

Encontrá resultados de fútbol en vivo, los próximos partidos, las tablas de posiciones, y todas las estadísticas de los principales torneos del mundo.

Al River Qatar le entran las filtraciones por todos lados. Intentó blindarse con decenas de millones de dólares y campeones de Doha, pero quedó en medio del fuego cruzado por malas decisiones, cambios inoportunos y, por que no decirlo, una suerte que sí lo esquiva en los momentos determinantes. Como consecuencia de una racha increíble, acaba de quedarse sin entrenador por segunda vez en el año. Y no son dos nombres “de relleno”. Marcelo Gallardo y Eduardo Coudet cuentan entre las bajas sensibles. A ellos también podría sumarse otra lista de contratos costosos que fueron eyectados tras una escala en un contenedor. El plantel es tan poderoso que en algún momento debería activarse, pero...
El River de los campeones mundiales es una realidad sustentada por datos históricos. Las diferentes plataformas de comunicación se encargaron de generar los contenidos con los que se infló la ilusión entre contrataciones resonantes y onerosas.
El contexto es tan diferente que muchos hinchas de River ni siquiera quieren recordarlo. Hasta podría ser tomado como una burla. Pero lo que pasó en la noche del miércoles en el estadio Monumental, ante Independiente de Santa Fe, fue histórico. Hacía casi 40 años que un club argentino no alineaba, en simultáneo, a cinco campeones del mundo. Y sucedió durante una eliminación que combinó calificativos como fracaso y papelón.
La historia puede ayudar a volver a poner los pies sobre la tierra. Recordar nombres, repasar las diferencias.
La última vez con cinco campeones mundiales con la selección es el principal motivo por el que la evocación puede lastimar. Fue el 14 de diciembre de 1986, cuando el equipo del Bambino Veira venció a Steaua Bucarest, de Rumania, y se consagró campeón del mundo en Tokio. Ese día jugaron Nery Pumpido, Oscar Ruggeri, Héctor Enrique, Américo Rubén Gallego y Norberto Alonso. Esta formación está tan lejos de aquel momento de gloria que parece un absurdo establecer comparaciones.
Las presencias de Gonzalo Montiel, Nicolás Otamendi, Marcos Acuña, Thiago Almada y Ángel Correa fueron demasiado anhelantes para un equipo que por ahora resultó tan poco gratificante para el hincha.
Los más jóvenes no lo recordarán, pero los más grandes sabrán que esos cinco jugadores campeones mundiales no son un récord. Alguna vez un equipo formó con seis. Y no podía ser otro que... River. Porque eso no cambia. Su apodo, Millonario, tiene mucho que ver con esto. La historia muestra que siempre fue un club comprador de grandes figuras. Es decir que lo que se hizo ahora no difiere de lo que pasó tantas veces. Pero esta vez algo falla con exasperante insistencia.
El poderío económico y esa prosapia en relación con la búsqueda de la excelencia en el juego fue marca registrada. El que reunió media docena de campeones fue el equipo de 1981. En aquella oportunidad, coincidieron Ubaldo Fillol, Alberto Tarantini, Daniel Passarella, Gallego, Alonso y Mario Kempes. Fue el 18 de octubre, en un partido con Guaraní, por el Nacional. Una curiosidad: jugó un séptimo campeón mundial, Julio Olarticoechea, pero no habría de obtener esa distinción hasta 1986.
Allí viene la parte injusta de la equiparación. Pero es necesaria, para entender las razones por las que la expectativa fue demasiado grande cuando los avales no eran tan sólidos como se esperaba.
“En ese momento no se le dio tanto valor. Era lo normal. River siempre abasteció a la selección y la Argentina era campeón del mundo. Era natural que así fuera”, aclara Eduardo Saporiti, integrante de aquel equipo y ahora radicado en Alcira Gigena, una localidad a 40 kilómetros de Río Cuarto, donde administra un par de canchas de fútbol.
Ese equipo del 81 tenía otras coincidencias con el actual. En aquel momento, el mejor entrenador de la historia, Ángel Labruna, fue reemplazado por Alfredo Di Stéfano. Ahora, el mejor entrenador de la historia, Marcelo Gallardo, fue reemplazado por Eduardo Coudet.
Las formas fueron diferentes. Rafael Aragón Cabrera negoció con Di Stéfano en secreto mientras desplazaba a un histórico como Labruna, a quien finalmente nombró como manager. Públicamente declaró que había sido “un ascenso”. Nadie lo creyó así. Hace poco, Alonso, fiel protector de Angelito, comentó: “Aquello se pareció mucho a una traición. (Aragón Cabrera) Lo llamó a Labruna para cenar en el lugar de siempre y se estaba reuniendo con otro entrenador. No existía esa figura de mánager en 1981. Existían el técnico y el preparador físico, nada más. En River las cosas suelen pasar muy rápido. A veces hay que aguantar muchas cosas”.
Ahora, Stefano Di Carlo hizo todo lo posible por sostener a Gallardo en su puesto, pero la inusual mala racha los llevó a ambos a acordar una salida decorosa y, al mismo tiempo, muy dolorosa. Pero aquí la principal diferencia. Coudet también se tiene que ir sin títulos y con un récord de derrotas del que no puede dar explicaciones.

Otro pequeño detalle coincidente a lo largo de los años. Los cinco campeones del actual plantel pudieron ser seis. Germán Pezzella fue desplazado por los dirigentes y quedó marginado del plantel para este semestre. Y en 1981 los seis pudieron ser ocho, ya que tras terminar el torneo Metropolitano se fueron Oscar Ortiz (a Huracán) y René Houseman (a Colo Colo).
A Saporiti le mencionan la idea de que River era la selección pero sin Maradona. Y lo valida con una anécdota. “Fuimos a jugar la Copa Joan Gamper en 1980 contra PSV. Nosotros teníamos a los que ya sabés y ellos tenían a los mellizos Van der Kerkhoff y a Ernie Brandts, pero en las publicidades el partido lo vendieron como la revancha del Mundial 78. Empatamos 0 a 0 y ganamos por penales (N. de la R.: fue en el partido por el tercer puesto de ese certamen)”.

La comparación es odiosa, por supuesto. Pero puede hacerse. Porque Fillol, Passarella y Kempes son, probablemente, los mejores de sus puestos en la historia del fútbol argentino. Hoy, los campeones que conforman el equipo de River no fueron protagonistas principales de aquella conquista.
Son muchas cosas para analizar. La primordial es que en los 80 las ligas europeas ponían limitaciones a la llegada de futbolistas extranjeros. Muchas grandes figuras se quedaban en el país. Ahora, las nacionalizaciones son mucho más laxas y es muy difícil retener a una estrella.
“Yo me acostumbré a compartir equipos con aquellos monstruos -dice Saporiti, que también integró la selección en los 70-. Pero no se puede equiparar. En aquel entonces no se emigraba tanto. Los mejores estaban acá. Por ejemplo: no recuerdo haber jugado con alguien más completo que Passarella. Y mirá que en ese equipo estaban Alonso y Kempes”.
Por eso más llamativo es lo que acaba de hacer River con las contrataciones de Correa (15 millones de dólares; 18 si se suman impuestos y demás cargos) y de Almada (23 millones de dólares en una operación que superó los 25).

Para que se entienda mejor. Ninguno puede ser comparado con Kempes... pero ni siquiera por él River había pagado tanto dinero como el que invirtió por Correa y Almada.
En todo caso, el mayor desafío que afronta ahora es conseguir que este plantel descomunal y repleto de figuras logre trasladar esa jerarquía a un equipo que de tan tambalente está siempre al borde del desbarranco. Desde hace semanas que cada partido se asemeja a una caminata borracha por un desfiladero.
Y cuidado, no se busca la perfección que aquellos nombres del 81 representan para el imaginario de los simpatizantes riverplatenses. El mismo Saporiti lo reconoce: “Nosotros veníamos de jugar a otra cosa con Labruna, al ataque permanente. Había goles todos los domingos. Todos partidazos. Con Alfredo Di Stéfano, se hizo un equipo duro, pero que no cumplía con el paladar del hincha. Eso sí, metíamos un gol y no nos empataban más”.
Aquel River de Veira, repleto de figuras que llegaron a la cima en Tokio, tampoco era una maravilla. Pero fue campeón, y eso cambia mucho las cosas. “Reniego mucho cuando veo al equipo hoy. Quiero que rindan como campeones y como jugadores de la selección que son. Hasta ahora no lo han hecho, entonces es lógico que haya tanta presión”, se lamenta Saporiti.
El golpe es demasiado fuerte. Si de algo debe servir esto es para aprender que los nombres que con tantas luces fueron presentados -y que son grandes futbolistas-, tal vez no justificaban semejante expectación.
Gonzalo Montiel y Marcos Acuña volvieron de Europa porque ya no les resultaba sencillo sostenerse en equipos de primer nivel. Nicolás Otamendi, a los 38 años, llegó para cumplir el sueño de su fanatismo juvenil. Ángel Correa no vino desde la Liga de España, sino que lo hizo tras una escala en México (donde, es cierto, rindió en gran nivel). Y Thiago Almada, una figura formidable, no pudo ganarse la titularidad en Atlético de Madrid.
Tampoco significa que se vendió una serie de ficción. Pero seguramente sí se exageraron algunos de los pergaminos por el esfuerzo que el club hizo para traerlos. Todos son recuperables. Siempre hay tiempo para pensar en resurgir. Nadie tiene más jugadores de calidad que River. No está mal repetirlo en el peor de todos los momentos del equipo. Porque ahora no se puede volver a cambiar medio plantel. Lo que hay que cambiar es el rumbo. Y con la misma gente.



