
Zapping sin pausa por 24 horas
Al cabo de un día de mirar TV ininterrumpidamente, el autor llegó a la conclusión de que sólo dos cosas les importan a los productores de la pantalla chica: el peligro y la tragedia
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Antes de enfrentarme a la proeza de ver televisión durante veinticuatro horas me pregunto qué necesito tener a mano para cumplirla sin renunciamientos. Nada en especial, excepto regresar a mi prehistoria de telespectador mediante el aroma de una espiral insecticida.
Si bien mi debut en la materia fue el 20 de julio de 1969, día en el que también feché mi primer recuerdo personal para darme yo mismo los aires de pionero que en los hechos sólo tuvo Neil Armstrong, mi verdadera primera vez sucedió varios años más tarde.
Fue una noche de verano y, a diferencia de aquel viaje a la Luna -que los detractores de la NASA dicen que fue filmado por Stanley Kubrick en el plató californiano donde se arrumbaban las sobras escenográficas de 2001, Odisea del espacio , con esos muñecos con escafandra que inventaron la caminata lunar mientras hablaban a través de sus radios interestelares mediante frases grandilocuentes-, yo estaba completamente solo, en la soledad ideológica de la niñez, vagamente drogado o intoxicado por los hilos retorcidos del humo que salía de la espiral, en un tiempo muy anterior a la pastilla termoevaporable.
No recuerdo la historia que vi en la pantalla mientras en casa dormían. Ni su título ni sus actores. Pero me quedó grabada una escena muy breve, aunque tal vez eso fue toda la película, en la que unos personajes -y aquí se me cruza Raquel Welch en minifalda- recorren en unas cápsulas microscópicas el interior de una vena humana.
Era una escena de ficción clínica, precursora del uso masivo del stent y el catéter, pero también era un homenaje a Verne, es decir al poder de la imaginación más que al de la ciencia. Para compensar mi déficit olímpico de información mentí durante mucho tiempo, asegurando que esa película era Barbarella , de Roger Vadim.
Compré un sobre de espirales. Como todo el mundo sabe, vienen unidas en pares, así que durante varios minutos traté de despegarlas mirando fijo las mitades del centro, cuyas figuras parecen citar la geometría complementaria del Ying y el Yang.
El Ying se me quebró por una mala maniobra: quedó el Yang. Mi queja a los fabricantes se renovó entre insultos porque, una vez más, el sobre no ofrecía el servicio de su pie metálico sin el cual la espiral es nada.
Corté una papa por la mitad y la apoyé en un plato, clavé un fósforo en la cima con la misma soberbia de conquistador que tuvo Armstrong en 1969 y encastré la espiral. Listo: a mirar.
Aparece un subtítulo borroso: "Pare de sufrir". Es el programa de unos telepredicadores que lavan cerebros en la madrugada. El premio que ofrecen, un poco más modesto que la salvación, es la solución. De todo: de las derrotas sentimentales y laborales, de los achaques del cuerpo y la conciencia, de la ludopatía y el sarampión.
Atizan el consumo de un kit que incluye el Manto de Israel, la Cruz del Elemento Sagrado, el Aceite de la Unción y la Rosa viva, a la que debemos atar lo que nos maldice para que se seque en una semana de purificación espiritual.
Cada cosa tiene su historia, su propiedad curativa y su costo. El programa se va filtrando en varias estaciones como una cadena nacional tomada por una célula de fanáticos. Veamos qué pasa afuera.
Como si caminara en círculos por un espacio cerrado -digamos el patio de una cárcel-, me cruzo una y otra vez, en estaciones diferentes, con un video de James Blunt, el ex soldado del Reino Unido convertido en cantautor de amores inmaculados.
Mi zapping sirve para evadirme de cualquier cosa menos de él, y siento que me enredo en los hilos de la paranoia: ¿no me estará siguiendo, no? ¿No habrá regresado a sus andanzas marciales para controlarme por medio de dispositivos diseñado por el poderoso MI6, no? Atrapado en las especulaciones del televidente que se siente telemirado, corto por lo sano y, una vez más, me encuentro con lo mismo.
Los pastores, otra vez. Se turnan. Me van a enloquecer. Primero vemos a un hombre con modales de canciller, y luego a un sujeto verborrágico y violento: el que cierra el negocio.
Nos mira desde un primer plano -ya está en casa: no lo sacamos más-, nos señala y nos dice que si no llamamos ahora o no vamos mañana al templo no sé qué cosa terrible nos va a pasar. Podría ser, tranquilamente, un cobrador de incobrables.
Finalmente, él y sus colegas se reúnen en un púlpito colectivo y entran en un trance de vibraciones, manos alzadas al cielorraso térmico del templo, gritos de exorcismo, corbatas flojas y camisas con aureolas de sudor como podemos ver en los días agitados del Dow Jones.
Salto de una superficie de banalidad a otra. Voy de Massima velocità , una película italiana sobre autos tuneados y mecánicos metafísicos que vi en el Festival de Cine de Mar del Plata de 2004, a los canales de porno suave donde veo menos suavidad que inadecuación en la conexiones de los protagonistas.
Se conectan de un modo muy extraño, se retuercen batiendo sus cabelleras, y no veo que esos contactos sean naturales. ¿Por qué nadie -los directores, los guionistas- les dicen a esos porno stars de la virtud que así no es, que por ahí no se hace, que las cosas están un poco más abajo o un poco más arriba?
Pasa un programa llamado Desde el jardín , que podría ser una crítica de la televisión. No: es sobre jardines. En el "Festival de Doma y Folclore de Jesús María" un locutor grita como un descosido: "Y aquí está el espectáculo argentino. Cien caballos buscando su yegua".
Los payadores me estremecen con sus rimas. Opino mentalmente sobre todo lo que veo. Del candidato demócrata Barack Obama (no es tan negro como él dice: se graduó en Harvard). De Davydenko-Bagdathis (no me gusta Davydenko: tiene golpes heterodoxos). De Jennifer Lopez (la amo: con locura, y no me importa el qué dirán).
A la espiritualidad materialista de la madrugada le sigue la oferta de gadgets de la mañana. Son dos bloques sucesivos de venta directa en la que se concentra buena parte de la televisión nocturna.
También tenemos de todo: máquinas que rallan queso (y cebollas, pepinos, papas, dedos de cocineros), saunas portátiles, secarropas mágicos, pociones reductoras, gimnasios de bolsillo. Ninguno tiene una sola función, y la segunda función es sorprendente (imaginemos, para tener una idea general, un paraguas que planche, o un termo que hable).
¿Eso es todo? De ninguna manera. El shopping televisivo es lo que domina esta noche porque no pasa nada. No hay catástrofes ni desgracias. Los canales de noticias, que monopolizan la transmisión en vivo, apenas si tienen a sus presentadores dándonos una vez más las novedades del día, las mismas que vienen repitiéndose desde hace largas horas, con los mismos títulos, los mismos planos, la misma letanía estilística del informe.
El protagonista del día fue el calor. Lo fue hoy y lo será mañana. Son las 2 A.M. y la sensación térmica es de 34° C. En un canal veo a Gerardo Rozín conversando con el padre Grassi. A punto de ser juzgado por corrupción de menores, Grassi dice: "Si hay justicia, se va a probar mi inocencia. Si hay justicia". Complicadísimo.
Da toda la impresión de que él mismo cree que la justicia de su absolución no llegará nunca. Detecto una nueva fecha de Ultimate Figther , por la que dos luchadores se encierran en un hexágono rodeado de tejidos metálicos y se matan a golpes en San José, California.
Se llaman Amarante y Bosset. El narrador de la pelea dice que Amarante se está descuidando: "dejó la cara ahí". ¿Y dónde quiere que la ponga? Ese tipo de comentarios absurdos se oyen a menudo en la televisión pero pasan inadvertidos: los borra la imagen.
Gana Bosset, menos sólido y más desgarbado que su rival. Me he puesto un poco tenso porque en mi recuerdo, y no en la televisión, encontré un modo de volver a vivir ese espectáculo de exterminio (lo vi en la Federación de Box hace varios años, cuando se llamaba "Vale todo"). Entonces, ¿la televisión nos hace sentir sólo aquello que ya sentimos en la vida? ¿Es una máquina de afirmar sucesos sin producirlos nunca del todo?
A las cinco de la mañana me doy cuenta de que todo lo que puedo ver ya pasó. Las cosas ya sucedieron. Son imágenes muertas que se reproducen como si estuvieran vivas en el movimiento.
La televisión no es tanto una industria del entretenimiento como una industria del recuerdo. Y del olvido, es decir, de los recuerdos en los que, aún disponibles, ya no nos detenemos. No hay ninguna experiencia de actualidad en esas imágenes.
La televisión es una máquina del tiempo, está hecha para conservarnos la memoria, para llevarnos hacia atrás, hacia la era de la que venimos sin recordar casi nada de ella.
Nuestra infancia está en La pantera rosa y en El Zorro , que la TV repite cada día, y en la pelea de Carlos Monzón con Jean Claude Boutier, que estoy mirando en este mismo momento, así como nuestra juventud está en los videos retrospectivos de VH1.
Miramos televisión porque en ella no se pierde nada, y porque además no sólo están nuestra infancia y -en menor medida- nuestro presente, sino también la infancia y el presente de nuestros padres, y los de nuestros hijos. En Power Rangers , en Backyardigans , en Lazzy Town hay algo más que el género llamado serie infantil: hay vida vivida, horas de nuestros hijos contemplando la pantalla, y de nosotros contemplándolos a ellos desde un discreto segundo plano como en una cadena de encantamientos.
Sucedió lo que temía: me dormí. Tal vez me babeé. Entre las seis y las siete y media. Cuando me despertó la incomodidad de dormir ladeado en el sillón, sentí el remordimiento de haber perdido por un momento mi estado de alerta. ¿Y si pasó algo importante y yo no lo vi?
Si hubiera ocurrido algo durante mi siesta, la televisión lo hubiera recuperado para mí en todos sus detalles. Pero ¿qué es que pase algo en la televisión? De todas las cosas que pasan, solo importan dos: el peligro y la tragedia: lo sorpresivo, lo que no se puede construir. Lo demás no existe.
Cerca del mediodía veo el peligro por Crónica TV. Una mujer gestionó un crédito, se lo negaron y ahora está sentada en un perfil de hierro a treinta metros del piso. La cámara nos muestra la imagen como si pasara a través del ojo de una cerradura. Los bomberos la reducen.
Entonces, sí, por fin, llega la tragedia, y la televisión vuelve a vivir de las novedades que había perdido. Una avioneta cayó en un campo de Lomas de Zamora: dos muertos, un padre y su hijo. La madre del padre llora abrazada a alguien a metros del accidente. Otra: un almacenero mató a un chico de dieciséis años bromeando con un arma. Se le agregan los nueve muertos del choque que ocurrió a la mañana entre un micro y un camión, en San Juan. Van doce muertos.
Mi día récord se está yendo. A las seis de la tarde, un programa de chismes (en realidad son dos, enfrentados por cuestiones de narcisismo pero unidos en su agenda) revela que la vedette Evangelina Anderson tiene novio: el futbolista Martín Demichelis.
Es la historia número mil de ese género que une gladiadores y bellezas. En el canal de la moda, una reportera llena de acentos trasnacionales nos muestra el Sawgrass de Fort Lauderdale, un mercado gigantesco con artículos de segunda selección de 350 marcas de primera línea que, según la afirmación frenética de nuestra guía (un discípulo avanzado de Nietzsche no nos vendería mejor sus ideas), es el negocio que más factura en el Estado de la Florida después de Disney World.
Cerca de la medianoche, en un canal infantil, comienza un reenvío más de Patito feo , el programa de aventuras y competencias infantiles. Lola Becerra y su amiga Panchita Recalde me robaron el control remoto y están bailando y cantando frente a la pantalla: "Nadie pasa de esta esquina, aquí mandan las divinas porque somos gasolina, gasolina de verdad". No necesito el auxilio de ellas para escribir la letra ¿De dónde la conozco? De la televisión.
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