
Voces fantasmales
LA ANUNCIACION En su primera novela, El sueño-Por María Negroni-(Seix Barral)-230 páginas-($ 29)
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En su primera novela, El sueño de Ursula (1997), que se basaba en leyendas medievales, María Negroni aludía muy elípticamente a los relatos de la militancia y de la derrota de los años setenta bajo la dictadura. En la huída de Ursula, en la desesperada negación del pasado, en la dispersión del exilio y en el retorno fatal que llevaba hacia la masacre, se advertía la declaración agónica y a la vez el conjuro de esa lectura de la historia. Ese gesto se repite de un modo mucho más complejo y explícito en La Anunciación . Esta segunda novela puede ser leída como una vasta magnificación de aquel gesto oculto, como una memoria subjetiva y, a la vez, como una suerte de crítica onírica o alucinatoria de los años finales de la militancia montonera (de 1974 a marzo de 1976). También se trata de una constancia poética (por momentos deliberadamente estetizada) de los hechos como el modo de responder al enigma y la decepción de la experiencia vivida, que no sólo cuestiona feroz y sarcásticamente los delirios mesiánicos de las cúpulas o la ingenuidad de los militantes de base, sino también comprueba el desgarrado destino de utopías que eran vividas como una "intensidad del yo".
La novela se organiza a través de un primer relato de una militante que se halla en Roma en una vaga fecha cercana al presente y que se dirige a un interlocutor fantasmal, Humboldt, con el cual dialoga para reconstruir su pasado común (generacional, político, amoroso). Esa voz de mujer, que vaga por la ciudad de Roma, quiere hablar de su muerte y de la muerte de los otros y, de hecho, toda la novela puede ser el conjunto de voces de seres fantasmales, que han existido o que son imaginados. Ese carácter espectral contamina los duros relatos de la época, que obran con un registro realista y hasta coloquial. Como un oscuro centro temporal, se evoca a menudo un día que resume el presentimiento del desastre: el 11 de marzo de 1976. Pero a la vez la narración elude deliberadamente la causalidad de una trama ("A mí me dan pánico los argumentos y, muchísimo menos, los desenlaces. Me dan pánico las soluciones finales" dice un personaje). En su lugar elabora una sucesión de acontecimientos que obran como una serie de fantasías, memorias referidas, testimonios atravesados por lo imaginario.
De la memoria o la conciencia de la primera narradora surgen enunciados que se vuelven personajes independientes, que van desde personas reales o verosímiles (como los antiguos compañeros), personalidades históricas que rozan una estatura mitológica (Athanasius, creador del Museo del Mundo, emparentado con la figura borgeana del inmortal o el poeta Huidobro), hasta figuras discursivas (una figura de autor que hace indicaciones epistolares a la narradora) y también oblicuas y extravagantes entidades que aportan puntos de vista, consignas, circunloquios, disquisiciones fragmentarias (tales como "el ansia", "el Avispa", "la Voluntad", "Mi Vida Privada"). Como una sucesión de discursos que arman el calidoscopio móvil del pasado, surgen a través del conjunto de estas voces numerosos relatos o visos de relato bajo la forma de cartas, diálogos o episodios referidos. Por ejemplo, el texto estremecedor que reconstruye el testimonio de una víctima real de la represión en 1976 o bien las apariciones de Athanasius describiendo el pasado con una perspectiva fantaseada o trascendente. Estos tonos tan disímiles conviven con naturalidad en la novela. Recuerdan la modalidad de uno de los últimos libros de poesía de Negroni, Arte y fuga : un conjunto de voces obran como una polifonía, aparecen y desaparecen inscriptas, gestando entre sí una modulación en la cual el yo lírico espejea irisado. Lo que cada voz nombra, contradice, afirma o disminuye lo que ha dicho otra. Ese procedimiento lírico se vuelve narrativo en La Anunciación , pero conservando su ademán poético. El naufragio del sujeto es aquí la busca de una identidad arrasada por la historia violenta; por el ejercicio del delirio, de la creencia y del error; por la condición de ser autista en una soberbia fe y de ser víctima en la trampa del exterminio; en fin, por el precio de la muerte como condición de la historia.
De un modo muy original la novela expande y a la vez extraña aquello que Beatriz Sarlo analizó como "giro subjetivo" en su trabajo Tiempo pasado (2005) sobre la memoria y el testimonio personal de los hechos de la dictadura. El giro subjetivo se vuelve aquí "giro lírico", porque una subjetividad a la vez se disemina y descompone en numerosas voces que la refractan y multiplican para alcanzar el sentido de una experiencia traumática que es colectiva y al mismo tiempo rabiosamente individual. Esa experiencia guarda relación menos con la heroicidad que con la muerte: "No se cómo se cuenta una muerte" comienza la novela. Y hacia el final: "Mis personajes están muertos. Todos muertos, oíste bien, incluso yo, sobre todo yo". De ese modo, la experiencia se narra desde un sitio imposible, que sólo puede mimar la imaginación literaria: no son los sobrevivientes los que enuncian, sino los muertos quienes se anuncian a través del arte, como una forma segunda de la memoria.
Ajuste de cuentas generacional, y por momentos autobiográfico, con esa memoria, y desajustado relato de su tenaz pesadilla, La Anunciación significa al menos en dos planos: uno, como reconstrucción imaginaria de los sucesos reales que sólo fragmentariamente pueden evocarse y cuya constelación no hace más que limitar un vacío de sentido: lo "inenarrable", lo "inexplicable" del horror del genocidio. El otro, como un modo de redimir en la ficción y en el arte aquello que los personajes desean: escribir en una libretita las voces de los fantasmas, buscar el deseo extraviado en el color azul de la interminable serie de Anunciaciones, explicar lo monstruoso, reconstruir obstinadamente la arrogancia empujada por el miedo. En suma, el ejercicio del arte, según predica Athanasius, como "contracara de la Historia", que "no es más que una forma del pensamiento".




