
Velcro y yo ( de Martín Rejtman)
Por Susana Szwarc
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¿De qué modo dar cuenta de la despreocupación? Despreocupación por el lenguaje, despreocupación por los personajes que se encuentran, se pierden, se quedan un momento juntos porque la ciudad también despreocupada los reunió sin consultarlos. Habría que ser Rejtman, ser capaz, como él, de dejar que la vista se paseé sin darle dirección y que hable el azar.
Rejtman descubre en la Buenos Aires de hoy, el escenario de un inmenso vodevil al aire libre, con puertas que se abren y se cierran sobre un supermercado, un local de comida rápida, departamentos, pensiones, hoteles, hospitales, que son los sitios donde a la vida, más que al autor, le parece oportuno adelantar un nuevo actor o hacer que desaparezca, una vez que emitió su parlamento o desencadenó la situación que le hacia falta para que la ronda continúe.
Es allí, quizás, donde los hallazgos del narrador alcanzan su punto más brillante: su capacidad para hacer girar al personaje central, y al lector con él, en una rueda que no sabe cuándo se puso en movimiento yq ue intuye que seguirá deslizándose una vez que cada uno de los cuentos se detenga. Como en aquella maravillosa película de Max Ophúls, "La Ronda" -que seguramente Rejtman, como hombre de cine, no desconoce-, un personaje le sirve de excusa para la aparición del siguiente,es el eslabón que permite al círculo seguir rodando.
Para estas pequeñas comedias de la vida cotidiana, con sus sobresaltos de humor y disparate, elige Rejtman una escritura plana. Y esta forma de presentar los relatos coincide con el quehacer de los personajes y las situaciones que padecen, sin interrogadción alguna. Como si todo fuera superficie, o si se estuviera en las habitaciones de la civilización moderna pero habiendo perdido ésta, ya, su complejidad.
Tatuajes, pelucas, gimnasios, máquinas registradoras, sorteos de "Fiestas", rollers, funcionan en la "piel" de los personajes, sujetos deshabitados. Mientras tanto el autor parece estar escribiendo en el momento en que los lectores leen.
Tal vez el dejar todo -personajes, situaciones, discurso- en manos del azar, impliue un peligro: desinteresarnos por el destino de las historias. Pero probablemente, si acallamos nuestros hábitos como lectores, que nos piden más dirección, menos casualidad, valga, en definitiva, aproximarnos a esta riesgosa propuesta de Rejtman de entender el arte de narrar.
(192 páginas) .
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