
Una prueba de fe de 240 kilómetros
El domingo partieron a pie desde Buenos Aires unos mil jóvenes; para hoy se espera una multitud de fieles de todo el país
1 minuto de lectura'
VILLA GENERAL SAVIO, Buenos Aires.- La fe realmente mueve montañas. Para confirmarlo basta con observar el grupo de mil peregrinos -la mayoría jóvenes- que desde el domingo último camina unos 50 kilómetros por día con un único fin: llegar a los pies de la Virgen en el Santuario de San Nicolás, y celebrar hoy 20 años desde aquel día en que la nicoleña Gladys Motta aseguró que la Virgen apareció ante ella con mensajes para toda la comunidad.
Se trata de la manifestación de fe religiosa que más se expandió en el país en los últimos años y para hoy se espera una multitud de peregrinos, de ciudades vecinas y remotas. El año último hubo más de 120.000 fieles.
La idea de la marcha que recorre a pie los 240 kilómetros que separan Buenos Aires de San Nicolás -un trayecto tres veces mayor a la que cubre la peregrinación a Luján- surgió en 1983. Entre los seis precursores se encontraban el cantante Raúl Porchetto, el ingeniero agrónomo Emilio Vernet y el arquitecto Raúl Flores. Hoy componen el grupo organizador 13 personas entre laicos, sacerdotes y directores de colegios.
Ultima parada
La peregrinación a pie partió el domingo a la mañana del Automóvil Club Argentino de Ingeniero Maschwitz, en el kilómetro 44 de la ruta 9.
Es un contingente de jóvenes cansados, mal vestidos, que renquean dando pasos cortos o apoyándose en bastones por un camino de tierra, paralelo a la ruta. Traen pañuelos en la cabeza para cubrirse del sol y muchos llevan las rodillas vendadas. Son alumnos de colegios privados porteños, como el Mallinckrodt, Las Cumbres, San Pablo, Los Robles, San Tarsicio y Santa Magdalena Sofía, junto con adolescentes que viven en La Cava, en una villa de José C. Paz, o pertenecen a la parroquia de Nuestra Señora de Itatí, de Virreyes.
Los peregrinos llegaron ayer al mediodía a Villa General Savio -en el kilómetro 218 de la ruta 9- última escala antes de San Nicolás, distante unos 30 km. En la plaza, unos diez matrimonios y familiares de estos chicos los reciben con sandwiches frescos y agua mineral. Son el grupo de apoyo que está presente en cada parada, al mediodía y a la noche.
"Estoy muerta, pero no voy aflojar; falta poco", dice una amiga a otra. Están acostadas en el césped, las piernas en alto, para mejorar la circulación sanguínea. ¿Por qué se embarcaron en este viaje exigido?
Los motivos son tantos, como chicos participan de la procesión. Para la mayoría ésta no es la primera vez. El testimonio de Tomás Bisceglia, de 20 años, alumno de 5° año en el San Tarsicio, conmueve: "Hace dos meses terminé mi tratamiento de rehabilitación por consumo de drogas. Esta es la tercera vez que vengo y lo hago para agradecerle a la Virgen el apoyo que me brindó. Además, quiero pedir por mi familia".
Bisceglia escuchó sobre la peregrinación a los pocos meses de empezar su tratamiento. "Yo era un negado de la fe. Criticaba a quienes rezaban y los consideraba fanáticos. Pero un día me enteré de que la Virgen de San Nicolás es la protectora de los adictos y quise venir. Le pedí a María que me ayudara a cambiar. Y me ayudó. Terminé el tratamiento, pude crecer en mi espiritualidad, empecé a hacerme cargo de mis problemas emocionales que tapaba con la droga y a reconocerme talentos que antes no veía."
Juan Tello, de 29 años, vive en La Cava. "Me habían robado todo lo que tenía y tuve la tentación de salir a robar. Estuve a un minuto de sacarle el dinero a una persona, pero la Virgen me frenó. Vengo a pedirle que me ayude a sacar a mi familia de La Cava", comentó.
Unión en la diversidad
Bisceglia y Tello destacan de la peregrinación que, a pesar de tratarse de un grupo muy diverso cultural y socialmente, se nota una unión fuerte. "Te une el objetivo común: llegar a los pies de la Virgen. Es un cable a tierra y un tiempo para dejar que hable el corazón", opinó Bisceglia.
"En estos cuatro días es algo loco y sano al mismo tiempo. Te encontrás personalmente con la Virgen y, a la vez, es una experiencia humana fuerte, al compartir el camino con personas que tienen una realidad muy diferente de la propia", explicó Alberto Olivero, director del San Tarsicio, quien hace siete años se embarca en este desafío.
Olivero se enteró hace ocho años de la peregrinación, por un par de alumnas que querían ir y se le acercaron para pedirle que el colegio no les computara las faltas.
"Las saqué corriendo. Me parecía un disparate. Ellas igual fueron. Les pusimos ausente, pero después volvieron tan contentas y su testimonio tuvo tanta repercusión en la comunidad educativa, que al año siguiente fui yo mismo a pispear de qué se trataba. Y ahora soy uno de los organizadores", dice, divertido.
Para varios peregrinos esta caminata ya es un hábito y un reflejo de la vida. "Te reís, llorás, o te enojás con el de al lado, que no te deja dormir a la noche. Tenés calor durante el día y frío a la tardecita", explicó Nicolás García Rebón.
Además están las rutinas. Cada día se levantan a las 5 de la mañana, los padres sirven el desayuno y parten a las 6. Se toman un descanso importante a la hora del almuerzo, donde rezan un rato y escuchan un testimonio de conversión o sanación física y espiritual. Luego retoman la marcha y, cuando cae la tarde, llegan a los gimnasios y clubes donde pasan la noche.




