A 50 años de una obra maestra

Hoy se cumplen cinco décadas del gol de Ernesto Grillo a los ingleses en la victoria argentina por 3 a 1, ante 86.000 almas, en River
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14 de mayo de 2003  

Como si una misteriosa y elaborada predestinación lo hubiese establecido en el mayor de los sigilos, once días antes de la inolvidable joya futbolística que labró frente a Inglaterra, Ernesto Grillo ensayó una jugada casi idéntica a la que asombró a la multitud que el jueves 14 de mayo de 1953 –con Juan Domingo Perón en el palco– vibró con el triunfo argentino por 3 a 1, que hoy cumple 50 años.

Fue el 3 de ese mes, en la cancha de Independiente, cuando el club de Avellaneda se impuso a San Lorenzo 3 a 0, con dos conquistas de Grillo. A los 33 minutos del segundo tiempo, el goleador recibió la pelota en el centro de la cancha, por la izquierda encaró hacia la valla de Blazina, dejó a varios rivales en el camino –el último fue Resquín– y con un disparo lanzado desde un ángulo muy cerrado selló el éxito local. Fue en el arco de la única visera que por entonces tenía el estadio de Independiente.

En su comentario de El Gráfico, Borocotó confesó que no vio entrar la pelota en el arco y que se notificó del gol por la gritería de los hinchas locales situados detrás de la valla.

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Ahora, ¡el estreno!

El ensayo resultó impecable, pero sólo quedó para el consumo doméstico. Sucedía que todas las expectativas estaban puestas en la presentación de la selección inglesa, que dos años antes se había impuesto a la argentina en Londres, cuando el guardavalla Miguel Rugilo fue rebautizado como "El león de Wembley".

Ahora, los primeros actores estaban en el escenario ante una ululante platea de casi 86.000 almas, en River; la delantera íntegra de Independiente jugaba con la casaca albiceleste.

A los 4l minutos, un cabezazo de Taylor puso en ventaja a los visitantes, pero dos minutos después el arco de la avenida Figueroa Alcorta pasó a constituirse en monumento deportivo nacional.

El "Pelado" Grillo, dueño de una espesa cabellera, comienza a frotar la lámpara de su genio: el centro delantero Lacasia, a la altura del medio campo inglés, cruza el balón a su izquierda, por donde avanza Grillo, libre de adversarios. Ingresa en el área, en su larga y endiablada gambeta hacia la valla elude a Wright, Barlow y a Barras, que infructuosamente se arroja a sus pies, y advierte que está muy cerca de la línea final, con poco ángulo para el remate.

El arquero Ditchburn se adelanta un paso a la espera de un centro hacia atrás, Grillo ve el resquicio y por allí introduce la pelota en la valla con un shot alto.

La historia futbolística recibía complacida un tributo impar y prometía guardarlo en sus mejores vitrinas

En el segundo tiempo, un gol de Micheli y otro de Grillo dejaban las cosas 3 a 1.

El desquite había sido fijado para el domingo 17 de mayo, en el mismo escenario.

Pasado el mediodía, el plomizo cielo de la mañana abrió sus grifos y un diluvio que parecía no tener fin agredió a Buenos Aires durante varias horas.

No obstante y contra los dictados de la lógica, los dirigentes decidieron jugar argumentando que la multitud no se movía de las graderías y soportaba estoicamente el pésimo humor climático.

Sólo se "jugaron" 23 minutos, lapso en el que el anegamiento del terreno desvirtuó todo intento de aproximación a un partido de fútbol. No hubo goles y la pelota llegó a los arcos en pocas ocasiones.

Grillo murió el 18 de junio de 1998. Fue un hombre bueno, sencillo y silencioso, que brilló en Independiente, donde se destacó por su endiablada gambeta; en Milan; en Boca Juniors, donde fue más jugador de equipo, y en el seleccionado argentino, figura, con justicia, entre los grandes del fútbol vernáculo. Y fue el autor de una obra maestra.

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