Una librería con valor histórico
El gobierno porteño declaró patrimonio histórico la Librería del Colegio, en Alsina y Bolívar
1 minuto de lectura'
El gobierno porteño declaró de interés cultural y patrimonio histórico de la ciudad la Librería del Colegio, en Alsina y Bolívar, que actualmente se llama Librería de Avila y cuya historia se enlaza con los orígenes del país.
Sus salones fueron sitios de reunión para ilustres personalidades de nuestra historia política y cultural, desde Mitre, Sarmiento y Avellaneda hasta, en tiempos más recientes, Victoria Ocampo, Borges y Bioy Casares.
La extensa trayectoria de la Librería del Colegio, vecina al Nacional de Buenos Aires, se remonta a 1785, cuando un lugar conocido como La Botica se constituyó en el primero que comercializó libros en Buenos Aires. Es muy posible que también haya sido pionero en el rubro en América latina.
Las inquietudes bibliófilas de los pobladores de la Colonia se satisfacían en la esquina de las actuales calles Alsina y Bolívar _barrio de Monserrat, ahora, ex Catedral al Sur_, primer edificio de altos de la ciudad. Aún está allí, en una supervivencia de ubicación que no ostenta ningún otro comercio de la ciudad.
Llegados desde Europa o del Alto Perú, los textos iban a parar a esa venta , en un heterogéneo expendio que incluía comestibles, ropa, aguardiente, naipes y tabaco. La variedad de la oferta dio origen a la frase "De todo como en botica". Hoy podría decirse "de todo como en el shopping", en donde también se venden libros.
Pero hacia 1830 ya se había consolidado la que sería su actividad específica, con el nombre de Librería del Colegio, tomado primero del de San Carlos, y luego del Nacional de Buenos Aires, situado en la vereda de enfrente. El establecimiento influía en no pocas denominaciones: Alsina era la calle Universidad, pero todos le decían la calle del Colegio. Igual se llamaba a la peluquería Italia, de un tal Vitalunga.
Visitantes notables
La librería se convirtió en sitio de reunión y de memorables polémicas de conspicuas figuras, como Marcos Sastre, Aristóbulo del Valle, Sarmiento, Alberdi, el perito Moreno, Mitre, Rafael Obligado, Santiago de Estrada o Nicolás Avellaneda. De tiempos más cercanos, Lugones, Arlt, Girondo, Victoria Ocampo, Jauretche, Sabato, Borges o Bioy Casares.
En 1939, el local fue adquirido por la Editorial Sudamericana, que lo explotó comercialmente durante 18 años, hasta que en 1967 lo vendió a una cooperativa de ex empleados de la librería, que privilegiaron la venta de libros de enseñanza por sobre la de obras de ficción.
La declinación, paulatina pero imparable, comenzó a mediados de la década del 80. En 1989 la cooperativa resignó la continuidad del negocio, y la Librería del Colegio cerró sus puertas con el sonido inequívoco de que nadie volvería al día siguiente a reabrirla. Y así quedó, durante siete años.
La recuperación
Una noche de 1993, Miguel Avila -que tenía experiencia en el oficio, como ex dueño de la librería Fray Mocho- se detuvo a mirar la vetusta construcción, cuya planta baja lucía inactiva y abandonada, después de más de 200 años.
Avila comparó ese significativo antecedente con un dato que ya empezaba a circular en el ambiente librero:que la esquina tenía un seguro destino de fast food. ¿Por qué no evitarlo? se preguntó.
Alquiló el local al Arzobispado, propietario del edificio, y se encontró con una ardua tarea, porque, cuenta, "eso era un nido de ratas y de suciedad, con todas sus ventanas destrozadas y rajaduras en la mampostería. Hasta tuvimos que desalojar a un linyera".
Para la reparación y la recuperación del tono colonial hubo que contar con el asesoramiento de arquitectos y escenógrafos. Los trabajos demandaron casi un año, hasta septiembre de 1994, cuando al fin pudo reflotar la histórica librería, rebautizándola De Avila. "Hay gente en Buenos Aires que va a necesitar este tipo de lugares", había razonado el librero, con una estimación en la que simultáneamente confluían el pasado, el presente y el futuro.
Entre títulos nuevos y usados (estos últimos merecen el párrafo que detallamos luego), hay allí ahora casi 100.000 ejemplares, con algunas "especialidades", como tango, folklore, indigenismo, Buenos Aires e historia argentina y americana.
Desde no hace mucho, en el subsuelo funciona una sala de conferencias, con capacidad para 150 personas, que los miércoles de cada mes se reúnen allí para escuchar charlas sobre temas de literatura universal. En ese ámbito se encuentran, además, los libros usados. El calificativo es común al de volúmenes ofrecidos en una feria callejera. El contenido y el valor de éstos difieren.
Veamos algunos ejemplos: una primera edición de la "Historia de San Martín", de Mitre, y otra de 1729 de "Las tres musas castellanas", escrita por Francisco de Quevedo; "Las obras morales", de Plutarco (editado en París, en 1584), o "La historia de las comunidades de Castilla", de Ferrer del Río (Madrid, 1850).
Permanecer unos minutos en el sereno ambiente de la Librería de Avila, entre anaqueles y estantes -que también exhiben artesanías y objetos de la Colonia- implica algo más que sustraerse del tráfago cotidiano: acercarse a la memoria colectiva, como ocurre también en sus vecinos, el Cabildo, la Manzana de las Luces o la catedral.



