Una novela de cámara
LA BUENA GENTE Por Carlos Gorostiza-(Planeta)-192 páginas-($17)
1 minuto de lectura'
Cuando en 1976 publicó Los cuartos oscuros , Primer Premio Municipal de Narrativa, y tras la posterior aparición de Cuerpos presentes (1981), El Basural (1988) y Vuelan las palomas , Premio Planeta (1999), Carlos Gorostiza, uno de nuestros dramaturgos emblemáticos, demostró ser además un novelista notable. Las obras mencionadas no eran novelas armadas con abundancia de diálogos, como las de algunos autores de teatro en plan de narradores; tampoco lo es ésta que nos toca comentar. Gorostiza conoce muy bien las leyes del género y lo aborda con una prosa fluida, pulcra, rica en matices para la descripción de estados de ánimo, sensaciones y experiencias que recrea a través de un riguroso proceso creativo.
Como cierto tipo de teatro, como cierta música, podría decirse que La buena gente es una novela de cámara. El patetismo y la intensidad de la historia están referidos con sobriedad y sus protagonistas se mueven, aunque prácticamente inmóviles, en un ámbito de incertidumbres y silencios que se cargan de desasosegadas preguntas o descubrimientos esclarecedores.
Cecilia y Gustavo son un joven matrimonio que ha compartido sus vidas prácticamente desde la infancia. Ella fue recogida por la tía abuela Mamamaría pues su madre y su abuela fueron "desaparecidas" durante un allanamiento militar a su casa, donde se refugiaba una pareja de guerrilleros. Gustavo, hijo de una madre que ha vivido tratando de ocultar inexplicables congojas y de un padre ausente por motivos de trabajo, fue desde niño una suerte de confidente del tío abuelo Víctor, ex-cantor de tangos, pareja de Mamamaría y considerado también por Gustavo su verdadero abuelo.
La novela empieza cuando Cecilia y Gustavo, que decidieron ir a vivir a Puerto Madryn, regresan a Buenos Aires llamados con urgencia por el tío Víctor. Están ante la puerta del departamento de los abuelos y la puerta no se abre a pesar de los insistentes timbrazos. Allí, entre los dos, en ese breve espacio, se desarrolla toda la acción de la novela. Hemos dicho "acción", pero ésta no es más que el sucederse de los recuerdos de uno y de otro. Tanto Cecilia como Gustavo tratan de desenredar, poco a poco, los hilos de la madeja familiar, intentan develar esos aspectos secretos de la vida de los mayores que casi siempre hijos y nietos ignoran.
Siempre en clave de tono menor, sin énfasis ni violencias, el relato va del presente al pasado y regresa a la actualidad. Los protagonistas extraen, como si fueran fotografías o antiguas prendas olvidadas en el fondo de un ropero o un viejo baúl, lejanos sucesos que les ayudan a reconstruir su propia identidad. Aparecen evocados, en segundo plano, personajes como Evelina, la discreta y afectuosa institutriz; D´Aloisio, el director de la orquesta típica en la que cantó el abuelo Víctor, y otros seres y episodios reveladores, sobre un fondo costumbrista en el que, por supuesto, no faltan las alusiones a la barbarie de los años setenta y principios de los ochenta. Gustavo y Cecilia, sentados en el rellano de la escalera, respiran un aire ensombrecido, entrecruzan pasajes de sus vidas como si fueran fragmentos de un rompecabezas, se sienten deudos de la fatalidad, de las injusticias de los hombres y del tiempo, hasta que finalmente la puerta se abre hacia un conmovedor desenlace.
El logrado dibujo de los personajes, los certeros apuntes psicológicos y el sugestivo clima intimista de La buena gente contribuyen a situar al reconocido autor teatral que es Carlos Gorostiza, también, entre nuestros mejores novelistas.






