Una sonrisa amarga
MI HERMANO EL ALCALDE Por Fernando Vallejo-(Alfaguara)-176 páginas-($19)
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¿Cómo escribir después de Cien años de soledad?, se preguntó durante años el propio Gabriel García Márquez, abrumado por la magnitud del éxito de su gran novela y por la demanda internacional de "más de lo mismo", demanda que -lo sentía-, pone en serio peligro el placer de la escritura y, con él, la honestidad de todo escritor. Treinta años y dos años después, cuando aquel "realismo mágico" era, más aún, la marca requerida en todo escritor "latinoamericano" en los mercados de Norteamérica y Europa, la pregunta seguía teniendo tanta vigencia como para que el mexicano Ignacio Padilla -joven miembro de un grupo que se autoproclamaba Crack para diferenciarse del Boom- pretendiera demostrar en público que era capaz de escribir "en cinco minutos" una página como el mítico Gabo, pero que "lo suyo" era "algo más universal". La excelente narrativa de Fernando Vallejo, que alcanza su madurez en estos últimos años, representa una nueva respuesta a esta pregunta, mucho más sólida y original por cierto. Mi hermano el alcalde, su última novela, escrita desde el extranjero y para un público no colombiano, tiene como escenario el paradigmático pueblo de Támesis, que adeuda mucho al Macondo de Cien años... y a las tradiciones hispanoamericanas que esta novela recogía; pero exhibe a la vez una escritura nueva, que recoge naturalmente las experiencias de escritores posteriores, de Copi a César Aira, de Luisa Valenzuela a Pedro Lemebel.
Como el García Márquez de su novela más célebre, Fernando Vallejo es cualquier cosa menos un escritor "realista" (y llama la atención que muchos de sus críticos y admiradores hablen del carácter "autobiográfico" de su novelística, y que la solapa de Mi hermano el alcalde presente la novela como una historia verdadera de la familia de Vallejo). Más aún: en García Márquez todavía había un cuidado por construir un cosmos ficcional maravilloso pero tan coherente que el lector pronto podía aceptarlo como verosímil; Vallejo, en cambio, se complace en la propia inverosimilitud de lo que cuenta, y más aún, en cuestionar la credibilidad de todos los discursos, deliberada o involuntariamente ficcionales, que se han vertido sobre Colombia actual. La herramienta básica de este juego literario llamado Mi hermano el alcalde es una inédita contraposición de géneros: lo que hilvana la verdadera catarata de acontecimientos, representados, muy a menudo, bajo la forma del chiste o el cuento popular, es la estructura muy sólida de un "balance de gestión política": los pormenores de la campaña electoral de su hermano Carlos a intendente de Támesis, su elección, sus principales "obras" y su caída. Pero es "un balance de gestión" contado, no en la prosa administrativa, periodística o de barricada en que se acostumbra a hacerlo, sino en la voz inagotable de un narrador de pueblo, muy diferente del Vallejo real, un anciano a quien una tendencia al disparate y la burla lo aproxima mucho a los personajes de ciertos maestros secretos, como el boliviano Mario de Andrade, el boliviano Jesús Urzagasti o la argentina Elvira Orphée. Como todo discurso político, el "balance de gestión" del hermano alcalde incluye, para rebatirlas, las voces de adversarios u opositores, y es así como Vallejo parodia descarnadamente tanto la voz del gobierno colombiano como la de los grupos de narcotraficantes y, muy especialmente, las de la guerrilla que, como nuestro Inodoro Pereyra, aparece siempre descalificada por un coro de loros cimarrones.
Sin embargo, aunque Vallejo lleva a cabo sus propósitos con su habitual oído para captar los diferentes registros del habla, con un notable sentido del ritmo y un humor que nunca decae en su actividad corrosiva, podría afirmarse que Mi hermano el alcalde está lejos de alcanzar la excelencia de sus novelas anteriores. Carente de trama en sentido estricto -sus escenas sueltas, un poco improvisadas, recuerdan el método acumulativo de obras menos ambiciosas pero más efectivas, como Mi pueblo de Chamico o los Cuentos de Pago Chico de Payró-, la novela se estanca muy pronto en un único e invariable tono que ni siquiera permite, por una especie de horror vacui, el descanso de un solo silencio; y termina por abrumar al lector, dando curiosamente, con toda su verborrea, el efecto de una constante inmovilidad. Una inmovilidad que condice, sin dudas, con esa visión fatalista de la realidad colombiana que transmite el libro, amarguísima bajo tanta humorada, y también aquí, a años luz del optimismo ideológico garcíamarquino: todo fue así, así es y así será siempre, parece decir el autor y sólo queda el consuelo de una sonrisa amarga, la de la literatura, y la "inmediata satisfacción de los sentidos".





