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La Bombonera se estremece. El cemento parece resquebrajarse, pero... resiste; se sostiene por cuatro pilares fundamentales: pasión, fervor, delirio y emoción, fortificados por esa estrella, la número 20, que a partir de ahora también decora el escudo xeneize. Una estela azul y oro se dibuja de una tribuna a la otra. ¡Todo es azul y oro! Cada grito, aplauso, lágrima o abrazo es pertenencia de ese campeón de paso altivo que se consagró en el Apertura; de ese vencedor que no se conforma con las conquistas en su tierra y que ahora va por la gloria en oriente; se disfruta el título, y cómo..., pero también aflora la voracidad; se pide, casi que se ruega, por una vuelta olímpica ante Milan, el 14 del actual, en Japón. Y Boca va...
El bramido de las 45.000 almas se escucha desde lejos. "Somos campeones otra vez...", reza uno de los cánticos preferidos. A excepción de alguna bandera japonesa, que describe el desafío inminente, el rojo y el blanco parecen restringidos en la fiesta. Aunque las dedicatorias para River están por todos lados. "Hijo, cuidate que papá se va a Japón", se lee en un afiche. Al instante, suena el recordatorio: "Vamos Boca, vamos... ustedes pongan h... que ganamos, vamos a traer a la Argentina, la Copa que perdieron las gallinas..."
A la distancia se oyó la voz del presidente Mauricio Macri. "Hay que disfrutar. El fútbol es una calesita y nunca se sabe cuándo le puede tocar a uno la sortija", afirmó en declaraciones radiales.
Hasta que la fiesta comienza. Tres globos aerostáticos descansan desinflados en el terreno. La música está a todo volumen. Unas máquinas parecidas a cañones de aire tiran papelitos azules y amarillos. Poco a poco, el aire llena los globos. Claro, no todo puede ser perfecto: uno no funciona y, después de un par de intentos, sólo quedan los otros. Llegan las vueltas olímpicas. Sí, en plural, porque antes salen los juveniles de quinta y novena división, también campeones. Hasta que aparece Abbondanzieri, Schiavi, Iarley, Battaglia, Cascini, Tevez, el DT Bianchi, todos...
El rugido lastima los oídos. El público otorga sus premios. En el aplausómetro ganó Guillermo Barros Schelotto, seguido de cerca por Battaglia y Bianchi. Al ritmo de la canción del grupo inglés Queen, "We are the champions" (Nosotros somos los campeones), el grupo comienza la vuelta; Schiavi flamea una bandera; Clemente Rodríguez e Iarley agitan dos botellas de cerveza; los colombianos Vargas y Perea se cobijan en una bandera de su país. Bianchi sonríe y saluda cuando claman por él. "Que de la mano de Carlos Bianchi, todos la vuelta vamos a dar..."
Se anuncia el himno de Boca. Unos pocos, los que saben la letra de principio a fin, lo entonan orgullosos; otros parecen hacer mímica; todos con la piel erizada, con los brazos al cielo. Los jugadores completan el recorrido y los globos se desinflan. El viento empuja a uno contra los palcos, que por un momento quedan cubiertos por al tela. El plantel se forma en un ramillete para la tradicional arenga y comienza el partido.
Poco ocurre y algunos se acuerdan de la disputa entre Boca y la AFA por Carlos Tevez. "La selección, la selección se va a p... que la p..." La única contención para el delirio fue el gol de Olimpo; aunque después de unos segundos de silencio se reiteró el aliento. Al fin, qué importaba a esas alturas. El empate detona la explosión. Por los altavoces se anuncia a Iarley; el hombre de los goles vitales ingresa y se gana una reverencia multitudinaria.
El partido queda en segundo plano; se baila entre el primer escalón de la tribuna y el alambrado. Los torsos quedan desnudos, las remeras parecen helicópteros. "Soy bostero, es un sentimiento..." Las bengalas sueltan un humo blanco. El apetito voraz aparece otra vez. "Que el 14 cueste lo que cueste, el 14 tenemos que ganar". Y se despliega la última bandera: "Milan sale con fritas". ¡Todo es de Boca!



