
Una historia contada desde bastidores
Para ofrecer un panorama de la escena contemporánea, Olga Cosentino y Pablo Zunino han recurrido en Teatro del siglo XX (Paidós) al relato, en cierto modo mítico, que actores, directores y productores de espectáculos hacen de sus vocaciones y trabajos
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Cuando el cronista logra finalmente dejar de ser interrogado por sus futuros entrevistados, han transcurrido unos veinte minutos desde su llegada. Es que, así como no hay peor paciente que un médico ni alumno más indócil que un maestro de toda la vida, lo difícil de entrevistar a otro periodista es lograr que, por una vez, se ponga del otro lado del micrófono. Imagine el lector esa dificultad multiplicada por dos. Por suerte, Olga Cosentino y Pablo Zunino son críticos de teatro, gente acostumbrada a prestar atención para luego producir una opinión, un relato, una crónica. Así es que, terminado el buen café de la dueña de casa, el reflejo profesional de preguntar va dando paso a las razones que estos dos especialistas volcaron en su reciente libro Teatro del siglo XX. El cansancio de las leyendas , una síntesis de las tendencias, autores y hechos más relevantes del teatro a lo largo del siglo veinte, publicada por Paidós en la colección Postales que dirige Marcos Mayer.
Tres marcas definen la actitud con la cual Cosentino y Zunino abordaron la tarea de condensar una historia que debía ser tratada en el huidizo tono de una divulgación. Ante todo el señalamiento, desde el título, del carácter "legendario" -más allá de lo históricamente comprobable- de la tradición del teatro, un género fugaz e irrepetible, más tributario del instante que otras artes. En segundo lugar, la decisión de encarar ese recorrido no desde una posición teórica sino desde la crónica periodística: con un oído atento a los aspectos estéticos del hecho teatral y el otro a los susurros y cuchicheos que se pierden en los pasillos y los camarines de los teatros y abundan en el foyer , durante la tensa espera de los estrenos. Por último -más una fatalidad que una decisión-, la inevitable huella de ensayar un análisis desde la Argentina.
Según Zunino, "el estatuto de lo legendario surgió del ejercicio mismo de nuestra profesión, sobre todo, de las entrevistas que sirven de anticipo a los estrenos. Es notable cómo actores y directores tienden a trazar una leyenda para exponer sus razones: de dónde vienen, cómo se formaron, cuál es la filiación de la obra que se estrena. Creo que ahí está el origen de una decisión que, por otra parte, nos ofreció un atajo para zafar del mandato imposible de la exhaustividad y también para eludir un tratamiento semiológico del tema, que hubiera sido otra línea de trabajo posible. En principio, porque no nos sentíamos capacitados para eso y además porque le tememos a ese tipo de análisis. No queríamos encajonar lo teatral en un esquema de categorías en el cual uno debe hacer entrar todo. Además, reivindicábamos cierto placer en la escritura, un registro más narrativo que aparecía al dar cabida a lo que se recoge en esa actividad periodística de fajina y que se suele omitir en un análisis estrictamente teórico".
Para Cosentino, "la semiología y otros enfoques de rigor científico son obviamente valiosos pero dejan fuera un segundo plano del quehacer teatral que está hecho de intuiciones, prejuicios, relaciones interpersonales; una masa de hechos y presunciones a veces un poco precaria o promiscua pero que enriquece mucho el hecho teatral en sí. El teatro está siempre contaminado de esa otra dimensión que escapa a cualquier codificación. Por ejemplo, esto de que alguien esgrima, en general legítimamente, como derecho para categorizar lo que hace, un origen: pertenecer a una familia de artistas, haber participado en la lucha política de una época, haberse formado con algún maestro, ser vocero de la comunidad, haber conocido a figuras del pasado como Margarita Xirgu... Todo eso conforma una suerte de prestigio que desde el punto de vista académico no tiene relevancia pero que ejerce una incidencia considerable en los resultados estéticos. Esas cuestiones, imposibles de contener en un análisis teórico, son las que hemos considerado como el aspecto legendario de lo teatral. Al hablar de ellas como leyendas, no les estamos restando importancia ni legitimidad: son relatos legítimos de la tradición teatral".
Además de periodista en revistas como Redacción y Noticias y en las páginas de espectáculos de La Nación , Zunino fue asesor artístico de Carlos Rottemberg en sus dos teatros. De esta última experiencia, rescata el haber entrado en contacto con otras visiones del oficio: "En mi relación con los técnicos y el personal de sala del teatro, descubrí lo que es vivir adentro de una mitología, de una leyenda. Son realmente interesantes las teorías que ellos tienen de por qué algo tiene éxito o fracasa. Por otro lado, hay otra marca de estilo que proviene de mi trabajo como psicoanalista: podría decirse que el relato de cualquier sujeto neurótico también apela al registro mítico o legendario. Y, en ese mismo sentido, me marcó mucho un libro de Elisabeth Rudinesco, quien cuenta la historia del psicoanálisis en Francia de una manera igualmente legendaria".
Cosentino, de larga trayectoria como crítica e investigadora del género en la revista del Teatro San Martín y los diarios Página/12 y Clarín , señala: "Un rasgo típico del teatro, menos crucial en otras esferas de la actividad humana, es lo inmanejable de los resultados de cada emprendimiento. El mejor ejemplo es Teatro Abierto: surgió como la respuesta de algunos autores al comentario que circuló por entonces de que no se hacía teatro nacional por falta de autores locales y terminó convirtiéndose en un espacio de resistencia, contestatario de la dictadura militar y cuyos alcances todavía no se han evaluado en toda su dimensión".
"Por otro lado", agrega Cosentino, "nos motivó a hacer este libro el lugar algo incierto en que está hoy situada la crítica. Esta actividad nace en tiempos de la Ilustración, cuando surgen el liberalismo y un mercado al que hay que orientar en su consumo. Pero, en los últimos tiempos, esa función está totalmente desvirtuada. Es que, así como el liberalismo filosófico hoy se ha transformado en el poder omnímodo de las grandes corporaciones, el crítico ya no es quien mueve a la gente a acudir a tal o cual espectáculo ya que mucho más poderosas que sus recomendaciones son las campañas de prensa y publicidad de ciertos espectáculos o el carácter mediático de algunas estrellas. Escribir este libro fue un intento de encontrar ciertas fisuras de nuestra actividad a través de las cuales fuera posible decir algo que verdaderamente tuviera algún interés. Primero, para nosotros mismos y, en segunda instancia, para quien lo reciba".
Zunino dice que el contenido más frecuente de las "leyendas" sirvió también para organizar el sumario de este libro: "Los métodos de actuación, los géneros más frecuentados, las corrientes más prestigiosas son los temas en que suelen insistir las leyendas de la gente de teatro y ésos fueron entonces los ejes sobre los cuales se estructuró el libro. Tratamos de no caer ni en los sobreentendidos ni en la jerga porque no quisimos olvidarnos de que este libro no está dirigido a especialistas. Aunque, desde luego, esperamos que no los excluya y pueda ser también de utilidad para la gente del medio teatral".
Ambos autores coinciden en que la marca de argentinidad del libro es relativa. Zunino lo explica con claridad: "En Buenos Aires o en Nueva York, el teatro es una actividad artesanal, una bella y loca empresa cuyos dudosos beneficios materiales siempre estarán por debajo del esfuerzo invertido. Desde esta perspectiva, podría decirse que todo teatro está siempre en los márgenes".



