Blandi pasó de cuarto delantero a goleador, y San Lorenzo, a la punta de la Superliga

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Arsenal de Sarandí

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San Lorenzo

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23 de agosto de 2019  • 23:10

San Lorenzo esbozó la columna vertebral de un equipo serio. Un arquero, Navarro, que saca manos milagrosas cuando su valla parece vencida. Una dupla central (Senesi-Coloccini) que ofrece garantías y rechaza todos los centros que le llueven en su área. Un mediocampista central (Menossi) que sabe cuándo presionar y cuándo replegarse. Pero, sobre todo, un delantero (Blandi) que no necesita acomodarse para definir de primera y sellar el partido, como en la jugada del 2-0. Esas fueron las señas particulares del Ciclón en el primer tiempo, que jugó con las ideas claras. Los goles de Juan Ramírez (luego de un quite de Menossi, que presionó bien alto y entregó la asistencia) y Blandi le permitieron darse el lujo de regular el trámite en el segundo tiempo. La expulsión de Álvarez Suárez, diez minutos después del reinicio del juego, también lo ayudó.

Juan Ramírez ya remató de zurda. Será el primer gol de San Lorenzo.
Juan Ramírez ya remató de zurda. Será el primer gol de San Lorenzo. Fuente: LA NACION - Crédito: Mauro Alfieri

Así como San Lorenzo encontró a un gran Belluschi como conductor, también tuvo a Blandi en una mejor versión. El "olé, olé, olé... Nico... Nico" cuando el capitán fue reemplazado por Adolfo Gaich fue la síntesis de un delantero que se reinventa. Pasó de ser referente y titular para Almirón a estar cuarto en la lista de preferencias de Juan Antonio Pizzi (arrancaba detrás de Adam Bareiro, Alexander Díaz y hasta el propio Gaich); a volver a ser titular y convertir su segundo gol en la Superliga. Su historia, en definitiva, guarda puntos en común con las de Navarro, Coloccini o Belluschi. Nombres propios del Ciclón que parecen volver a los buenos viejos tiempos.

Mirá el gol de Ramírez para San Lorenzo

Mirá el segundo gol del Ciclón, anotado por Nicolás Blandi

En lo previo, el Ciclón no la tenía fácil. Arsenal era la Cenicienta del torneo. Tres partidos, tres victorias. Sin goles en contra. Números más propios de un equipo asentado en la Superliga que de un recién ascendido. Sin refuerzos estrella y con un plantel al que le falta jerarquía individual, pero le sobran ganas y voluntad. Su jugador más decisivo en este inicio de temporada, Nicolás Giménez, provocó el primer milagro de Navarro: su tiro libre fue un penal con barrera, pero el arquero inventó un manotazo inverosímil para evitar el gol.

Fue una advertencia para San Lorenzo, que tenía la sala de máquinas funcionando a todo vapor. La dupla Menossi-Poblete empieza a complementarse. Cuando uno va al lateral, el otro se queda en el medio. Cuando uno sube, el otro cubre. Les faltan partidos y triunfos para transformarse en los nuevos Mercier-Ortigoza, pero el partido de ayer los mostró en buen nivel. Sobre todo a Menossi, que comienza a parecerse a aquel que brilló con la camiseta de Tigre.

Más adelante, San Lorenzo tiene a un futbolista que entiende todo. Su entrenador en el campo de juego. Se llama Fernando Belluschi. La jugada del segundo gol se genera con un pase de primera para Salazar, que supo abrir la defensa local con un slalom individual. Blandi rendirle derechos de autor al lateral derecho, que jugó un gran partido. Pero Belluschi es el cerebro del Ciclón: juega y hace jugar al equipo. Tanto, que cuando el Perrito Barrios ingresó en el segundo tiempo (en lugar de Ángel Romero, de buen rendimiento, pero que padeció un problema estomacal), fue el propio Belluschi el que le dio un bonus track de la charla técnica. "Jugá así", pareció decirle el veterano al jovencito.

Arsenal y San Lorenzo jugaron su partido número 30 en la primera A. El Ciclón ganó 14, contra 9 del equipo de Sarandí, y hubo 7 empates.

Pero ese San Lorenzo cerebral y astuto del primer tiempo cedió la iniciativa en la segunda parte. Pareció creer que el resultado estaba sellado cuando Arsenal se quedó con diez jugadores. Si algo les sobra a los del Viaducto es amor propio. Con uno menos, los locales fueron más. El Ciclón administró la ventaja con una defensa férrea y sin tantos pases profundos como en el primer tiempo. Gaich peleó contra los centrales rivales y rara vez pudo ganar. Si en el primer tiempo había usado las neuronas, en el segundo empleó el músculo. Corrió, en lugar de jugar. Dejó que pasaran los minutos hasta conseguir la victoria. Vino con un premio extra: dormirse como líder del torneo.

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