
Una lengua irreductible
Por Sandro Barrella Para LA NACION
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<b> Los Estados Unidos, y después. <br></br> Poesía selecta <br></br> 1939-1973 <br></br> Por W. H. Auden </b>
Cuando en 1939 el poeta inglés W. H. Auden (1907-1973) se embarcó en el transatlántico francés Champlain rumbo a Estados Unidos y abandonó su país natal, se encontraba sumergido en una profunda crisis personal que desembocaría, años después, en su conversión religiosa. Para el poeta, una de las voces clave de su generación, dejar el continente europeo en vísperas de la guerra significó cargar sobre sus espaldas la amonestación de buena parte de la intelectualidad inglesa. Otro tanto, aunque por razones inversas, le ocurriría al apartarse de sus posturas políticas cercanas a la izquierda, decepcionado por lo que había visto en España durante la Guerra Civil. Más allá del flirteo que en su juventud tuvo con el marxismo o del interés que por la misma época le despertó la teoría freudiana, Auden siempre mantuvo su poesía a prudente distancia de los efectos que podía ejercer sobre ella un sistema de creencias. Vale decir que, a ambos lados del Atlántico, mantuvo inalterable aquello que resumió en una entrevista: "Un poeta, como poeta, tiene una sola obligación política, y es que su propia escritura dé un ejemplo del uso correcto de su lengua materna, que siempre está siendo corrompida".
La poesía de Auden hace equilibrio entre cronos social y mundo privado. Poemas como "Homenaje a Clío", "El escudo de Aquiles" o "Monumento recordatorio para la ciudad" evidencian este movimiento pendular en el que el destino individual se ve arrasado por el acontecer histórico. El aspecto sombrío que adquiere el mundo después de la experiencia de la Segunda Guerra Mundial y los campos de exterminio aparece en estos textos en mayor o menor medida, ya de manera explícita ("entre las ruinas de la Ciudad Posvirgiliana,/ donde nuestro pasado es un caos de tumbas y el alambre de/ púas se extiende/ hacia nuestro futuro hasta perderse de vista"), o, implícita, como en "El escudo..." poema en el que la diosa Tetis mira cómo Hefestos fabrica las armas para su hijo Aquiles, donde el poeta establece un contrapunto entre el mundo antiguo y el siglo que le toca vivir, aunque la distancia entre ambos se reduce hasta volverse un tiempo único. De cualquier modo, hablar de "temas" sería en el caso de Auden simplificar la perspectiva de su obra. Se ha dicho que con el tiempo su poesía se volvió menos oscura. Esto podría verse, alternativamente, como virtud o defecto. Sin embargo, poemas como "En homenaje a la piedra caliza", "Bucólicos", "Horae canonicae" o "En memoria de Sigmund Freud" pueden contarse entre los mejores de su obra. Por otra parte, y a pesar de haber cambiado el modo de escribir a lo largo de su vida, supo mantener un núcleo irreductible en su poesía. En Auden, el yo poético nunca cede a la autoexpresión, aun cuando él participe del "motivo" del poema (como "La vida en común", dedicado a Chester Kallman, su compañero de toda la vida). Cuando en sus versos aparece la primera persona, lo pertinente será escucharla como una voz universal dirigida a un interlocutor ideal. A su vez, evidencia una mirada clínica sobre el mundo y las cosas que, unida a su sentido del humor y el uso que hace de la ironía, pone al descubierto el trabajo del poeta sobre la emoción. En ese sentido, protege a su poesía de los efectos no deseados del yo lírico. Es posible atestiguar esto en "Lo primero, primero", un bellísimo poema de 1957 en el que una tormenta, con sus estruendos y sus leves sonidos, crea en la duermevela del yo poético, la posibilidad de una lengua amorosa que evoque la figura del amado. El poema avanza en una atmósfera de encantamiento por las palabras que pudo suscitar. Hacia el final, el encantamiento se quiebra, la conciencia de la inmediatez asalta al yo, que, sin desmentir a la tormenta en su capacidad para cifrar una lengua amorosa, establece una lógica que apunta a otra dimensión de lo real: "Agradecido, dormí hasta una mañana que no quiso decir/ cuánto creía de lo que yo decía que había dicho la tormenta,/ pero que muy tranquilamente me llamó la atención a lo sucedido/ -tantos metros cúbicos más en mi cisterna/ contra un verano leonino-, poniendo lo primero, primero:/ miles han vivido sin amor, pero nadie sin agua."
La presente antología bilingüe completa un trabajo que Rolando Costa Picazo publicó quince años atrás. Aquel libro -agotado hace tiempo- se ocupaba de la primera etapa creativa del poeta y concluía con el poema "Septiembre 1°, 1939". Este volumen recoge, en cambio, una amplia selección de la producción del poeta desde su llegada a Estados Unidos hasta su muerte, en 1973. Cabe destacar que no se trata de una mera recopilación. Con un excelente prólogo, versiones que el lector sabrá agradecer y un aparato de notas en el que se glosa cada poema con comentarios siempre interesantes, esta Poesía selecta constituye un verdadero trabajo crítico.
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