hizo una torsión importante con El director (2005) y la tetralogía iniciada con Piquito de oro (2009). La familia no encuentra muchos antecedentes en la literatura argentina. "La novela argentina se erige en rechazo a las sagas decimonónicas", acota. Es curioso. Siendo la Argentina un país de familias patricias, de apellidos, y además propenso a defender el discurso y los ritos familiares, salvo algunas notables excepciones –los Vidal Olmos de Sabato, los parientes y vecinos del Coronel Vallejos de Puig–, la novela argentina no ha hecho de la familia una tradición literaria.

"Mientras haya familias, el individuo es una hipótesis más o menos a confirmar", afirma provocativamente Correa Funes. Después de cuatro años de un fatigoso silencio editorial, Gustavo Ferreyra ha publicado posiblemente uno de los libros del año, tan original como toda su obra, tan poderoso como un cañón antitanque o como la lenta combustión de los recuerdos familiares.

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