
Una nostalgia póstuma
La reunión en Presencia de seis cuentos, nunca antes publicados en libro, permite descubrir la intimidad del gran dramaturgo norteamericano Arthur Miller
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<b> Presencia <br></br> Por Arthur Miller <br></br></b>
"Siento que conozco a Chejov mejor a través de sus cuentos que a través de sus piezas", confesó alguna vez Arthur Miller. Algo parecido podría decirse de él al cabo de la lectura de los seis relatos incluidos en Presencia, escritos en los últimos años de su vida y conocidos en publicaciones como The New Yorker, Esquire o Harper’s. Y no tanto porque en ellos puedan percibirse elementos autobiográficos, que los hay, sino porque estas narraciones apacibles y meditativas, alejadas de los grandes temas de sus dramas sociales y centradas en situaciones más modestas, echan luz sobre su yo más íntimo, sobre su estado de ánimo en los años altos y lo muestran no ya como la voz crítica y de férreas convicciones que denunciaba males humanos y sociales, sino como un creador que con el tiempo se ha vuelto más sereno y comprensivo y ha ganado alguna forma de sabiduría.
La nostalgia es aquí el sentimiento dominante, pero en la prosa tersa y precisa del autor se cuelan también dudas, vacilaciones y eternos interrogantes sobre los misterios del ser humano. De estas páginas emana asimismo cierta intención de hacer las paces consigo mismo y con el mundo.
Las "pequeñas construcciones" (él equiparaba los cuentos a los bungalows en el mundo de la arquitectura) operan como disparadores de sus reflexiones y muestran un Miller distinto. Son relatos introspectivos, de tono manso y melancólico. El estilo es simple, pero no las historias, cuyo espesor se descubre a medida que avanza la lectura. Incluso lo hay en la más sencilla, "Castores", donde en el empeño por liberar una laguna de los recién llegados roedores que amenazan su bosque, un hombre repara fascinado en el comportamiento de los animalitos, admira la tenacidad que aplican a una labor aparentemente innecesaria y no atina a comprender qué lógica los guía, si bien lo fascina esa secreta obstinación por persistir en el propósito.
Quizá porque los editores quisieron enhebrar estos relatos de manera que acompañaran las distintas etapas de una vida (apostando así por su carácter autobiográfico), el volumen se inicia con "Bulldog", la encantadora historia de un chico de 13 años que, tras leer un aviso en el diario, cruza medio Brooklyn para comprar un cachorrito y termina viviendo un inesperado despertar sexual, como consecuencia del cual experimentará un aún más inesperado cambio interior que lo aproximará a la vivencia del arte. "La función", narrado en primera persona, rememora la extraña confesión -recibida años atrás por el narrador- de un bailarín judío norteamericano que asegura haber despertado la admiración del mismísimo Hitler con sus habilidades para el tap. Es una historia improbable, mezcla de suspenso y comicidad, y sin embargo regida por cierta lógica insensata y a la vez inquietante.
"El manuscrito desnudo", donde se ha querido ver, justificadamente, la sombra de Marilyn Monroe, habla de un autor otrora exitoso que busca sobreponerse a su actual bloqueo expresivo escribiendo sobre el cuerpo de una mujer desnuda. Lo que evocan sus palabras, quizás el propio cuento sobre la pérdida del deseo que el lector tiene ante su vista, es la memoria de la sensualidad que alimentó en otro tiempo su felicidad matrimonial, hoy extinguida. Lo sigue el texto de mayor enjundia de la colección, "La destilería de trementina", casi una nouvelle cuyo narrador es un lector de Proust embarcado en la búsqueda de su propio tiempo perdido. Ante la ruina y la desolación que observa ahora en un rincón de Haití donde un norteamericano "loco de esperanza" proyectó en los años cincuenta su sueño de progreso, el personaje reflexiona con melancolía y algún desencanto sobre las ilusiones frustradas, las convicciones perdidas. Y al mismo tiempo que se muestra consciente de las limitaciones humanas y su mirada se tiñe de escepticismo, el admirable dramaturgo no deja de evidenciar su fascinación ante los espíritus animados por "ese invisible rayo de luz que los sacude en su potencia para imaginar algo nuevo".
El inmejorable cierre es "Presencia", donde un anciano, entre la meditación y la fantasía, evoca nostálgicamente su pasado ante el espectáculo del amor. La traducción, correcta, suele elegir voces españolas poco familiares para el lector local.
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