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Andy repitió fecha y destino de sus vacaciones durante dos años. Una elección ideal para cualquier programa de millas aéreas y puntos acumulables. En 2009 se fue a Sudáfrica para disputar la Copa de las Confederaciones, mientras que en 2010 volvió a sellar su pasaporte en Johannesburgo para jugar el Mundial. En sendos inviernos tuvo que pedir licencia ante sus jefes, en el Banco Westpac de Wellington, Nueva Zelanda, un lugar en el que no sabían que jugaba para la selección Kiwi hasta las últimas eliminatorias mundialistas, cuando un equipo de televisión siguió sus pasos de empleado bancario. De la casa al trabajo y del trabajo a casa.
"Entiendo que parezca raro que la gente no supiera que yo jugaba para la selección, pero así son las cosas en Nueva Zelanda", explicó a FIFA.com, en donde lo consideraron, juego de palabras mediante, como un verdadero valor en alza. "Mi jefe me reconoció que casi se cae de su silla al verme entrar al campo de juego. Pasa que nunca me gustó hacer alarde del fútbol en mi trabajo", admitió el volante central en una entrevista al diario New Zealand Herald. "Me gusta volar bajo el radar", argumentó el futbolista, quien llegó al último Mundial con 14 encuentros internacionales bajo el brazo, tras su debut frente a Malasia, en 2006.
Lejos del relax, sus vacaciones las utilizó para competir al máximo nivel. El banco le dio seis semanas de permiso y él las aprovechó para ser parte del único equipo que terminó invicto en la Copa del Mundo, aunque no pudo pasar la primera ronda. "En los últimos meses, estuve pensando demasiado en la Copa del Mundo y casi nada en el trabajo", reconoció en la antesala de la cita ecuménica, en una entrevista a la revista Bloomberg Bussinessweek.
Egresado en economía financiera en la Universidad estadounidense William Carey, Andy Barron fue uno de los tres jugadores amateurs que integraron el plantel de los All Whites. Los otros fueron el experimentado Ivan Vicelich y el arquero James Bannatyne, quien trabaja como representante de la marca deportiva Puma. De lunes a viernes, Andy manejaba su abultada cartera de clientes en el banco con sede en el piso 12 del 318 de Lambton Quay, en Wellington, mientras que los fines de semana se ponía los cortos para jugar ante un puñado de hinchas. A la concentración neocelandesa llevó su smartphone y admitió que entre los partidos y las prácticas aprovechó para revisar cómo marchaban las inversiones. Un jugador tiempo completo. Trabaja de 9 a 17 y en plena temporada llegó a entrenar cuatro o cinco veces por semana. "Mi señora será feliz cuando me jubile", admitió a principios de la temporada pasada.
"Por suerte mis jefes son comprensivos y no creo que se quejen si pasamos de ronda", se ilusionó el futbolista de 30 años y con sólo dos pasos por el fútbol profesional: tras recibirse, jugó en la Premier League de Irlanda del Norte y en 2008 militó para Minnesota Thunder, de la USL First Division estadounidense. De Belfast no tiene los mejores recuerdos en cuanto al día a día. "Era un lugar difícil", comentó sobre su aventura norirlandesa. "Es complicado pensar que estás en la calle equivocada, en el momento equivocado", dijo sobre la ciudad que históricamente ha sido testigo de crudos enfrentamientos entre católicos y protestantes.
Nueva Zelanda no corrió la mejor suerte y se quedó con el vigésimo segundo puesto del Mundial, tras empatar con Eslovaquia, Italia y Paraguay. El invicto mundialista fue una hazaña si se lo compara con las tres caídas en España ’82. Sus vacaciones se justificaron cuando ingresó ante los italianos, para disputar el último minuto del encuentro. Apenas un puñado de segundos. Poco para algunos, una eternidad para otros.
Siete días después de la final mundialista, Andy dijo basta, se retiró del fútbol y prometió dedicarse a su trabajo tiempo completo. "Debo concentrarme en mi carrera", aludió. Su mujer respira aliviada. Sudáfrica, ya no será su destino obligado.
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