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Las urgencias asfixian y las deslealtades aparecen, entonces se acepta ese espíritu ventajero que le da espesor al engaño. “El fútbol es para los vivos”, disparan. Como si allí encontrara refugio la impunidad. La simulación de faltas, la intimidación para pedir una tarjeta, la supuesta sagacidad para adelantarse en una barrera y hasta los desembozados pedidos de incentivación en realidad revelan que existe terror de ser considerado un ingenuo en la Argentina. Las canchas son arenas despiadadas. Y afuera están los desaforados espectadores, dueños de la aceptación o la condena. Ese monstruo anónimo de mil cabezas es el César y hace lo que se le antoja con su pulgar.
Los límites se corren y alumbran como se extiende la enfermedad. Cuando al seleccionado argentino Sub 19, que empataba 0-0 con Perú en las semifinales de los Juegos Suramericanos, muchos hinchas empezaron a cantarles “jugadores, la c… de su madre, a ver si se dan cuenta que no juegan con nadie”, la sinrazón mostró otra de sus caras. Cruel, virulenta, ridícula. No tuvieron mejor idea que insultarlos, descalificarlos. Asfixiarlos con el escarnio cuando más aliento necesitaban para intentar llegar a jugar por la medalla dorada. Nada importó que esos chicos lucieran los colores que desde hace un tiempo le permiten inflar el pecho a un sector de la sociedad con conductas desvencijadas y acciones tóxicas.
Las deslealtades y la falta de respeto en todas sus formas se instalaron como una herramienta que habilita a la victoria. Casi nadie las condena, al contrario. Hasta los hinchas de un jugador agredido u ofendido primero se enojan y después se burlan de él para sembrar la venganza: “¡Cómo te hizo entrar boludo!”, interpelan. Seguramente algún hincha en el Coloso Marcelo Bielsa, después del agónico triunfo argentino, cuatro minutos después del cantito miserable, habrá llegado a la orgullosa conclusión de haber contribuido para la victoria: “¿Viste? Los teníamos que putear a estos pendejos”. En ese caso, la obra de terror habrá completado su función. Y el entorno nunca reprueba, alienta o calla, que es casi lo mismo.
El nivel educativo en constante descenso, focos mediáticos con lenguaje callejero para empatizar con la audiencia y el reino de los haters y su desvergüenza. Todo contribuye a la exuberancia, los desbordes y la irrespetuosidad. En la organización de la Fórmula 1 y en la escudería Alpine, ya no disimulan lo harto que están de ciertos fanáticos argentinos y su matonismo en las redes en pos de una defensa de Franco Colapinto que solo le trae complicaciones y cuestionamientos internos al piloto argentino. Hay algo endémico, claro. Cobarde, anónimo, vil. Nauseabundo.
“JUGADORES, LA C**** DE SU MADRE, A VER SI SE DAN CUENTA QUE NO JUEGAN CON NADIE”.
— Sudanalytics (@sudanalytics_) September 23, 2026
Esto sonó en la semifinal de la SUB 19. 😳🇦🇷 pic.twitter.com/fbLBmyKbrm
Las canchas, las redes sociales como multitudinarios coliseos virtuales, son un termómetro del clima de época. Adentro y afuera de los límites de cal, auscultan a la sociedad. El fútbol es un espejo que nos devuelve mucho más que síntomas. La noche del miércoles no fue una noche cualquier en el campamento de la selección argentina, hubo charlas con los chicos porque el daño hubiese sido mayor si se escondía lo sucedido. Naturalizarlo era darle legitimidad. Ganaron y mañana irán por el oro, pero podrían haber perdido y probablemente una silbatina los hubiera despedido. Esos minutos de espanto sirvieron para activar reflexiones sobre odios y triunfalismo, un entrenamiento más valioso que cualquier pizarrón táctico en plena edad formativa. Magníficos reflejos de Diego Placente y su cuerpo técnico.
El fútbol está lleno de resortes absurdos. Con tantos valores en fuga, el fútbol se disfraza de una excentricidad y entonces muchos horrores se cometen en nombre de la pasión. Patrañas. Si el fútbol está instalado en la conciencia colectiva de los argentinos como un rasgo trascendente de nuestra identidad, hay que asumir los trazos más perturbadores y humillantes. También somos ese cantito desgarrador.
