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Todos los hinchas de Estudiantes de Río Cuarto por siempre podrán contar con orgullo que en la temporada 2026 jugaron en la primera división del fútbol argentino. Ahora, cuándo les pregunten cómo les fue contra Boca, cómo salieron frente a Independiente o qué resultado consiguieron con San Lorenzo, en todos los casos dirán que… no los enfrentaron. Entonces, ¿estuvieron en Primera? Sí, eso es inobjetable, pero los mamarrachos de la AFA le impidieron vivir una experiencia completa. Estudiantes de Río IV participó de un torneo de 30 equipos, pero a la mitad no se los cruzó. Tampoco pisó el Amalfitani, ni la Fortaleza granate, ni el Uno de la La Plata, ni el Coloso del Parque Independencia.
Al menos, no volverá a suceder porque la AFA acaba de introducir el enésimo cambio en sus formatos. La liga argentina es la más desconcertante, inestable y rocambolesca del planeta. Por séptima vez en diez años, la AFA desarma, descompone y reconstruye lo que en cualquier lugar sensato es el abecé de la equidad deportiva: juegan todos contra todos, en dos ruedas, como local y visitante en fechas intercaladas. No hay misterios ni ciencia. Sin interzonales o emparejamientos de extravagante equivalencia, por ejemplo. ¿Es un paso adelante entonces? Es un maquillaje para evitar una grosera distorsión: todos los clubes compiten en una misma Tabla Anual, pero no se enfrentan a los mismos rivales. De tan desbalanceado, en el torneo argentino dos equipos pueden pasar varias temporadas sin enfrentarse. ¿Ejemplos? Los últimos Boca-Gimnasia LP o River-Newell’s ocurrieron en 2024. Inadmisible bajo la lupa de la cordura, pero naturalizado en los registros de la AFA.
Una mínima cuota de lógica se posará sobre el fútbol argentino. Como un barniz, un atisbo de justicia competitiva. Otro parche, mientras la refundación estructural no aparece en el horizonte de la gestión Tapia. Solo ajustes cosméticos, como el anuncio de devolver las promociones en el ascenso. En la masa dirigencial, obediente salvo excepciones, no hay una real voluntad de desmembrar al Frankenstein de 30 equipos, ni despedir los promedios que el mundo formal desconoce porque, simplemente, deben descender los últimos.
Un fútbol desarticulado, rengo de seriedad, permite repartir favores, atrapar adhesiones y perpetuar el poder. Un fútbol donde el nivel del arbitraje es insostenible por sus despistes, incongruencias y ausencia de transparencia. Por el uso adoctrinador del VAR, una herramienta que se convirtió en una fusta. Un fútbol argentino intoxicado por inventos de malvada intencionalidad: mientras más descensos se eliminen, más trágico será descender; mientras más ridículos sean los formatos de los torneos, peores serán los campeonatos; mientras más títulos se repartan, menos valor tendrán esos campeones. Engranajes de un aparato decadente.




