
Una historia de ideas escrita con sangre
La vida del gran editor Giangiacomo Feltrinelli resume de un modo trágico y ejemplar los efectos que el espejismo de la Revolución produjo en los intelectuales de los años 60 y 70. En Senior service , Carlo Feltrinelli, hijo de Giangiacomo, cuenta la existencia contradictoria de su padre, un hombre riquísimo y refinado, integrante de la alta sociedad italiana, que se convirtió en un terrorista de izquierda. Murió cuando le explotó una bomba con la que planeaba dejar sin electricidad a medio Milán.
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LA muerte de su padre, hace veintisiete años, está ligada a una torre de alta tensión en Segrate, cerca de Milán, Italia. Ahora, por fin, se cierra una historia. "Será una locura, pero algún día tenía que escribirla. No querría hablar públicamente de ella, pues ahora ya todo está ahí adentro", dice Carlo Feltrinelli señalando el libro. En la portada, sobre un fondo negro, aparece su familia: en primer plano, la mirada de Giangiacomo (el editor, el terrorista, la víctima de sí mismo), lejanía y destino fijados para siempre en la foto de Ugo Mulis. La casa es la misma de entonces: mármoles de la alta burguesía de Milán, patrimonio sólido, exactitud de líneas y espacios, sin adornos superficiales.
Carlo fuma en penumbra, de sobremesa. Hoy tiene treinta y siete años y ahoga sus emociones: "El padre es el padre, yo soy el hijo". Escribir todo le llevó siete años. Halló papeles, apuntes, cartas inéditas -de Pasternak, de Togliatti- y los despachos rabiosos de Moscú y de la KGB en los días en que se publicaba el Doctor Zhivago . Reconstruyó la ruptura con el Partido Comunista Italiano de Longo y Alicata, los viajes a Cuba para ver a Fidel Castro, las efímeras pasiones guerrilleras paternas, desde los Tupamaros y el Frente de Liberación Nacional argelino, hasta los feddayn de Arafat y la Bolivia del "Che", incluida la implicación directa de Feltrinelli en el asesinato del cónsul boliviano Quintanilla en 1971. El hijo hurgó entre los informativos de los servicios secretos italianos acerca del "famoso millonario comunista" y los archivos de la CIA sobre "el agente castrista más activo de Europa".
Siguió las huellas de la memoria de toda una editorial, fundada en 1955, y de los autores que produjeron historia, cultura, escándalo, innovaciones. Todo a partir, no sólo de Doctor Zhivago sino también de una novela de rica tradición italiana, El gatopardo , para luego aventurarse en todos los mundos de la escritura, sin preocuparse en lo más mínimo por la tradición. También estaban las jornadas de diez horas de trabajo en el estudio amarillo cadmio, la amistad con el editor francés Gallimard y el alemán Rowohlt, con Henry Miller y Gabriel García Márquez; las estadías en París, Berlín y La Habana, donde Giangiacomo se sentía como en casa. Debía "publicar los libros necesarios", hacer "una pequeña revolución para luego ensayar una mayor, porque el mundo -sostenía- debe cambiar y cambiará".
El hijo indagó en algunas mañanas compartidas ("le gustaban el alba y el viento") en los bosques de Carintia, el mar de Niza y del Argentario, en Toscana, la navegación a vela en el Eskimosa entre los fiordos escandinavos. Yates y revoluciones. Cenas con los militantes de Sesto San Giovanni y veladas con los coetáneos de otras dinastías, Roberto Olivetti, Giovanni Agnelli, Leopoldo Pirelli, Giulio Maria Crespi.
En el libro se narran, además, los episodios de la compra por cuarenta mil marcos del epistolario Marx-Engels, las humosas reuniones tercermundistas, la ropa preferida, la comida, el dinero dado a los jornaleros en huelga, y los fines de semana con las elites cosmopolitas de Milán, que entonces descubrían las oficinas-estudio, el neocapitalismo y el equilibrio más avanzado. Se respiraba New Deal mientras se brindaba con copas de cristal que tintineaban en los cócteles de la Terraza Martini, después de los cuales todos terminaban en casa de Giangiacomo, en el sauna finlandés de su espléndida mansión de Villadeati, rodeada de parques, escalinatas, y cedros libaneses.
Y también indagó en algunas cartas firmadas "tu papi", enviadas desde la clandestinidad remota e ingenua entre 1970 y 1972, con el convencimiento de que querían atraparlo por la tragedia de Piazza Fontana, obsesionado por transformar a Cerdeña en la "Cuba del Mediterráneo" y por encauzar una "guerra popular de liberación". Con ese fin, proponía formar un "frente común" con las Brigadas Rojas de Renato Curcio, con Poder Obrero de Toni Negri, Piperno y Scalzone e, inclusive, con el grupo Lucha Continua. Le escribió a su hijo: "El regalo más bello que puedo hacerte es luchar por un mundo mejor".
"He incluido absolutamente todo", afirma Carlo Feltrinelli, con gestos gentiles aunque terminantes, los mismos que pululan en esta biografía dedicada a un hombre jamás comprendido verdaderamente -amado, odiado, escarnecido, contado en infinitas crónicas comunes al estilo "Giangi el millonario", de bigotes a la cubana, hombre de cuatro mujeres, con su Citro‘n negro conducido a una velocidad irracional-, el mismo que, consumiéndose, quemaba. De ahí quizás la extravagancia del título del libro, Senior Service , una marca de cigarillos de otros tiempos, cuyo paquete (navío blanco en la nada) Carlo recuerda entre las manos de su padre.
La nada dolorosa y común a todos los destinos -se tenga o no se tenga una editorial, se hayan o no recorrido miles de quilómetros en el mundo, y se haya o no creado una Fundación del Movimiento Obrero, con trescientos mil títulos archivados-. Nada que se vuelve ausencia y también añoranza, cuando el punto de vista es el del hijo, quien, desde la penumbra, se sobresalta si se le dice que habrá comenzado a escribir como hijo, pero ha terminado por hacerlo como padre. Carlo Feltrinelli se pone de pie, reflexiona, camina. Tenía diez años cuando Milán (no todavía la Historia) enterró a su padre: ocho mil personas delante del Cementerio Monumental, las solapas levantadas, banderas rojas, fuerzas del orden y helicópteros de la seguridad pública en el cielo gris, tinta que exclamaba en los diarios. Giangiacomo Feltrinelli, el "compañero Osvaldo", el partisano, murió el 14 de marzo de 1972 en la clandestinidad, con campera y en soledad, en la torre de alta tensión, cebo defectuoso de una Revolución pensada hasta el equívoco extremo, hasta la simplificación extrema (y en consecuencia, mortal) de un interruptor encendido/apagado.
La suya fue una muerte realmente simbólica. Heredero de una de las familias más ricas de Italia -bancos, mansiones, bosques en media Europa, recursos hídricos y también eléctricos-, obsesionado por el golpe inminente, el mito de la acción y la vocación de riesgo, soñó, a los cuarenta y cinco años, cortar la corriente eléctrica de la mitad de Milán con un puñado de explosivos.
La suya fue una muerte incomprensible, a menos que se tenga en cuenta la realidad de Italia en esos años cruciales: la posguerra todavía inconclusa, o más bien congelada por la guerra fría; la Resistencia militarizada de los hijos que se exigen honrar los recuerdos de sus padres para apropiárselos; el milagro económico que multiplica las industrias que, sin embargo, introducen la agonía posFord; las luchas sindicales, la rabia obrera, la aventura de los estudiantes. Después, por cierto, están los golpes, intentados realmente, la ingerencia atlántica, la fuerza y la debilidad de la Democracia Cristiana que coincide con el Estado y sus sombras, la estrategia de la tensión, las tramas secretas, las bombas. Y luego el Partido comunista, asentado en la hermandad soviética, con el veto norteamericano, el mismo Partido que no se conmueve demasiado por los tanques de Hungría ni por los gulags perpetuos, ni tampoco por la primavera de Praga. Y finalmente el nacimiento, para nada subterráneo, de un brazo leninista del Partido, que se nutre de mitos y de impaciencia, que simplifica la complejidad de lo nuevo, mientras intercambia la subversión contra el Estado y contra el revisionismo traidor (congénito en Italia), por una Revolución que no será jamás verdadera sino para sus víctimas.
En esta trama se anuda el equívoco privado -y por lo tanto, la historia pública también- de Giangiacomo Feltrinelli, con el agregado para nada ornamental de su carácter difícil y huraño, de su infancia infeliz, del probable suicidio de su padre, la figura de la madre, Giannalisa, con el memorable monóculo que fijaba su helada emotividad, la madre que lo confinó en la soledad en la inmensa villa de Gargnano, a orillas del lago Garda, la misma en la que Mussolini transcurriría más tarde los días de la República de Saló. Giangiacomo creció rodeado de niñeras e institutrices suizas, pero también de campesinos y peones empleados en la propiedad, a quienes recordaría en su sincera y conmovedora autobiografía, enviada al Partido Comunista Italiano en 1950, en la que escribió: "y así, por primera vez, conocí ese otro mundo que no era el mundo dorado en que vivía".
Y por ello fue rebelde, apenas se le presentó la primera ocasión, en 1944: actuó en los últimos momentos de la Resistencia y se afilió al PCI. Fue coetáneo y amigo de Cossutta, admirador de Pietro Secchia, Giulio Seniga y Alberganti, los duros del partido, y de Giovanni Pesce, el partisano de Sin tregua. Pero condujo simultáneamente una vida dorada, al volante de su Buick descapotable, con el privilegio de hospedar a Togliatti en su casa de San Babila, con el encargo de fundar una editorial para el partido y con el coraje para luego desobedecer, creando realmente algo propio. Desde 1958, ya sin credencial del Partido, es sometido a infinitos procesos secretos (y ahora develados), incluida la opinión de Moscú sobre Pasternak, "un cerdo que traga hasta el recipiente de su comida" y sobre el Doctor Zhivago , "un panfleto antisoviético", o bien, el informe interno de Rossana Rossanda, militante del Partido: "Ni bien reseñado por los periódicos, el libro ya se agotó en las librerías. Sólo nos queda decirle a Feltrinelli, como ya lo he hecho yo misma y quizás otros, que esta vez ha exagerado".
Exagera realmente Giangiacomo Feltrinelli y experimenta con una editorial completamente nueva, cosmopolita, ecléctica, incluso llena de errores y de cosas inútiles, como la mercadería revolucionaria de la vanguardia alemana y la neovanguardia italiana. Pero por otra parte, también publica Hermanos de Italia de Alberto Arbasino, El tambor de hojalata de Günter Grass, el Capricho italiano de Edoardo Sanguineti y Homo Faber de Max Frisch. Edita el noveau roman y la novela latinoamericana, Fuentes, Vargas Llosa y Cien años de soledad de García Márquez.
Juega al basquetbol con Fidel Castro, publica su propia Autobiografía , bebe con Jack Kerouac y James Baldwin, se encuentra con Nabokov y con Karen Blixen. A las oficinas de Via Andegari llegan de las provincias los hombres más ingeniosos del campo editorial: Giampiero Brega, Valerio Riva, Enrico Filippini, Mario Spagnol, Giampaolo Dossena, el gráfico Albe Steiner, y más tarde Bassani, Oreste del Buono y Nanni Balestrini. Giangiacomo compra derechos de autor y viaja. Anna del Bo Boffino, la mujer del historiador que dirigió la Fundación Feltrinelli, explica: "Nosotros teníamos los sueños, él los realizaba y todo parecía maravilloso". Era inconstante, o como dice Giorgio Bocca, "uno que de repente no te saludaba", sospechando siempre que se le acercaban por su dinero, devorado por el ansia de hacer, deshacer, demostrar. Y al final era demasiado de todo, demasiado contradictorio, demasiado politizado. Provocador hasta el punto de hacerse fotografiar para Vogue envuelto en un abrigo de piel preciosa y con un colbac ruso y después fundar los grupos de acción partisana, con no más de seis o siete militantes, dos de los cuales, cuando lo ven saltar por el aire, temen tocarlo, abandonan todo, incluso la camioneta Volkswagen y, por la noche, escapan a pie hacia Milán.
Claro está que a Carlo Feltrinelli le quedan todavía otros recuerdos definitivos, incluido el del último encuentro con su padre en Engadina. Giangiacomo se había convertido en un fugitivo desde hacía dos años, no tenía identidad ni bigotes, estaba delgado, mal vestido, enfermo. Entonces Carlo escuchó la frase que se le escapó a su madre: "He´s lost" ("Está perdido"). "Estoy convencido -dice Carlo, volviendo a su sillón- de que en aquellos últimos días mi padre quería salvarse, pero no renunció al atentado." Quizás ahora la historia pueda cerrarse y le tocaba a él, al hijo, hacerlo, ahora cuando, a su vez, es padre. Ahora cuando la editorial, la vida y la nostalgia continúan y, sobre la nada de los cigarillos Senior Service, está todavía el navío blanco.
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