
Una sociedad de las particularidades
Cecilia Macon
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<b> La legitimidad democrática <br></br> Por Pierre Rosanvallon <br></br></b>
El pensamiento de Pierre Rosanvallon puede ser identificado con un año emblemático: 1989. A pocos meses de la caída del Muro de Berlín, que se asocia con el fin de los grandes relatos sociohistóricos, comenzó en las escuelas francesas la disputa por el uso del velo islámico. Es decir: la desconfianza ante toda pretensión de universalidad en simultáneo con la evidencia de lo diverso.
Desde entonces, el historiador y teórico francés se dedicó a analizar los efectos de este giro radical sufrido en el modo de ejercer lo político. Ya no es posible invocar al pueblo como un grupo homogéneo dado que la diversidad se impone con más fuerza de lo previsto. Si el escepticismo atraviesa las decisiones políticas de los ciudadanos, es porque las certezas del progreso han sido erradicadas. La irrupción de estas dos novedades se debe, según Rosanvallon, a que las pretensiones de totalidad carecen ya de capacidad para reflejar y transformar el presente. "Un futuro caracterizado por el riesgo y no por el progreso", observa el autor.
¿Cómo justificar entonces la política?. Esta secuencia del pensamiento de Rosanvallon puede rastrearse desde su reconstrucción del surgimiento del voto universal durante el siglo XIX en La consagración del ciudadano hasta el análisis del papel político de la desconfianza, que desarrolló en La contrademocracia. Claro que una propuesta encaminada a reivindicar el papel de lo autogestionario debía responder una pregunta central: ¿cómo es posible legitimar la democracia? Mientras que las legitimaciones tradicionales se han centrado en el poder de conceptos aglutinantes sostenidos en algún tipo de universalismo -sea el progreso o el pueblo- resulta urgente esbozar una legitimación alternativa. Según Rosanvallon, la idea de que la única fuente de legitimidad es la mayoría ha sido erradicada. Ya no hay una masa homogénea sino una suma de experiencias diversas. Ante la certeza de su diagnóstico, el pensador sugiere tres tipos de legitimidad para la democracia contemporánea: la legitimidad de la imparcialidad, que implica mantener distancia de posturas partidistas y de intereses particulares; la de la reflexividad, que toma en cuenta las expresiones plurales y reconoce sus singularidades; y la de la proximidad, a través del desarrollo de instituciones y autoridades independientes y cortes constitucionales que estén más atentas a los individuos y a las situaciones específicas.
Descartado, dice, el "sacramento de la unidad social de los orígenes", es el momento de diseñar una legitimidad enemiga de la sociedad de la generalidad y dar la bienvenida a la sociedad de la particularidad. Una sociedad en la que -bajo la premisa de un riesgo que también implica precariedad laboral y privaciones de derechos- los individuos buscan ser escuchados como tales, al margen de caducas reglas abstractas.
Las instituciones consideradas más aptas para lograr el bien común entendido en estos términos son las percibidas como imparciales, pero también como capaces de establecer lazos empáticos. Rosanvallon no ignora algunos de los peligros de este camino -confundir empatía con compasión, transformar el papel de las voces individuales en actos de voyeurismo mediático-, pero lo considera inevitable.
Su propuesta ha sido tomada como emblemática de la llamada nueva izquierda, es decir, aquella corriente que reafirma las políticas emancipatorias atentas al corte que impuso el año 1989. Su capacidad para explorar cada una de las consecuencias de su propuesta resulta notable. Sin embargo, muchos de sus argumentos parecen confundir el orden de lo normativo con el de lo descriptivo. Por momentos roza incluso un equívoco peligroso: pareciera que el relato del pasado buscara transformarse en un argumento, como si la reconstrucción de lo sucedido bastara para enseñar qué hacer.
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