Viajes y memorias
UN YANQUI EN LA PATAGONIA Por Bailey Willis-(Sudamericana)-Trad.: Gabriela Adamo-190 páginas-($ 16)
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"El yanqui soy yo", escribe Bailey Willis a los noventa años, cuando por fin se decide a publicar este libro en el que la autobiografía y el viaje renuevan sus confluencias. Esa primera frase ya llama la atención sobre un yo que en los dos géneros se niega a pasar inadvertido, y el autor se encarga de mostrar cómo se puede lidiar con él sin megalomanías tediosas.
Bailey Willis se tomó cinco décadas para contar sus inicios como geólogo y sus exploraciones por el territorio argentino entre 1911 y 1915, y la edición castellana otras cinco décadas más para existir. Sudamericana acaba de publicarla ahora, por primera vez, en la colección Rumbo Sur, que Adrián Giménez Hutton creó para que los libros fueran una forma más de las tantas que tomó su obsesión por la Patagonia. En esta misma colección publicó el viaje de un inglés contemporáneo tras las huellas de Darwin, las imprescindibles memorias de Lucas Bridges, y libros de corte más naturalista dedicados a las orcas y los dinosaurios. Hutton, que tenía una completísima biblioteca especializada en Patagonia, planeaba seguir con estas publicaciones pero murió en abril de este año en un viaje de avión a Santa Cruz.
A pesar del título, Un yanki en la Patagonia empieza con las exploraciones de Willis por su propio país, donde trabajaba para el Servicio Geológico. Cuando era un chico recién egresado de la Universidad de Columbia que "no fumaba, ni bebía, ni maldecía", se embarcó en una exploración en la que debía, como geólogo, estudiar las posibles existencias de carbón en la ruta del Servicio Transcontinental del Norte, que uniría Dakota del Norte con el Pacífico. En su libro, esos recorridos -y los que vendrán después- lo obligan a transitar el relato iniciático: debe aprender a lidiar con subordinados, a reconocer que el mundo no se mueve por la justicia, a vivir en la intemperie y, fundamentalmente, a revelar su talento de retratista. Todo su libro, en realidad, puede leerse como una sucesión de retratos de compañeros de viaje o de proyectos.
Su etapa en la Argentina, de hecho, empieza con un Ezequiel Ramos Mejía "oscuro y de ojos negros... mi primera impresión fue que se trataba de Saladino, el sultán de los sarracenos que aparece en el Talismán de Scott y que fue uno de los héroes de mi infancia".
El azar lo trajo hasta acá: un día de 1910, en Washington, entró a comer en un restaurante donde se encontró con un colega del Smithsonian Institute que buscaba un geólogo para enviar a la Argentina a investigar las pruebas relacionadas con la antigüedad del hombre en América del Sur. Willis aceptó venir, participó en el Congreso Científico que se hacía en conjunción con los festejos por el Centenario, hizo algunos trabajos de campo y, cuando estaba por volver, fue interceptado por Ramos Mejía, Ministro de Obras Públicas, quien estaba interesado en desarrollar los territorios semidesérticos del oeste que todavía pertenecían al Estado nacional. Si los geólogos americanos habían encontrado agua en los desiertos de su país, ¿por qué no podrían hacer lo mismo acá?, le dijo a Bailey Willis, y le propuso ponerlo al frente de la Comisión de Estudios Hidrológicos que debería relevar las extensiones patagónicas. El norteamericano consultó con Francisco P. Moreno, con quien congenió de inmediato, y decidió aceptar.
A partir de entonces comenzó su fascinación por lo que le tocó ver y reconocer, y también su fastidio frente a la burocracia argentina, un tópico que su relato aborda magistralmente, al modo de un catálogo costumbrista. A la demora en la firma de su contrato sostenida por una frase que a Willis le resulta incomprensible -"mañana por la mañana"-, se suman las trampas y las faltas de apoyo que dejan en la nada su proyecto de construir una ciudad industrial habitada por una colonización programada en las orillas del Nahuel Huapi y los subterfugios de los gobernantes comprados por los ferrocarriles ingleses para sabotear su proyecto de extender las vías estatales a través de la Cordillera. Además de todo esto, Ramos Mejía muere, el Perito Moreno también, luego Sáenz Peña -otro de sus aliados- y Bailey Willis ve todos sus proyectos truncos, cumplidos a medias.
Su relato, sin embargo, no tiene trazos de rencor. En la década del cuarenta, cuando escribe desde los Estados Unidos, todavía piensa que alguien retomará el proyecto de Ramos Mejía y conseguirá capitales para plasmarlo y darle forma a la prosperidad argentina. Incluso termina con una arenga. Que hoy la leamos como una estocada ya no es tema de Bailey Willis.





