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“Con el calor de un febrero que se terminaba, comenzaba para nosotros la aventura del Turismo Carretera por la que tanto habíamos trabajado. Llegamos a San Pedro el viernes previo a la carrera y nos establecimos con el camión taller al inicio de la extensa recta de un camino de tierra. Comenzamos con las tiradas a fondo en ruta abierta y todo funcionaba con normalidad hasta que me subí al Torino de Jorge Ternengo. En ese auto nos apareció una falla desconcertante. El motor funcionaba perfecto hasta una cierta velocidad, pero entonces comenzaba a fallar. Realizamos varias pruebas cambiando bujías y cables y limpiando carburadores, pero seguía fallando. Pasaban las horas y continuábamos renegando con el problema sin solución, hasta que apareció un típico ‘croto’ con su palito y el correspondiente hatillo cargado al hombro. Se acercó al auto y exclamó ‘Oh, Weber 45DCO!’. Esos eran nuestros sofisticados carburadores que se utilizaban casi con exclusividad en autos de Fórmula 1. Ante mi más absoluta incredulidad por lo que estaba presenciando, el linyera, que había escuchado cómo fallaba el auto, asomó su cabeza en el motor y dijo: ‘Tiene un centrador puesto al revés’. La situación era tan surrealista que las caras con las que nos miramos quiénes estábamos alrededor del auto, además de atónitas, fueron de concordancia tácita para verificar si el diagnóstico que nos daba el destino podía tener o no verosimilitud. Desesperados como nos encontrábamos, no demoramos en revisarlo y así era. El centrador estaba dado vuelta, lo colocamos en la posición correcta, probamos y funcionó perfecto. Para cuando todo esto sucedió, nunca más supimos nada del ‘linyera milagroso’”.




