
Valiosas colecciones convertidas en cenizas
La directora ingresó por primera vez en la sede después de la catástrofe; el fuego destruyó el 80% de los tesoros guardados
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ROSARIO.- ¿Por donde se empieza a reconstruir los restos de un incendio? ¿Qué "atacar" primero ante un montículo de cenizas y un desorden absoluto de objetos amorfos chamuscados?
Ayer, LA NACION acompañó a autoridades y empleados del Museo Nacional de Ciencias Naturales Dr. Angel Gallardo -a una semana del devastador incendio- en el momento más esperado y temido: la primera visita al edificio tras la tragedia. Y el panorama fue desolador. El museo, ubicado en el primer piso de un edificio centenario, ya no es la orgullosa casa que albergaba una colección de 13.000 piezas, algunas verdaderamente raras y curiosas. Se convirtió en ceniza, carbón y escombros. Los restos de una gran fogata. El fuego consumió el 80% de las colecciones.
En la planta baja, donde funcionaba la Facultad de Derecho, las aulas son montañas de pupitres y mampostería. No atacó allí el fuego, pero se les vino encima, literalmente, el museo que funcionaba en el piso superior.
Arriba, mientras se chapotea sobre un negro barro formado por agua y polvo de carbón, todo es silencio y tristeza. El viento que se cuela por ventanas sin vidrios y por el hueco que dejó el techo que ya no está, hace de las suyas, golpeando chapas, llevando y trayendo el olor a quemado.
Hay que pisar con cuidado, porque da la impresión de un paseo por los pisos superiores de un castillo de naipes a punto de desmoronarse. ¡"Dios mío!", son las únicas palabras que salen de la boca de Margarita Ferioli, que dirige el museo desde 1975.
Sin casa propia
Es curioso el caso del Museo de Ciencias Naturales de Rosario. Fundado en 1945, nunca tuvo casa propia. En su derrotero, terminó instalandose en 1968 aquí, en un edificio monumental y precioso, una joya arquitectónica que alguna vez fue Palacio de Justicia. Desde entonces, incrementó sus colecciones y su patrimonio, luchando contra todo tipo de restricciones presupuestarias.
Las ganas y la vocación de sus 18 empleados, más que cualquier beneficio o ayuda, llevaron al museo a poseer una de las colecciones más importantes del país en cuanto a fauna embalsamada, con algunas características únicas: dicen que el museo tenía su exposición montada de una forma didáctica, que no es común en instituciones similares.
Y que no es fácil toparse con leones, dromedarios, bisontes, osos del Himalaya, como aquí, en Rosario. Pero que nadie crea que el museo era un símbolo de la ciudad, no. Pocos rosarinos, o por lo menos una minoría, sabían de la existencia del museo antes del drama de la semana última.
Jamás podrán disfrutar de una de las joyas de la casa: la colección de pájaros, donde se representaba cada una de las familias de aves que viven en nuestro país. Se las tragó el fuego.
Sí se salvó el casuario, un ave muy extraña, grande como un ñandú que vive en Nueva Guinea. "Logré sacarlo del fuego", dice a LA NACION Pablo Virakovich, guía didáctico que se jugó la vida esquivando material incandescente que caía del techo.
"Eso era un lobo marino", dice luego, señalando un bulto negro. "Y ahí estaban los pingüinos", agrega, apuntando hacia un agujero en el suelo. En otra sala, una postal extraña: el dromedario chamuscado le hace compañía al bisonte americano, medio animal, medio carbón. De los dos leones quedó sólo la estructura interna de hierro. Un apresurado balance hecho por la directora indica que lo perdido llega al 80%. Sin embargo, se salvaron dos televisores, el taller de taxidermia, algunos caracoles, algunos fósiles y unas cuantas aves.
Nadie sabe qué fue de la videocassettera, que estaba con los televisores, pero para sorpresa de todos, en uno de los sectores más deteriorados, una vitrina que los empleados llaman "el arca" -por la variedad de animales que alberga- quedó intacta.
Adentro, tres osos del Himalaya, una mangosta y una cobra fueron testigos inmóviles de cómo las llamas se tragaban a sus compañeros. No tuvo la misma suerte la biblioteca, consumidos enteros los 2500 libros especializados, 1000 separatas, los videos, los CD y los volúmenes de principios del siglo XIX. Tampoco los diez microscopios y diez lupas binoculares del laboratorio, que tanto costó conseguir y hoy son cenizas.
Virakovich trató de salvar las PC. Los monitores, sin embargo, se derritieron. Parecen esculturas de Salvador Dalí. Las CPU fueron sacadas del museo en medio del siniestro, pero se mezclaron con las de la facultad y nadie sabe dónde están.
Jorge Martí, taxidermista con más de dos décadas en la institución, siente alivio al comprobar que, gracias a los armarios de hierro, se salvó buena parte del depósito. "Algo, como para comenzar de nuevo", dice. Y promete para cuando se pueda, una exposición en la que se mostrarán también ejemplares quemados. El museo, mostrando su propio drama.
Todos ayudan. Todos tienen bronca y ganas de salvar el museo.
La sede provisional
ROSARIO (De un enviado especial).- Las autoridades provinciales cedieron al museo algunas salas del antiguo edificio de la Jefatura de Policía. Claro que el lugar, que también recorrió LA NACION, es un páramo. Ubicado a metros de la sede incendiada funciona, en un sector mejor conservado, la sede gubernamental. Y en el centro del edificio, parte de la Alcaldía, con unos cien detenidos en su interior, que serán una incómoda compañía para los futuros visitantes interesados en las ciencias naturales.
Las salas destinadas al museo tienen pisos de pinotea muy estropeados y, como en todo el edificio, se nota una falta de mantenimiento.
Quizá la ayuda prometida por el gobierno provincial convierta el lugar en una casa digna de albergar las colecciones. Primero, claro, esa ayuda tiene que materializarse. "Yo no creo en nada hasta que lo vea", dice la directora. En tres o cuatro días, se comenta, llegarán los primeros 1000 pesos, un granito de arena, y después quién sabe.
Por lo menos, los $ 1000 que se guardaban en el museo para hacerlos "tirar" hasta fin de año, ya no están. También se convirtieron en ceniza.




