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BELO HORIZONTE.- El centro de Kevin Castaño encontró con maestría, entre los dos centrales de Santos, a Tomás Cuello, que conectó de cabeza para llevar la serie a los penales cuando todo parecía perdido. Eduardo Domínguez apenas levantó los brazos, apretó los puños y, tras el medido festejo con sus colaboradores, simplemente bebió un trago de agua. A su alrededor, la Arena MRV era un hervidero, con casi 45.000 personas al borde de la locura. Atlético Mineiro acababa de completar una remontada de esas que suelen permanecer durante años en la memoria de sus hinchas: después de perder 2-0 contra el Peixe en Vila Belmiro, ganó 4-2 en Belo Horizonte, en la última jugada, y se clasificó a las semifinales de la Copa Sudamericana tras imponerse 3-1 en los penales.
En los festejos, donde hubo de todo, no estuvo Domínguez, quien rápidamente se fue al vestuario tras saludar a Cuca, entrenador rival, y a alguno de sus jugadores. “Este tipo de victorias enaltece el trabajo de los jugadores. Ya veníamos teniendo unión dentro del grupo y también con el hincha. La atmósfera está diferente. Empezó a existir una ida y vuelta con la torcida que hoy, otra vez, fue increíble”, explicó después de la clasificación.
La elección de las palabras no fue casual. Unión. Grupo. Hinchas. Jugadores. Domínguez habló menos de táctica que de una construcción que comenzó hace casi siete meses, cuando aterrizó en Belo Horizonte bajo la desconfianza de una hinchada acostumbrada a nombres más “cercanos”. El hombre que entonces debía explicar quién era y cómo pretendía jugar es hoy “O Barba”, protagonista de memes, canciones y de una expresión instalada entre los atleticanos: “O Barba tem um plano” (El Barba tiene un plan). Y, por ahora, el plan funciona.
Cuando Domínguez fue meme
Quando a ida fora de casa é 0-2… 🇦🇷🎮🔥 pic.twitter.com/KElzfrOZ0f
— Atlético (@Atletico) September 17, 2026
Domínguez asumió a fines de febrero para reemplazar a Jorge Sampaoli tras una etapa exitosa en Estudiantes de La Plata. En sus primeros días en Belo Horizonte se mostró sorprendido por lo que había encontrado puertas adentro de la Cidade do Galo. “Todos se matan por el club, son apasionados. Además, la forma en la que me recibieron, y con la emoción que lo hicieron, me lo llevo en el corazón... lo abrazo y no lo quiero soltar. Y ahora se los debo, por eso tengo que trabajar por y para ellos”, le dijo entonces a LA NACIÓN. Pero no hubo luna de miel. Atlético perdió la final del Campeonato Mineiro ante Cruzeiro, alternó buenas actuaciones con otras decepcionantes y en abril, después de una dura derrota por 2-0 frente a Coritiba, hasta circuló la versión de que podía abandonar el cargo. Él lo negó. Aquella deuda que sintió apenas llegó todavía estaba lejos de ser saldada.
La transformación se hizo evidente después del Mundial, un momento bisagra en la relación entre el DT, los jugadores y la hinchada. Con tiempo de trabajo, el equipo encontró regularidad y llegó a encadenar 14 partidos sin perder. Eliminó a su archirrival, Cruzeiro, de la Copa de Brasil, se metió entre los cuatro mejores de la Sudamericana y, principalmente, adquirió una identidad reconocible. Los hinchas la bautizaron Barbabol.
Domínguez, antes y después de Santos
𝐎 𝐓𝐈𝐌𝐄 𝐃𝐀 𝐕𝐈𝐑𝐀𝐃𝐀 NUNCA SE ENTREGA! 🐔 pic.twitter.com/K4shrJ8Ht1
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El mensaje necesitó tiempo para alcanzar al plantel completo. “Nos costó un poquito entender lo que nos pedía, es verdad”, reconoció Bernard, uno de los referentes del vestuario. “El fútbol brasileño en sí es muy inmediato, el resultado tiene que venir ya, los equipos tienen que jugar bien casi sin tiempo de trabajo, y no siempre las cosas funcionan de esa manera”, agregó.
La pausa por la Copa del Mundo terminó jugando a favor del entrenador. “El plantel entendió lo que él quiere y, sobre todo, abrazó esa idea”, resumió Bernard meses después. No deja de resultar llamativo; en febrero, Domínguez le había dicho a LA NACION que su principal desafío era conseguir “que esa idea no sea sólo mía sino también la de ellos”. Seis meses después, uno de los referentes utilizaba prácticamente las mismas palabras para explicar el cambio.
La relación funciona también en sentido contrario; Domínguez escucha. En la victoria ante Cruzeiro contó que Bernard y Castaño le plantearon durante el entretiempo que se sentirían más cómodos intercambiando posiciones. Aceptó la sugerencia y Atlético terminó dando vuelta el partido. “Yo puedo tener una mirada sobre lo que podemos hacer, pero ellos son los que están dentro del campo”, admitió. La escena ayuda a comprender su conducción. De perfil bajo, sereno en las conferencias y más efusivo cuando comienza el partido, el exfutbolista de Vélez y Huracán, entre otros, trabajó primero en el convencimiento de sus jugadores.

Hubo otro proceso de adaptación más visible, el idioma. Durante sus primeras semanas se expresaba con un portugués elemental, mezclado con español. Después del Mundial, decidió dar un paso más. “Voy a intentar hablar en portugués. Voy a cometer errores, pero voy a hacer mi mejor esfuerzo”, avisó en julio antes de responder todas las preguntas de una conferencia en el idioma local.
Dos meses después, el portuñol perdió terreno. Domínguez entiende prácticamente todo y responde en portugués. Puede parecer un detalle, pero también forma parte de la adaptación. No se limitó a intentar que sus futbolistas entendieran su fútbol; hizo el esfuerzo por entenderlos a ellos.
La torcida tomó nota de la transformación. Después de la reciente victoria ante Cruzeiro, un relevamiento de Vox Radar (herramienta para monitoreo de mercados) encontró 77 elogios explícitos al entrenador y apenas una crítica directa. “Absolute Barba”, “Barba de Munique (Munich)”, “O Barba tem um plano” fueron algunas de las expresiones. Una fotografía muy diferente de sus primeras semanas.

Domínguez parece entender que en Atlético Mineiro la identificación con la tribuna y los resultados difícilmente puedan caminar por veredas opuestas. En julio, incluso después de recibir silbidos tras un empate contra Bahía, evitó confrontar, con sabiduría. “La torcida quiere ganar siempre”, respondió. Y agregó: “El equipo tiene que hacer que el público se sienta representado”.
La noche ante Santos probablemente haya sido la expresión más acabada de esa búsqueda. Bernard abrió el marcador a los 17 segundos, Reinier marcó otros dos, Cuello consiguió el 4-2 en tiempo de descuento y Gabriel Delfim completó la hazaña en los penales. Domínguez volvió a correrse del centro. “Sabíamos que el partido que habíamos hecho allá no podía volver a suceder. Teníamos que mostrar otra cara y los jugadores la mostraron”, destacó. Después miró hacia las tribunas: “La fuerza que estamos teniendo con el hincha crea una atmósfera diferente. Jugamos también con eso”.

Quizás ahí esté la mayor transformación de estos meses de trabajo. Cuando llegó a Belo Horizonte, Eduardo Domínguez tenía que convencer a un vestuario que no conocía sus métodos y a una torcida que desconfiaba de su nombre. Hoy los jugadores hablan de un plantel que ‘abrazó’ su idea. Los torcedores, mientras tanto, bautizaron su fútbol y aseguran que ‘el Barba tiene un plan’. Se sienten seguros y representados.
Todavía faltan los partidos más importantes y, se sabe, en Brasil una mala semana alcanza para alterar cualquier clima. Domínguez lo interpretó mejor que nadie y sabe lo que se juega cada tres o cuatro días. Pero aquel técnico argentino que llegó desde La Plata con un portugués rudimentario y rodeado de sospechas consiguió algo que ningún resultado aislado garantiza: que Atlético Mineiro empiece a reconocerse en su equipo… y que sus hinchas empiecen a reconocerse en él.



