
Una mirada a los artistas que se animaron a ser modernos
Se exhiben 90 obras de los pintores más renovadores de la generación del 80
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El ventanal montado como una vidriera iluminada recrea una de esas pinturerías o negocios de ramos generales de la calle Florida, el ámbito donde a fines del siglo XIX se exhibían y comercializaban las obras de arte. Entonces, hubo veces en que la aglomeración de gente, ante un lienzo como La guerra al malón, de Della Valle, era tal que impedía el tránsito.
Algo similar sucedió anoche durante la inauguración en el Museo Nacional de Bellas Artes de "Los primeros modernos", la potente muestra curada por Laura Malosetti Costa, que podrá visitarse hasta el 20 de agosto y que ahonda en el punto de partida de la plástica nacional, enhebrando 90 obras ejecutadas por los artistas de la generación del 80 a lo largo de tres décadas (1880-1910).
Fue contra el afán de "esclavizar el gusto y esterilizar el genio" que precursores como Sívori, Schiaffino y De la Cárcova, entre otros, crearon la Sociedad Estímulo de Bellas Artes, el trampolín al progreso del arte nacional que alentó el aprendizaje plástico en Roma y en París de los artistas y su inserción en la escena internacional.
Con una sucesión hipnótica de obras de incuestionable pedigrí, la muestra se presenta en cinco núcleos temáticos. "Academias y maestros" despliega, a partir de numerosos bocetos, dibujos y apuntes, el frenético aprendizaje que emprendieron los artistas aventurados en Europa.
Los desnudos con escorzos, la testa de niños y mujeres, las manos y los pies despellejados en primer plano o el primer ferrocarril atravesando La Pampa delatan la mano ávida de ejercitación de los discípulos, junto con el trazo firme de los maestros guía, como Jean-Paul Laurens para Sívori y María Obligado; Pierre Puvis de Chavannes para Schiaffino, y León Bonnat para Graciano Mendilaharzu.
Pero enseguida asoma un conjunto de obras deslumbrantes, algunas acompañadas por sus bocetos originales. Se trata de una seguidilla sin tregua para la mirada que coloca en hilera El despertar de la criada y La muerte de un paisano, de Sívori; el hipnótico desnudo azulado titulado Reposo, de Schiaffino, y Angustia, de María Obligado de Soto y Calvo.
Clásicos polémicos
El conjunto agrupa los lienzos aceptados y exhibidos en el consagratorio Salón de París, del cual Sívori fue su más conspicuo "inquilino". Aunque no por ello se libró de la aversión con la que el grueso de los críticos evaluaron en 1887 a su "sirvienta mugrienta", de "juanetes abultados, callos geológicos y uñas amarillentas", para referirse a El despertar... como el epítome de la imagen "demasiado realista", "colmo del naturalismo". "El arte no consigue aquí vencer la repulsión que inspira lo grosero", remataron voces "autorizadas" en Buenos Aires. Pero los reproches fueron acallados por un grueso libro -presente en la muestra- con firmas de artistas y hombres de letras que defendieron la obra y le dieron la bienvenida a una modernidad que se abría paso a los codazos.
Caja de resonancia para la producción nacional, el Salón Anual del Ateneo, apoyado por Rubén Darío y los intelectuales vernáculos, como amplificadores de cuanto se debatía allí, fue luego, por cuatro años, el motor promocional de los artistas locales. Y es en ese núcleo donde se exhiben otros sucesos plásticos como Sin pan y sin trabajo, de De la Cárcova; Corsario La Argentina, de Malharro; la copia más pequeña de La guerra al malón, de Della Valle, y el sensual Después del baño, de Schiaffino. Un lugar destacado ocupa la histórica Muerte de Pizarro, "narrada" por Mendilaharzu, el artista maldito que se suicidó en el psiquiátrico donde estaba internado.
Las dos últimas secciones corresponden a desnudos naturalistas o simbolistas, y a ejemplos curiosos en la faena de esa camada fundacional que integraron también Caraffa, Ballerini y Rodríguez Etchart.
Malosetti Costa apunta que fue precisamente la temática del desnudo "el campo de batalla privilegiado para las audacias y la experimentación modernistas", además de resultar "un asunto inquietante para la opinión pública y hasta irritante desde el punto de vista del buen gusto y la moral". Y ahí sí, sólo los ojos del siglo XIX pueden justificar la polémica.



