
Víctima de la ira de Dios
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PONCHO Y TALMUD es la historia de vida de Zito, cercada por los límites de Moisés Ville, una colonia de inmigrantes en la provincia de Santa Fe, a principios de siglo. A ese lugar llegaron sus antepasados judíos, que, si bien tuvieron que cambiar sus hábitos de la ciudad por los de la vida rural, nunca abandonaron sus tradiciones y costumbres, fuertemente marcadas por los preceptos de su religión.
Así, en un comienzo, el niño Zito alternará las tareas rurales con el estudio de la Torá, el Talmud y otros textos religiosos, hasta que comience a armarse su propio destino. Cada año más, es más cautivado por el campo, y la disciplina de las labores rurales reemplazará a la religiosa.
La narración de Bublik nunca pierde de vista a su personaje, a pesar del color que van tomando la vida de un pueblo de provincia y las tradiciones judías, al mejor estilo de la literatura localista. Zito se convierte en héroe porque, marcado desde su nacimiento, se mueve en ese escenario creando sus propias reglas, aunque esto signifique ganarse enemigos y dejar de ser considerado judío.
Con Poncho y Talmud , Bublik apuesta a recuperar la antigua relación entre individuo, naturaleza e historia, que supo trabajar la gran narrativa. En ésta, el hombre, que ha perdido a sus dioses, tiene conciencia de su finitud y su soledad frente a una naturaleza que no lo tiene para nada en cuenta y frente a una historia que se mete en su intimidad para marcarle un destino.
Sin embargo, la novela se queda a medio camino, porque ni el campo ni la historia de la Argentina y del mundo llegan a afectar verdaderamente las decisiones del protagonista. Le falta lo esencial de las novelas que sí lo lograron, una actitud interrogativa del héroe frente a eso otro que le es ajeno pero que lo compromete y lo ubica en un lugar completamente ajeno a la omnipotencia.
Por el contrario, en su actuar Zito tiene todo a su favor: salud, dinero, mujeres. Nada se le resiste, la tierra brota y la novillada aumenta de peso. En los casos en que el campo le juega una mala pasada, cuenta con la voz del abuelo para no desesperarse: "El pueblo judío está acostumbrado a las caídas, pero se levanta enseguida, dispuesto a empezar de nuevo: en eso reside su grandeza".
Como en el pueblo que retrata, la novela, aunque ilustre los ecos de la crisis del 30, de las guerras y del nazismo, no abandona nunca el equilibrio y la convivencia de fuerzas. Fiel a sí misma, como golpe de gracia, hacia el final el personaje es castigado porque "no es un buen judío, no respeta la religión, es mujeriego, y además vive ahora con una mujer que por si fuera poco es cristiana". Sumergido en la amargura y en la culpa de no poder alcanzar el amor de su vida por haberse alejado de lo que hacía el resto de su gente, Zito vuelve al Talmud, pero dejando la irritante sensación de que en el mundo propuesto por Bublik, no es la naturaleza ni la historia, sino la voz divina la que no perdona.
Gabriela Leonard
(c)
La Nacion
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