Faustino Oro, Ilan Schnaider: los grandes ajedrecistas son cada vez más jóvenes y Argentina tiene una chance de volver a la elite mundial
Ambos niños encabezan las proyecciones en el ámbito nacional, en un juego en el que baja el promedio de edad de madurez de los jugadores
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Desde hace mucho tiempo se discute acerca de cuál es la mejor edad para el ajedrecista de competición. En qué momento se produce su pico de rendimiento. Hace setenta, sesenta años, cuando reinaba Mikhail Botvinnik, se creía que la madurez de un jugador se daba en torno a los cuarenta años, y aun más. La edad en que un jugador alcanza la corona mundial era tomada como referencia. Recordemos que el patriarca del ajedrez ruso fue campeón hasta los 52 años. Con el paso del tiempo esa edad tendió a bajar. A partir de los sesentas, Tigran Petrosian fue campeón del mundo a los 34, Boris Spassky lo logró a los 32, Bobby Fischer se consagró a los 29. Y ya en los setentas y los ochentas, la edad bajó otro escalón. Anatoly Karpov obtuvo la corona a los 24 años –si bien por incomparecencia de Fischer– y Garry Kasparov tocó la gloria a los 22.
Ya en la era más reciente, Magnus Carlsen ganó el campeonato mundial hace diez años, cuando tenía 22, y se mantiene como el mejor jugador del planeta en la actualidad, aunque ha abdicado –sin competir–. Y eso insinúa un cambio de paradigma: el ranking puede ser más importante que ser campeón. Y si nos fijamos en el ordenamiento actual, lo que resalta es la cantidad de adolescentes que se encaraman en los primeros puestos.

Alireza Firoudza, Dommaraju Gukesh y Rameshbabu Praggnanandha, nacidos en el siglo XXI y menores de 20 años, se encuentran entre los veinte mejores del ajedrez mundial. Luego, entre el puesto 20 y el 30, se encuentran Vincent Keymer, Nodirbek Abdusattorov y Erigaisi Arjun, también menores de veinte. Los motivos de esta oleada juvenil pueden ser variados.
Sabido es que en las edades tempranas de la vida, la capacidad de aprendizaje y asimilación es mayor. A ello hay que sumar el deseo intenso de jugar y ganar. La constante informatización del mundo moderno, que pone en manos del niño herramientas sofisticadas, favorece esta explosión juvenil. También, en un enfoque sociológico, se puede indicar que la época en que vivimos premia más la superespecialización del individuo en una disciplina particular que la versatilidad, el hecho de que el individuo se desarrolle en diversos campos, sin descollar en ninguno.
En el ámbito del ajedrez, la confianza y la seguridad que da la costumbre de ganar por parte de un campeón convierten a Carlsen en invencible por el momento. Están en pugna el intenso deseo del joven que quiere llegar, y la fortaleza mental del que sabe el mejor. Pero como ocurrió siempre, en algún momento, el rey nuevo desplaza al viejo.
En categorías aun menores, Argentina cuenta con niños que se destacan. Tiene a Faustino Oro, el mejor del mundo de los menores de diez años. Otro chico, Ilan Schnaider, de 12, también ocupa un lugar saliente en su categoría. Si estos niños progresan en sintonía con el resto del mundo, cosa nunca fácil y que no habría que dar por sentada, Argentina puede volver a ser una potencia de primera línea mundial en ajedrez, como lo fue hace 70 años, cuando obtuvo tres subcampeonatos olímpicos, en Dubrovnik 1950, Helsinki 1952 y Ámsterdam 1954.

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