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Cuestionado en su esencia, por suerte bajo estudio, el fútbol argentino escribió el último capítulo de un torneo más. Hacía un tiempo, ya, que Boca se había consagrado. También estaban definidos los descensos. Quizá por aquello del atractivo de los torneos cortos, los resultados mismos terminaron por convertir la competencia en algo más efímero todavía. La huelga había demorado su arranque, las quiebras -las que se concretaron, las que se levantaron, las que podrían llegar sin sorprender a nadie- fueron una nube tormentosa permanente, los cuestionamientos a los árbitros superaron cualquier límite... Podría decirse, a modo de calificativo: para olvidar. Debe decirse, a modo de deseo: para no olvidar. Para comenzar de nuevo. Afortunadamente, hay algo, un proyecto dando vueltas por allí, esperando por la decisión. No es poca cosa que haya llegado desde España: ayer, también, terminó por aquellas tierras un campeonato larguísimo, con un campeón consagrado hace mucho, pero ni siquiera esos datos lograron quitarle color al cierre, porque la fecha final definía muchas otras cosas. Claro que, si fueran sólo noventa minutos de juego, el fútbol no soportaría con su atractivo intacto varias jornadas donde nadie juega por nada. Pero el fútbol es más que noventa minutos de juego, y otras cosas, quizá tan trascendentes como los goles, sirven para mantener la atención sobre él.
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Pienso en Carlos Angel Roa. En su convicción, en sus renunciamientos. Imagino su alivio, quitándose de encima el enorme peso de formar parte de un ambiente con el que comparte poco, y también su ilusión, por un futuro que lo encontrará en paz, viviendo en el medio del campo. El fútbol, mediático y masivo, pone su caso en primer plano y abre el debate: ¿cuáles son las prioridades que movilizan a una persona? A Roa, de casi 30 años, padre de dos hijas, ni el dinero ni la gloria lo seducen para que se quede donde no quiere. La religión es el motor de su decisión, que suena extraña en un medio tan mercantilizado que llevó a Jorge Valdano a admitir su temor: los futbolistas son cada vez menos jugadores y cada vez más empresarios. Todo tiene un precio, hoy. Se cobra por jugar, se cobra por hablar... Son pocos los que rompen la regla y, sin quererlo, también se vuelven trascendentes, distintos.
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Pienso en personajes tan distintos del fútbol argentino como Diego Simeone o Gerónimo Saccardi. A uno, conocido como El Cholo, uno de los tantísimos futbolistas argentinos que triunfan en Europa, podrán achacársele muchas cosas. Por sus gestos, estuvo metido en más de una controversia. Por su actitud, puede ganarse un reconocimiento unánime: es capaz de resignar lo que sea con tal de jugar con la camiseta del seleccionado, al punto de enfrentarse con quienes cotizaron su adquisición -los dirigentes de Lazio- en once millones de dólares. Para él, esta Copa América que a partir de hoy será el tema futbolero por excelencia, no puede compararse con nada.
Del otro, Cacho para la gente, entrenador de Ferro Carril Oeste para más datos. Los dirigentes le pidieron un ajuste, que diera de baja un par de jugadores... Demasiado para él: cualquiera que eligiera, sería uno de los que había pedido por su continuidad ante los mismos dirigentes, poco tiempo atrás. Demasiado para quien es capaz de poner su dignidad por encima de la simple continuidad en un cargo.
Roa, Simeone, Saccardi son personajes del fútbol. De este deporte-espectáculo-negocio que tanto moviliza, sobre el que tanto se habla, más allá -mucho más allá- de los noventa minutos de juego. Ellos fueron fieles a sí mismos y se supo. Para algo sirve toda esta historia.


