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Alguna vez pensó si él era el problema, y él siempre fue la bendición. En el firmamento de Qatar, Lionel Messi pudo elegir un cierre exuberante y luminoso en código albiceleste. Ya se había hecho justicia, ya se habían quemado todos los demonios con la llegada de la reparación histórica. Podía disfrutar de una despedida que ninguno había tenido. Pero Messi jamás sería ‘ninguno’. E insistió. No sabía, no podía, no quería cortar el lazo. El último acto tuvo lágrimas en Nueva Jersey, cobijado por sus compañeros, los que de más pibes habrán llorado por sus derrotas. Esos son los fantásticos efectos sanadores del destino. ¿Qué sentido tenía jugar casi otros cuatro años entre la gloria y la intriga? Pertenencia, pasión, amor. El país de las sospechas aprendió a admirarlo un poco más.

En marzo de 2019, atención, no hace tanto, sus hijos todavía le preguntaban, cada vez que viajaba a la Argentina: “Papá, ¿por qué vas si no te quieren?”. Contra España ofreció su función de despedida y la idea de empezar a extrañarlo ya sofocaba. Era inevitable, asomaba amenazante. Por motivos que se escapan a la lógica, la Argentina durante demasiado tiempo observó con desconfianza a Messi. Pese a que su compromiso con la selección siempre resultó incuestionable: eligió jugar por la Argentina cuando pudo hacerlo por España, vaya paradoja. Terminó, se acabó. Dos décadas han finalizado. Y el escozor recorre el cuerpo.
Hacer lo que nadie espera siempre ha sido la especialidad de Messi. Con él siempre sucedió lo extraordinario. Viajero del tiempo, lo detenía, lo domesticaba. Hasta hoy. Le duele a él, a todos, consuelo de país atribulado.
La perseverancia en el sufrimiento fue su clave. No dejó de padecer, pero no dejó de intentarlo. Y cuando empezó a disfrutar, más quiso quedarse. Transformó el infierno en el paraíso. Logró que la selección fuera el club de todos los argentinos, un giro cultural impactante. Si en Qatar 2022 había sino visceral, voraz y contestatario, en los Estados Unidos 2026 fue decisivo, astuto, sabio y humano. El pastor de la manada de lobos hambrientos. Mientras tanto, el extraterrestre siguió tomando mate con ellos todas las tardes. La mejor manera de fidelizar a un grupo para las conquistas imposibles: yo soy uno de ustedes. La comunión siempre estuvo asegurada: si Messi se esforzaba, los demás tenían que inmolarse. Tocó perder, nada más.
Llevaba siete finales consecutivas perdidas la Argentina cuando Messi, después de una arenga que sacudió los cimientos del Maracaná, se paró frente a Brasil para definir la Copa América 2021. Desde entonces, sumó cuatro vueltas olímpicas ininterrumpidas y otra final del mundo que llegó a la prórroga. Pero la edad derrota a todos, hasta Messi no se iba a poder resistir. En sus funciones finales ofreció lucidez, control, influencia. Todos sus movimientos tuvieron un propósito. En la última Copa del Mundo creó momentos que nadie se imaginaba. Ni olvidará. No sobrevivió al Mundial como podría suponer el almanaque, no, a la Copa la atrapó con su magnetismo. Tocó perder, solo eso.
Messi demostró que los cuentos de hadas existen. Incluyó a todos en su fábula mágica. Sus compañeros se asumieron imparables y la multitud se hermanó. El país les creyó en un fenómeno de tenacidad popular único. Juntos, casi, hasta la cumbre.
Y lo consiguió Messi, que por dentro estaba anímicamente devastado. Fue Messi el alquimista, el hechicero, el hipnotizador. El que nunca se conformó con lo suficiente. Perforó records y prejuicios. Messi fue ingobernable, el rayo que cae dos, tres veces en el mismo lugar. Durante el torneo, la leyenda se permitió llorar como la audiencia global jamás lo había visto. Ya no eran lágrimas de venganza ni de purificación como las que derramó en el Maracaná. Ni de desahogo, como las de Qatar. Eran de gratitud. Puertas adentro de su familia y como dueño de un destino que iba a redactar de puño y letra 48 horas más tarde. Estaba estremecido. Como ahora una nación futbolera con su líder más humano.


